jueves, 23 de febrero de 2017

Azul - Ángeles Calderón



Dos personas en un hospital psiquiátrico encerrados porque ven gente azul. Al ser solo dos en todo el mundo los llaman rarosLa gente “no rara” vive en libertad, porque son normales y corrientes. Uno de los raros va a salir mañana, le dan el alta. Habla con su compañero de habitación y este le pregunta qué ha ocurrido para que las personas normales le dejen salir. Fácil, responde el futuro liberado, solo he tenido que decir que he dejado de ver gente azul. A lo que su amigo le pregunta: ¿y eso es cierto, has dejado de ver gente azul? La respuesta es negativa: no ha dejado de verlos, solo lo ha dicho.

A partir de mañana seguirá habiendo dos personas infelices en el mundo, con una diferencia: una de ellas será libre para poder fingir que es feliz a ojos de los demás y la otra seguirá encerrada con la verdad en su puño.

El raro que continúa encerrado piensa: ¿qué es mejor? ¿ser hipócrita con uno mismo solo para obtener la recompensa social de sentir que forma parte de la misma realidad que los demás o ser sincero y acarrear el castigo correspondiente? Si dices que has dejado de ver gente azul, todo un mundo se abrirá a tus pies. 

Yo soy una de esas personas, veo gente azul. Sé que seguiré viendo gente azul y pienso continuar diciendo que los veo. Si tú también los ves, no estás solo. ¡Confiésalo! Los vemos cada día. Yo veo una persona azul, la que me mira desde el otro lado del espejo. Yo soy azul. Y no me importa decirlo. Por eso me llaman rara. Rara soy y orgullosa me siento, ya que la gente “no rara” no conoce, ni conocerá el placer de ser azul.

No quiero dejar de ver gente azul. Nunca dejaré de hacerlo. ¿Alguna vez os habéis preguntado qué se siente al ser azul, violeta o rosa? Píntate la piel de colores, sal a la calle e intenta sobrevivir. Después vuelve, que yo te abrazo.

Ese abrazo se llama empatía. Los colores son ideas. La calle son los demás. ¿Y la gente azul? La gente azul somos lectores.

Abraza constantemente y hazlo gratis. Cuando pintes, mezcla colores, sin miedo; observa y aprecia cada matiz. Y sal a la calle aunque suponga llevar gafas de sol y sentarte a la sombra. Porque algún día el sol dejará de quemar.

 Ángeles Calderón Escritora 

miércoles, 22 de febrero de 2017

El batir de las alas - Aurora Losa



Para cuando Olivia Argento sacó las manos de sus bolsillos, ya era demasiado tarde. Tarde para recuperar las noches de verano, cazar mariposas, encontrar marido y, desde luego, para evitar el mayor desastre jamás conocido en los contornos.

Amaneció aquel día con la pesadumbre hecha nubes grises que se aproximaban desde el mar; una caballería furiosa instigada por los vientos del norte, declarados en rebeldía contra el dominio tirano de la cordillera que alzaba sus barreras sin posibilidad de peaje.
La niña del lechero lo advirtió en cuanto salió a ordeñar las vacas. Los pastos temblaban bajo el peso del rocío y las moras se habían vuelto negras antes de tiempo.

Males barrunto —dijo nada más llegar  a la casa con los cántaros de leche fresca.

—Eres demasiado joven para ser tan agorera, Mencía —replicó Olivia, aunque ella ya lo había notado en los huesos, que le dolían en los tuétanos, como cuando murió su padre, como cuando la dejaron plantada ante el altar.

Pero Mencía se limitó a sonreír y seguir con su ruta de puerta en puerta.

Entonces Olivia se quedó sola con sus nostalgias y frustraciones que, ahora sí, le invadían la garganta, le zapateaban en el pecho, convertidas en malsanos aprendices de claqué.

Colocó los bollos en una bandeja y se puso a colar la nata antes de hervir la leche. Si su madre la hubiera visto afanada en tales menesteres la habría reprendido por no tener servicio, pero hacía mucho tiempo que la abandonó al cargo de aquel caserón lleno de almas y falto de corazón. Casi tanto tiempo como llevaba sin sentir a las hormigas abriéndose camino por las sienes para alojar en su cabeza los huevos de la desesperación. 

