martes, 21 de marzo de 2017

Una vida a pedales - Aurora Losa



Desde que Rafael Sigüenza Caberno descubrió para qué servían los pedales sintió el impulso de poner los pies sobre unos. Cinco años tuvo que esperar para que los Reyes Magos tuvieran a bien dejarle una bicicleta en pago a su buen comportamiento y, en cuanto su madre le dio permiso, pedaleó calle abajo tocando el timbre y despertando a medio pueblo con sus gritos.

Su fiel Orbea le acompañó en la vuelta al colegio, en los sábados de primavera, en las excursiones de verano; en su primer día de instituto e incluso en el glorioso instante en que María de la Concepción Asuero Rodales le dio un beso en la boca. Estaba a su lado cuando se partió la pierna por subirse a una tapia, y contribuyó a su recuperación en cuanto el médico le quitó la escayola.

Años después le ayudaría a llegar a tiempo al nacimiento de su primer hijo. ¡Qué veloces surcaban las ruedas el camino entre el pueblo y la ciudad! Había pedaleado tanto que, cuando se bajó de la bici en la puerta del hospital, no le sostenían las piernas, aunque siempre achacó la flojera a la inminente responsabilidad de ser padre. Desde entonces le sirvió para traer leche, pañales, medicinas para la fiebre infantil, y hasta un cochinillo que pidió su nene como mascota unas navidades y que no paraba quieto en la cesta de camino a su nuevo hogar.

Cuando empezó a trabajar de cartero, lo de los pedales pudo haberse convertido en una pesadilla, pero se empezó a ver a sí mismo como pregonero de cariño, aunque también llevaba malas noticias, como era de suponer.

Le ofrecieron varias veces un vehículo más moderno y menos pesado, con platos y piñones que facilitaban las cuestas arriba y se bebían los llanos de tres pedaladas. Incluso intentaron sobornarle con una moto. Siempre se negó; su bicicleta era ya como una extensión de su cuerpo. Separarse habría sido como despedirse de su propio pie. Y tanto fue así que, en el día de su funeral, Rafael Sigüenza Caberno fue enterrado con su vieja Orbea durante una salva de timbres del club ciclista local.

Inspirado en Bicycle Race del disco JAZZ de Queen.


Aurora Losa | Escritora 
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6 comentarios:

  1. Me ha encantado tu relato, Aurora.
    Yo también creo que hay que mantenerse fiel a todo aquello que ha sido importante en nuestra vida, aunque sea una bicicleta.
    Un saludo.

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    1. Pues tienes toda la razón, y más cuando son cosas que nos han servido para alegrar nuestra vida y la de otros.
      Gracias por leerlo.

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  2. Esas entrañables bicis de antes (Orbea, GAC, BH...) que nos llevaban todo lo lejos que pudiéramos llegar pedaleando y nos hacían libres e independientes, emancipados del yugo materno. Fenomenal relato Aurora.

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    1. Y tanto. Eso era libertad y no lo que llegaba al cumplir la mayoría de edad. Gracias por leerlo y comentar. Nadie mejor que tú para valorar esta historia.

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  3. Una vida a pedales :) Precioso relato, Aurora.

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    1. Hay sueños que se cumplen de niños y duran toda la vida. Tú lo sabes mejor que nadie, que sigues alimentando martes tras martes a nuestro niño interior.

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