lunes, 24 de julio de 2017

El pájaro y la flor - Nando Pilgrim



Lentamente la flor abrió los ojos y miró alrededor. La primavera había llegado y sus pétalos lucían brillantes, nuevos, espectaculares. Se sintió orgullosa de su vestido y se comparaba con las demás flores, pero pronto se dio cuenta de que estaba sola y poco a poco se fue entristeciendo. No tenía con quien compartir la alegría de verse tan guapa.

De repente llegó un pajarito buscando semillas. Era apenas un polluelo que estaba aprendiendo a volar.

—Hola —dijo la flor.

—Hola —le contestó el pajarito—. Estás muy elegante.

—Gracias —respondió la flor enrojeciendo(un poco más).

Día a día el pajarito iba a visitar a la flor, y esta se sentía muy halagada. Pasaban largas horas hablando sobre cualquier cosa, y a veces incluso ni hablaban, simplemente se hacían compañía. Y la amistad fue creciendo, y pronto significó algo más. El pajarito también crecía al mismo ritmo que su cariño, y  no tardó en convertirse en una apuesta ave de bello plumaje. La flor se esforzaba por ofrecerle en cada visita los pétalos más brillantes y una fragancia más dulce, mientras que el pájaro en las tardes más calurosas le llevaba un poco de agua en el pico y la dejaba caer a los pies de la flor.

Y pasó la primavera, y los días de verano se esfumaban como por arte de magia.

De pronto el pájaro anunció que se tenía que marchar.

—¿A dónde vas? —le preguntó la flor.

—A otras tierras, donde el invierno es más generoso.

—Pero si te vas, me marchitaré.

—Si me quedo, moriré.

La flor intentó por todos los medios convencer al pájaro para que se quedara junto a ella a pasar el invierno, pero el ave razonaba de forma muy convincente.

—Tú te vas a marchitar más tarde o más temprano, y yo no podré ayudarte. Y cuando eso pase, el invierno ya habrá llegado y no me podré marchar con los míos, y moriré de hambre y de frío.

Finalmente, la flor comprendió los argumentos del pájaro, y admitió que tenía razón. Y el ave un día se despidió y emprendió el vuelo hacia el sur.

Ese día ambos sintieron cómo morían un poquito en su interior.

Y ninguno de los dos tuvo la culpa, porque a veces ni el amor puede cambiar la naturaleza de cada ser.


 Nando Pilgrim | Escritor



viernes, 21 de julio de 2017

El arte de exteriorizar el odio - Celia Racero





A lo largo de los años nos han acostumbrado a reprimir nuestras emociones

Llorar cuando se está triste no es positivo porque muestra debilidad. Reír a carcajadas en una reunión importante es de mala educación, incluso les resulta vulgar a las personas presentes. Demostrar en público el amor que sientes hacia tu familia, pareja o amigos es una ``moñada´´ y demasiado empalagoso. Sentir vergüenza ante una situación es ridículo. Tener celos roza la paranoia y posesión. Ser demasiado alegre molesta a los demás y resulta un tanto hipócrita. Todos estos tópicos que introduce la sociedad desde que somos bebés contaminan nuestras mentes y nos hace vivir en la censura infinita.

Ahora nos centraremos en el odio. Aquel sentimiento negativo que nos hace estallar como un volcán. ¿Por qué a la gran mayoría de la gente nos cae mal una persona hostil verbalmente que se pasa todo el día discutiendo con los demás? Muy fácil, por la misma razón que comenté anteriormente, la sociedad nos ha inculcado que reprimir los sentimientos es bueno para la humanidad. Obviamente no es plato de buen gusto que alguien nos critique, grite o agreda verbal y físicamente, de hecho son comportamientos inaceptables. Pero yo no quiero dirigir el tema por esa vía.

Por ejemplo, una amiga o amigo nos insulta o hace una crítica destructiva, en el momento nos duele. Lo ideal sería posicionarse y defendernos, pero el problema está cuando optamos por callarnos para no discutir. Esa persona se irá de rositas, sin ningún daño. En cambio la que ha recibido esa falta de respeto seguirá dándole vueltas y más vueltas durante días, semanas, meses o incluso años. Sentirá un profundo resentimiento  e inevitablemente se convertirá en su esclavo emocional de por vida ya que le ha permitido traspasar ese terreno. 

Lo que quiero decir con esto, es que cuando algo nos molesta, enfada o duele es muy importante exteriorizarlo en el momento, ya que el odio nos autodestruye psicológicamente. Si sacamos el volcán que llevamos dentro este sentimiento se disipa y podremos alcanzar el equilibrio.