En medio del dolor por los ausentes y de la ruina de sus tierras, aceptó de buena gana recibir la reunión mensual de las viudas del pueblo. Y aunque ella nunca fue viuda, pues para eso hace falta primero un marido, ninguna puso reparos ni comentó jamás su condición de solterona. De modo que los jueves de su vida pasaban de casa de doña Paquita, viuda del jefe de estación, a la de Irene, joven viuda de borracho, y doña Manuela, abuela de Mencía y viuda del lechero por culpa de unos cuernos en mal sitio.

Sin embargo, ese jueves, se le iba la mente en recuerdos dolorosos que hacía años no le rondaban; y al final se le quemó la leche

Salió en busca de Mencía por si aún no había vendido todo lo ordeñado y la encontró junto al lavadero, charlando con el párroco, que la ayudaba a llenar una de las tinajas. Nunca le gustó aquel hombre gris y presto a la acusación barata, y mucho menos desde que, el día de su boda, o su no boda, insinuara que las mujeres como ella no merecían otra cosa que ser despreciadas por los buenos hombres como su Jacinto, pregonando desde el púlpito que agradecía a los cielos no tener que casar a una hechicera. 

Olivia Argento nunca más pisó la iglesia del pueblo, pero don Miguel no parecía del todo contento. Hubiera deseado, si su fe y su profesión se lo hubieran permitido, que el pueblo entero volviese la espalda a las Argento de por vida, cosa que no sucedió, pues los vecinos eran buenos cristianos, sí, pero aún mejores personas, y no iban a dejar que una muchacha tragara sola la desgracia de ser rechazada ante el mismísimo Dios.

De un modo u otro, don Miguel se las tenía juradas y no había domingo que no hiciera algún comentario sobre la mujer, ni un solo domingo de respiro en veinte años, fracasando semana sí, semana también. Volcó entonces sus esfuerzos en separar de su influencia a las más jóvenes del pueblo y Olivia pensó, no sin motivos, que en esto andaba con Mencía cuando ella apareció.

—Buenos días, otra vez. —Sonrió la niña.

—Buenos días ¿No te quedará algo de leche por vender? Se me quemó la que trajiste esta mañana.

—Veré si puedo ordeñar a la cabra, aunque tiene mala disposición para esas cosas. Pero sería muy triste que no tuvierais hoy con qué rebajar el café.

En la mente del párroco se dibujó la imagen de un aquelarre con las cuatro mujeres bailando alrededor de la cabra sin ordeñar, la joven lechera desnuda junto a ella, con la piel tersa reluciendo bajo el brillo del fuego. Musitó una disculpa desganada y se dirigió a la iglesia.

Olivia rebuscó en sus bolsillos dinero con qué pagar a Mencía, que tarareaba divertida una canción de viejas. Justo en ese instante un cuervo chocó contra la campana mayor desprendiendo el badajo, que descendió a toda velocidad paralelo al muro norte del campanario. En los pocos segundos que duró su trayecto, la niña siguió cantando y mirando fijamente la silueta negra de don Miguel, esa silueta que tanto odiaba ella también porque no le gustaba que le observara los pechos nacientes, ni el olor a orujo de su aliento demasiado cerca de su cara, ni como hablaba de Olivia, de Irene, de doña Paquita y de su abuela.

Para cuando Olivia Argento reconoció que la canción no era una canción, sino un encantamiento, el badajo había terminado su camino, acertando de lleno en la calva cabeza del párroco, que yacía en el suelo convertido en trapo sangrante.

—¿Qué has hecho, niña?

—Lo que todas vosotras queríais y ninguna se atrevía.


Aurora Losa | Escritora 

lunes, 20 de febrero de 2017

El encuentro - Nando Pilgrim



Hoy la he vuelto a ver. Estaba como siempre, preciosa. De pie, en una esquina de la plaza detrás de una mesa plegable a modo de mostrador, con el pelo suelto encima de los hombros y esos labios rojos tan bonitos. Recoge alimentos para campañas de ayuda. Lleva haciendo esto años, así la conocí yo. Me acerqué un día a ver de qué se trataba… y me rendí ante sus ojos. 

