martes, 21 de marzo de 2017

Cicatrices - Nando Pilgrim



¿Y ahora qué? se preguntó. Ya había pasado por esto antes pero nunca estaba preparado. Siempre le pillaba de improviso, por sorpresa. Quizá era torpe, o distraído. Pero había vuelto a suceder. 

Vuelta a empezar. A guardar recuerdos, a deshacer ilusiones, a borrar de su memoria todo aquello que le impediría seguir adelante. Pero no era un proceso fácil, nunca lo era. 

Y nunca lo era porque cada cicatriz le hería más y más profundamente. Cada marca era diferente en sí misma: las había de trazo fino, de pincelada gruesa, de navaja traicionera. Las había en forma de beso de despedida, de carta sin firmar, de irónica postdata. Las había cobardes, de aquellas que te las dejan sin que les veas la cara. Las había más breves, aunque estas eran por lo general las que más hondo habían calado. Las había más largas, menos intensas, pero igualmente dolorosas. 

Si al menos sirvieran para hacerle más desconfiado, más precavido, podría al menos aprender de ellas. Pero una vez cicatrizaban se olvidaba del dolor. Acordarse solamente de lo bueno era una decisión que había tomado desde el principio, desde la primera marca, desde la primera gota de sangre que resbaló por el tajo de la herida. 

Era por eso que siempre le pillaban de improviso. Claro. Él sabía que en cada herida tenía parte de culpa, que quizá lo podía haber evitado. Pero nunca lo veía venir. Uno nunca elige el puñal que le va a atravesar, ni los labios que le han de curar. 

Un día se preguntó si esa ingenuidad no le vendría también por ser hincha del Atleti. Porque cuando se es hincha del Atleti no importan las heridas, ni las derrotas, importa levantarse otra vez y seguir peleando, sacar hasta el último mililitro de aire y seguir animando, dejarse la voz.

Como se dejaba también el alma. Y ahora tocaba coser los jirones de esa alma desgarrada y dejarla lo más decente posible. 
Para volver a empezar

Para que nadie tuviera que pagar los platos rotos que no le correspondían, la cuenta de una cena sin propina.

Para que nadie supiera cuántas cicatrices llevaba ya y cuantas le cabían todavía. 

Miró adentro, y sonrió. Porque en una esquina todavía había hueco para otra cicatriz más. 
Y sonaba una canción:

Porque siempre hubo clases y yo
no doy bien de marido.
Otra vez a perder un partido,
sin tocar el balón.



Nando Pilgrim | Escritor 

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