Pero el odio en algunas ocasiones nos sirve como una potente herramienta. Por ejemplo, cuando alguien a quien tenemos cariño nos traiciona, nos servirá para alejarnos de esa persona dañina, enfocándonos en sus defectos y el sufrimiento que nos ha causado. Más adelante este odio pasará a convertirse en indiferencia. Si alcanzas dicha fase significa que ya has superado esa etapa de tu vida.

Desde siempre el odio ha sido un sentimiento adaptativo. Incluso era útil en la prehistoria ya que la utilizaban para alejarse del enemigo cuando sus vidas y las de sus familias corrían peligro.

También quiero hablar sobre el autocontrol. Es más importante para evitar la agresividad que la propia ausencia de odio. Los maltratadores y homicidas, por ejemplo,carecen de autocontrol y tienen baja tolerancia a la frustración. Los traspiés, aplazamientos y exigencias están presentes continuamente en el mundo moderno. Estas personas son más propensas a estallar en cólera ante estas situaciones. 

La tirria es un fenómeno que se experimenta en la gran mayoría de personas, pero estas son capaces de dominarlo y no actuar en consecuencia. Según las investigaciones del psicólogo David Buss, profesor de la Universidad de Texas en Austin, un 80 % de las mujeres y un 90 % de los hombres han fantaseado alguna vez con el asesinato. Si no existiera el autocontrol el mundo sería una auténtica jungla.

La conclusión que sacamos de todo esto es que el sentimiento de enfado hay que expulsarlo de manera sana por nuestro propio bien y sobre todo trabajar el autocontrol para vivir con plena armonía en todos los aspectos de nuestras vidas.





Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social



martes, 28 de marzo de 2017

No somos diferentes - Ángeles Calderón



Dicen que somos diferentes, ¿qué sabrán ellos? Solo entienden de color, no ven el amor. ¡Claro que no! Porque el amor no se puede ver. Me miran diferente, ya no me ven como antes. Sigo siendo la misma, pero enamorada. Enamorada de otra cultura, de otra lengua, de otras costumbres. Tienen razón cuando dicen que no somos del mismo color pero, ¿quién dijo que debíamos serlo? En cambio se equivocan si creen que un color es mejor que otro. Yo soy rubia, él es moreno. Yo hablo español; él, árabe. Y de todo eso, nada es importante. En realidad somos iguales, nacidos de la misma Tierra. Los dos nos queremos, nos respetamos, nos entendemos y nos valoramos. Ya no nos escondemos, pues si no nos entienden es porque están ciegos. Ciegos de racismo, que no les deja ver. Que lo importante es tener a alguien que nos llegue a querer. No son malas personas, solo necesitan tiempo. Tiempo que se lleve su ceguera y que al fin, ver el amor puedan.

Después de todo, no somos tan diferentes. Los dos sufrimos y lloramos, los dos reímos y bailamos, pues en verdad, los dos somos humanos.



 Ángeles Calderón Escritora 

martes, 21 de marzo de 2017

Una vida a pedales - Aurora Losa



Desde que Rafael Sigüenza Caberno descubrió para qué servían los pedales sintió el impulso de poner los pies sobre unos. Cinco años tuvo que esperar para que los Reyes Magos tuvieran a bien dejarle una bicicleta en pago a su buen comportamiento y, en cuanto su madre le dio permiso, pedaleó calle abajo tocando el timbre y despertando a medio pueblo con sus gritos.

Su fiel Orbea le acompañó en la vuelta al colegio, en los sábados de primavera, en las excursiones de verano; en su primer día de instituto e incluso en el glorioso instante en que María de la Concepción Asuero Rodales le dio un beso en la boca. Estaba a su lado cuando se partió la pierna por subirse a una tapia, y contribuyó a su recuperación en cuanto el médico le quitó la escayola.

Años después le ayudaría a llegar a tiempo al nacimiento de su primer hijo. ¡Qué veloces surcaban las ruedas el camino entre el pueblo y la ciudad! Había pedaleado tanto que, cuando se bajó de la bici en la puerta del hospital, no le sostenían las piernas, aunque siempre achacó la flojera a la inminente responsabilidad de ser padre. Desde entonces le sirvió para traer leche, pañales, medicinas para la fiebre infantil, y hasta un cochinillo que pidió su nene como mascota unas navidades y que no paraba quieto en la cesta de camino a su nuevo hogar.