Sigue atendiendo a la gente con la misma sonrisa de siempre. Les explica cómo funciona, resuelve sus dudas, les agradece su participación. No todo el mundo se fía de dónde van a  parar sus aportaciones, hay mucho sinvergüenza por ahí. 

Sé que si me vuelvo a acercar volveré a rendirme ante ella, volveré a entrar en un universo único donde todo volverá a tener sentido. Realmente no sé por qué se terminó, teniendo tantas cosas en común. Quizá el carácter de los dos era demasiado fuerte como para estar juntos. Quizá no supimos gestionar nuestras necesidades. Quizá no nos parecieron importantes cosas que sí lo eran. 

Podría acercarme y preguntarle qué tal está, al menos. Ver cómo reacciona, si se alegra de verme. Pero ahora está atendiendo a dos mujeres mayores que le están preguntando algo acerca de la campaña. Parece que no me ha visto, no sé qué hacer.


                     ...                        


Le he visto antes de que él me viera. Con su aspecto distraído de siempre, como si este mundo no fuera con él. Cruza la plaza cabizbajo y de pronto se ha detenido. Ahora sé que me está mirando. Me muero de ganas de saludarle pero tengo miedo de volver a enamorarme de esa sonrisa, de esa voz y de esa manera de conseguir que cada momento fuera especial. 

Las cosas podrían haber sido de otra manera, si hubiera sabido escucharme. Si yo me hubiera sentido arropada en todo lo que hago, si hubiera madurado hasta tal punto de comprender que necesitaba más espacio y que al mismo tiempo quería estar a su lado. 

No sé qué pasará si se acerca y me dice algo… parece que duda, pero me gustaría que lo hiciera.

Justo en este momento dos señoras interrumpen mis pensamientos y me preguntan cómo pueden colaborar en la campaña solidaria que estamos llevando a cabo. 

Mientras les explico, veo por el rabillo del ojo cómo se va alejando poco a poco y no puedo evitar sentir un nudo en la garganta. 


Nando Pilgrim | Escritor 

jueves, 16 de febrero de 2017

Sacudidas - Elena Escura




No le había explicado exactamente donde vivía. Pero sabía que las tardes de sol salía a la terraza, se fumaba un cigarro, miraba a los viandantes. 

Presentía que, si hacía sol, estaría allí. 

Paseó por la zona con la mirada alta, tratando de no tropezar (aunque tropezó un par de veces, por los nervios). Observó los techos de esos edificios de paredes desconchadas. Pensó que le gustaría que ella viviera allí y no en uno de esos edificios nuevos que había justo al lado, blancos, tan aburridos. Los edificios aburridos envejecían muy rápido. Eran como esos jóvenes con alma de adulto, que apenas habían pisado la vida y se interesaban por los planes de pensiones, y las vacaciones de agosto, y los desayunos de los hoteles, y el precio del metro cuadrado.

La buscó distraído, sin pensar en encontrarla. Todo era un por si acaso, un dejarse llevar. Solía hacerlo con muchas cosas, quizás porque a veces le gustaba caminar al lado de la vida, por la orilla, como un observador. Las cosas parecían suceder más ligeras, sin el peso de lo pactado.

La vio. Tenía que ser ella. Estaba muy pequeña allí, en aquel séptimo piso. Pero era ella. Decidió saludarla. Había un circo en el solar de enfrente, e instantáneamente pensó que la música de payasos no amenizaba muy bien su saludo mudo, su brazo al viento. De repente se sintió ridículo y dejó de agitar el brazo.

Pero ella ya lo había visto. Sonrió. Apuró la colilla.


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Podía ser muy preciso con sus palabras. Ella siempre había admirado a las personas que eran capaces de usar así el lenguaje: sacudiéndolo. Pronunciar la palabra exacta era, sencillamente, un placer. Él lo sabía. Y ella podía tirar del hilo de cualquier palabra de su discurso, olerla, saborearla, y después devolvérsela. 

Escucharle era, de todo, lo que más le gustaba.

Aunque también pasaban mucho tiempo en silencio, mirándose. Él tenía unos ojos brillantes, y oscuros, que miraban mucho, y durante mucho tiempo. Que parecían penetrar el aire y descansaban con frecuencia en el pelo de ella. 

Se besaban cuando ya no podían evitarlo. No era algo trascendente. Sus bocas se acercaban como una lluvia muy fina, repentina, que ni siquiera parecía querer llover. Y seguramente eso era lo más excitante. Sus cuerpos se enredaban como en un roce accidental, que serpenteaba y se dejaba ir, sin querer saber cómo volver.

Y después, él siempre era el primero en hablar. Ella se quedaba en silencio, se cubría con aquella manta violeta, demasiado fina, y lo escuchaba. Ponían música. Cantaban un poco. Hacía frío, y en aquel local no había más que un antiguo radiador que se encendía a base de patadas. 

Y así pasaron el invierno, con encuentros tibios y canciones incompletas.


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Había dejado de fumar. Escuchaba las mismas canciones. En el solar estaban terminando de instalar un carrusel. Parecía algo demasiado romántico como para estar situado en un trozo de asfalto lleno de manchas de aceite, coches y vallas oxidadas.

El verano empezaba a morir con ese viento insoportable de septiembre, limpio y fresco, que licuaba el verano, lo escupía en alguna parte sin piedad alguna. El cielo estaba barrido de nubes y eso le recordó su forma de hablar: como una sacudida.

Hacía tiempo que no lo encontraba abajo, saludándola. No sabía donde vivía. Ni siquiera la zona. Miró el edificio de al lado: era uno de esos edificios modernos, blancos, con balcones de diseño. Pensó que si viviera allí, podrían mirarse de vez en cuando, tomar el café juntos, sin fumar. Lo buscó distraída, sin pensar en encontrarlo, observando aleatoriamente las ventanas como quien mira un cuadro con despiste.

De repente, el carrusel se puso en marcha.






Elena Escura | Escritora y guionista

martes, 14 de febrero de 2017

Días de sol - Lidia



No había nada más reconfortante esa mañana de invierno que un baño de sol en la terraza de mi casa. Salí con la taza de café y un libro bajo el brazo y me acomodé en la mecedora para recibir la dosis de vitamina D que todo cuerpo necesita.

Y allí estaba ÉL. A mi lado.
Dormitando cara al sol sin hacer nada

A veces hacía movimientos en los ojos como queriendo abrirlos sin alcanzar siquiera a separar los párpados. No le costaría nada abrirlos, si evitara el sol de frente con tan solo girar la cabeza, pero no parecía que esa limitación le incomodase demasiado, pues no se molestaba en ponerle solución. Tal vez se lo tomase como un ejercicio ocular o un entretenimiento más en medio de tanta desidia.

El sol inducía al sueño y se dejaba atrapar plácidamente en él.

Pero aun estando medio aletargado yo sabía que no era ajeno a lo que sucedía a nuestro alrededor. Y estaba seguro de que había notado la presencia de Margarita pues, sin abrir los ojos, su respiración pausada se había entrecortado en el momento en que pasaba sigilosa frente a nosotros.  

Todos los días Margarita caminaba por delante de la terraza con paso lento y sinuoso, contorneándose, como si supiera que estábamos pendientes de ella, pero nunca nos miraba. O al menos en ese trayecto. Era a su regreso cuando sí nos dirigía una mirada indiferente sabiendo que ello suponía una provocación para ÉL.

Sus idas y venidas eran nuestro mejor entretenimiento. Para ÉL, porque se excitaba con su sola presencia y para MÍ porque me divertía enormemente contemplando la escena que se desarrollaba a mi alrededor.

A esa hora de la mañana, cuando ya Margarita había pasado y no tardaría mucho en regresar, nuestra única preocupación era no perder de vista al sol pues el gran árbol de los vecinos del bajo había crecido tanto que superaba mi terraza y llegaba a los tejados del segundo piso, y el movimiento de rotación terrestre amenazaba con dejar oculto el SOL tras las densas ramificaciones florales.

Así pues, a riesgo de poder quedarnos fuera del alcance de los cálidos rayos, tomé mi mecedora y la desplacé al otro extremo de la terraza donde el sol tardaría más en ocultarse.