Cuando empezó a trabajar de cartero, lo de los pedales pudo haberse convertido en una pesadilla, pero se empezó a ver a sí mismo como pregonero de cariño, aunque también llevaba malas noticias, como era de suponer.

Le ofrecieron varias veces un vehículo más moderno y menos pesado, con platos y piñones que facilitaban las cuestas arriba y se bebían los llanos de tres pedaladas. Incluso intentaron sobornarle con una moto. Siempre se negó; su bicicleta era ya como una extensión de su cuerpo. Separarse habría sido como despedirse de su propio pie. Y tanto fue así que, en el día de su funeral, Rafael Sigüenza Caberno fue enterrado con su vieja Orbea durante una salva de timbres del club ciclista local.

Inspirado en Bicycle Race del disco JAZZ de Queen.


Aurora Losa | Escritora 

Cicatrices - Nando Pilgrim



¿Y ahora qué? se preguntó. Ya había pasado por esto antes pero nunca estaba preparado. Siempre le pillaba de improviso, por sorpresa. Quizá era torpe, o distraído. Pero había vuelto a suceder. 

Vuelta a empezar. A guardar recuerdos, a deshacer ilusiones, a borrar de su memoria todo aquello que le impediría seguir adelante. Pero no era un proceso fácil, nunca lo era. 

Y nunca lo era porque cada cicatriz le hería más y más profundamente. Cada marca era diferente en sí misma: las había de trazo fino, de pincelada gruesa, de navaja traicionera. Las había en forma de beso de despedida, de carta sin firmar, de irónica postdata. Las había cobardes, de aquellas que te las dejan sin que les veas la cara. Las había más breves, aunque estas eran por lo general las que más hondo habían calado. Las había más largas, menos intensas, pero igualmente dolorosas. 

Si al menos sirvieran para hacerle más desconfiado, más precavido, podría al menos aprender de ellas. Pero una vez cicatrizaban se olvidaba del dolor. Acordarse solamente de lo bueno era una decisión que había tomado desde el principio, desde la primera marca, desde la primera gota de sangre que resbaló por el tajo de la herida. 

Era por eso que siempre le pillaban de improviso. Claro. Él sabía que en cada herida tenía parte de culpa, que quizá lo podía haber evitado. Pero nunca lo veía venir. Uno nunca elige el puñal que le va a atravesar, ni los labios que le han de curar. 

Un día se preguntó si esa ingenuidad no le vendría también por ser hincha del Atleti. Porque cuando se es hincha del Atleti no importan las heridas, ni las derrotas, importa levantarse otra vez y seguir peleando, sacar hasta el último mililitro de aire y seguir animando, dejarse la voz.

Como se dejaba también el alma. Y ahora tocaba coser los jirones de esa alma desgarrada y dejarla lo más decente posible. 
Para volver a empezar

Para que nadie tuviera que pagar los platos rotos que no le correspondían, la cuenta de una cena sin propina.

Para que nadie supiera cuántas cicatrices llevaba ya y cuantas le cabían todavía. 

Miró adentro, y sonrió. Porque en una esquina todavía había hueco para otra cicatriz más. 
Y sonaba una canción:

Porque siempre hubo clases y yo
no doy bien de marido.
Otra vez a perder un partido,
sin tocar el balón.



Nando Pilgrim | Escritor 

viernes, 17 de marzo de 2017

Decadencia - Celia Racero



Decadencia, proceso de debilitación o pérdida de la plenitud. Un significado tan simple como este muestra el diccionario, pero en realidad es mucho más. 

Mira a tu alrededor y atrévete a decir que hemos avanzado. Atrévete a decir que la educación ha mejorado. Que los jóvenes de dieciocho años salen preparados del instituto para enfrentarse a la vida o que los niños cada vez tienen mayor capacidad de aprendizaje y nivel de cultura. 

Permanecer sentados en un pupitre durante siete u ocho horas diarias y cuando finaliza la jornada escolar llegar a sus casas para realizar tareas o deberes sin cesar, durante tres horas sin apenas tener tiempo para jugar. Eso es lo que hoy llaman una educación avanzada.

Después de tres años de preescolar y seis de primaria llega el instituto. El instituto, aquel lugar donde te enseñan a ser una persona de provecho. No existe mayor mentira. 

Está bien aprender a dividir o resolver una ecuación. Está bien aprender quienes fueron nuestros antepasados. Está bien saber hacer un comentario de texto. Y está bien aprender los verbos en inglés. Todo ello servirá en un futuro, no lo niego. Pero muchas veces se da demasiada importancia a un examen en el que pones en práctica tu capacidad de memorizar la teoría o fórmulas matemáticas para que al cabo de tres meses no nos acordemos de nada y nos olvidamos del arma que verdaderamente nos enseñará a resolver todo tipo de problemas o luchar por aquello que tanto deseamos: la inteligencia emocional

No nos deberían enseñar a tener mayor capacidad de asimilación de contenidos, sino a ser más inteligentes emocionalmente.

Es triste ver como algunos adolescentes faltan el respeto a sus compañeros, profesores y padres, mientras estos adultos miran hacia otro lado. Es triste ver que hoy en día sigue existiendo el acoso escolar y aún no se toman medidas suficientes para ello. Es triste ver cómo adolescentes o jóvenes adultos sufren depresión porque no les enseñaron desde niños a gestionar sus emociones. Es triste ver cómo jóvenes de veinte años aún no saben qué hacer con sus vidas porque se sienten desmotivados o no tienen la economía suficiente como para costear unos estudios. Es triste ver cómo personas que podrían llegar a ser genios o artistas no son capaces de potenciar sus habilidades porque en el instituto les hicieron sentir como el bicho raro

Atrévete a decir que cada vez hay más trabajo. Si cada vez hay más jóvenes en paro o con contratos basura. Incluso personas de ochenta años haciendo alguna que otra chapuza para que sus hijos o nietos se alimenten cada día. 

Atrévete a decir que la sanidad pública también ha avanzado. Actualmente, existen nuevos remedios para evitar o paliar enfermedades que antes no tenían cura. Pero las listas de espera para acudir a un especialista aumentan. Las trabajadoras y trabajadores de los hospitales están saturados por la falta de personal. Y, sobre todo, pacientes que luchan contra su enfermedad, pierden la batalla por no haber sido atendidos desde el primer momento.

Publica una foto de un lazo en todas tus redes sociales el día mundial del cáncer o un lazo rojo en el día mundial de la lucha contra el SIDA si así crees que estas enfermedades se curarán. En el fondo sabes que no servirá de nada si aún se sigue votando a partidos que recortan en sanidad e investigación.

Engáñate y di que la desigualdad de género está dejando de existir. Si algunas personas se escandalizan cuando ven a una mujer con un vestido corto en pleno agosto o cuando opta por vivir sola en un quinto piso sin ascensor. 

A veces no nos gusta reconocer que aún sentimos temor al caminar solas por las calles a altas horas de la madrugada. Sabemos que, si acudimos a una fiesta con aquel vestido rojo ceñido al cuerpo que tanto nos gusta, algún piropo grosero caerá y para colmo, alguien nos dirá: si no quieres soportar esa clase de comentarios no vistas de esta manera. 

Nos escandalizamos cuando vemos en las noticias que otra vez ha vuelto a ocurrir, otra persona asesinada o agredida por violencia de género. Cuando pasan un par de días, aquella noticia deja de tener valor y peso. Tan sólo será un número más entre las estadísticas de víctimas de violencia machista y hembrista. 

Presume de nuestra multiculturalidad, si cuando algunos ven a una persona de tez oscura esconden el bolso. Incluso se sigue escuchando la típica frase: vienen a quitarnos nuestros puestos de trabajo. Puestos que apenas interesaban a los españoles hace unos años. 

Da vergüenza ver cómo en algunos casos, no se acepta que otras personas vengan en busca de ayuda. Huyendo de la guerra y el hambre. Cuando en el siglo pasado durante la Guerra Civil, los refugiados fuimos nosotros.

Todo el mundo es consciente de ello, pero es más sencillo mirar hacia otro lado. Plantemos entre todos nuestro granito de arena para que al menos dentro de veinte años nuestros descendientes puedan disfrutar de una España mejor. De una España que logró liberarse de la decadencia.


Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social



Pasajeros - Elena Gromaz



Durante cinco minutos estuvimos a oscuras. Tan solo la luz de emergencia iluminaba nuestras caras. Tras un breve silencio aparecieron unos hombres de uniforme que revisaban, asiento por asiento, a todos los pasajeros de aquel autobús. Nos pedían la documentación.

Yo no entendía nada. Ni una palabra. Asustada saqué mi carnet de identidad. Llegaron a mí y les enseñé el DNI. En realidad no me miraron. Daba la impresión de que sabían a quién buscaban y, desde luego, no era a mí.

Aliviada guardé los papeles. Por fin podía respirar. Entonces me di cuenta de que esta sensación de incertidumbre iba a ser mi inseparable compañera de viaje.