Me levanté para volver a llenar mi taza de café y, a mi regreso, vi como ÉL se levantaba costosamente y se dirigía medio sonámbulo a mi mecedora.
Se acomodó en el asiento, estiró el cuello y levantó la cara hacia el sol para poder absorber el máximo calor reconfortante del día invernal. 

Allí, con la cabeza levantada, los ojos cerrados y la espalda erguida se mostraba indiferente a mi presencia después de robarme mi asiento. 

Cuando le insinué que se bajase me ignoró haciéndose el sordo. 
Al segundo reproche agachó la cabeza y me miró de lado. 
¿Empezaría a entender?

Aunque me divertía su comportamiento ÉL sabía que yo no iba a permitir que me robara el sitio. Y ante la amenaza de obligarlo a bajarse dio un salto, abalanzándose sobre la barandilla de la terraza. Ladró vivamente avisando de la presencia de Margarita que transitaba con gran equilibrio por la pared medianera del vecindario.

Sin alterarse, Margarita frenó su paso frente a nosotros y nos dirigió su mirada directa, tal vez desafiante, (no lo sé, nunca entenderé el comportamiento de los gatos). Esto provocó una mayor excitación en BRUTUS que ladraba y saltaba enloquecido apoyando las patas delanteras en la barandilla.

Fuerte y ronco se dejaba la piel en cada ladrido, haciendo vibrar toda la terraza, no sé si por el volumen de sus gruñidos o por el golpear de los saltos. Frente a nosotros estaba la antítesis: la serenidad personificada en Margarita, manteniendo su mirada felina fija sobre el excitado y enloquecido can.

Cuando Margarita pareció cansarse de mirar la misma escena una y otra vez reanudó su camino y ÉL, tras contemplar cómo se alejaba, fue cesando en los ladridos. Descargó las cuatro patas en el suelo y se puso a recorrer toda la terraza olisqueando cada rincón todavía medio excitado. Poco a poco fue tranquilizándose, ralentizando sus movimientos y acabando por acostarse a mis pies. Y, tras vaciar los dos pulmones con un gran suspiro, quedó relajado tendido en el suelo bajo el cálido baño solar de una mañana de febrero.







Lidia Tomás | Diseñadora, fotógrafa, ilustradora y, a ratos, también escribe.

lunes, 6 de febrero de 2017

Semilla de chía - Marina Camacho






Imagino a tu madre, tan delgada ella, con esa panza redonda y enorme. La veo teniendo un antojo de sandía fría de la nevera. También veo a Bella intentando comerse esa fruta tan fresquita. Supongo que Bella cree que bajo el bulto de esa camiseta hay un premio para ella, y está esperando a que su ama se lo dé. Para nada se imagina que dentro de esa pequeña montaña estás tú, con tu cabeza del tamaño de un hueso de oliva. 

Serás morena como tu madre y quizás hasta tengas la misma mancha en el pie. Y serás tan alta como la familia de tu padre. ¡Voy a tener que ponerme de puntillas para besarte en la frente! Te criarás entre quesadillas y secallonas, y de vez en cuando te dejarán comer un cupcake de esos tan ricos y con tanto frosting. Te imagino en mi vida, creciendo y viendo las películas que tu madre y yo hemos visto tantas veces de pequeñas.
¿Sabes? Nosotras nos encontramos en el colegio, y hemos vivido mil aventuras. ¡Un día te las contaré todas! Ahora tú eres la que va a llenar las páginas de nuestro libro. Pequeña Aura. 

No te conozco y ya tienes un lugar en mi pecho, para dormir, llorar y pedirme consejo. Ya tienes unas manos que te van a trenzar el pelo y una compañera de juego incansable.
Tengo tantas ganas de verte, y de sujetarte, que cuando te toque y vea que eres de verdad, mi cuerpo no sabrá cómo digerir tanto amor. Te llenaré de besos, me enamoraré de las arruguitas de tus pies y le diré a todo el mundo que existes. Y te echaré de menos. ¡Cómo te echaré de menos! Dejaré de dormir y de comer para inventar el teletransporte y poder leerte cada noche. 



Marina CamachoComunicadora