Los hombres de uniforme se llevaron a varios pasajeros. No podría decir si eran extranjeros porque en ese momento lo éramos todos. Ya habíamos pasado la frontera. Ya estábamos en tierras extrañas. Empezaba a llover.

Los conductores del autobús volvieron a subir y retomamos el viaje. Mientras marchábamos seguí con la mirada la escena que quedó detrás de nosotros. Con cuatro personas menos el autobús parecía tan vacío. No hacía frío allí dentro pero un halo de extrañeza nos hacía sentir escalofríos.

Una señora, que me había oído hablar con el conductor en una ocasión, se dirigió a mí.

—¿Estás bien? —me dijo. De repente sentí que ya no estaba sorda. Oía perfectamente. Alguien me hablaba.

—Sí —contesté—. ¿Hablas español? —dije entusiasmada.

A partir de ese momento la señora, que se llamaba Rosa, y yo nos hicimos buenas amigas.
Una amistad que duraría en el tiempo y en un futuro no muy lejano se reavivaría con más fuerza.


Elena Gromaz | Escritora e Ilustradora



Los tiempos - Martinowsky



Hay un tiempo para ver el bosque y otro para detenerse en cada árbol. Hay un tiempo para planificar y otro para realizar, de la misma forma que hay un tiempo para ver el cielo en su conjunto y otro para fijarse en los objetos que contiene. En fin, hay un tiempo para el análisis y otro para la síntesis.

Digo esto porque, tras diseñar la mesa de operaciones (el estudio), es tiempo de ponerse manos a la obra y empezar a trabajar (estudiar). Lo contrario sería convertirse en una de las variedades más peligrosas (y pesadas) de filósofos, aquellos que se pasan la vida discutiendo sobre qué es filosofía sin entrar nunca en temas concretos. 

Hay una fase en la preparación de la cueva en la que se piensa qué hacer en cada lugar cuando esté terminada. Aquí leeré y aquí me reuniré con los amigos, aquí cenaré, aquí veré la televisión. Uno se imagina un futuro de actividades y pone los medios para realizarlas. 

Pero, ¿qué pasa luego cuando ya está todo listo? Aunque ya se sabe que las casas, como la escritura de un libro,  no se terminan sino que se abandonan, también se sabe que, tras una liga, el campeón sufre el síndrome del “¿y ahora qué?”. Y que conseguir lo que uno se propone produce un vacío existencial que, a muchos, les conduce a la depresión. Por eso es tan sabio el consejo de “ten cuidado con lo que deseas, porque corres el peligro de conseguirlo”.

Yo voy a defenderme de este peligro con mi método tradicional (de eficacia probada mil veces) de dejarlo todo a medias. Así siempre tendré tareas pendientes para los cansancios en el viaje. El título de esta etapa de mi biografía podría ser: “un obsesivo en busca de una obsesión” o esta otra “Envejecemos cuando dejamos de tener proyectos”. 

De momento, y cuando todavía tengo toda la cueva cogida con alfileres y apenas he terminado de apuntalar los espacios, voy a ponerme a bucear en el misterioso (y apasionante) asunto del origen de las angiospermas, así como las enigmáticas relaciones entre las venenosas solanáceas y las convolvuláceas, sobre las que quiero aportar algo, aunque solo sea por la de tiempo que llevo con el asunto. El resto de las tareas quedan pendientes para el futuro, no sea que las termine. 


 Martinowsky | Filósofo y Escritor


jueves, 23 de febrero de 2017

Azul - Ángeles Calderón



Dos personas en un hospital psiquiátrico encerrados porque ven gente azul. Al ser solo dos en todo el mundo los llaman rarosLa gente “no rara” vive en libertad, porque son normales y corrientes. Uno de los raros va a salir mañana, le dan el alta. Habla con su compañero de habitación y este le pregunta qué ha ocurrido para que las personas normales le dejen salir. Fácil, responde el futuro liberado, solo he tenido que decir que he dejado de ver gente azul. A lo que su amigo le pregunta: ¿y eso es cierto, has dejado de ver gente azul? La respuesta es negativa: no ha dejado de verlos, solo lo ha dicho.

A partir de mañana seguirá habiendo dos personas infelices en el mundo, con una diferencia: una de ellas será libre para poder fingir que es feliz a ojos de los demás y la otra seguirá encerrada con la verdad en su puño.

El raro que continúa encerrado piensa: ¿qué es mejor? ¿ser hipócrita con uno mismo solo para obtener la recompensa social de sentir que forma parte de la misma realidad que los demás o ser sincero y acarrear el castigo correspondiente? Si dices que has dejado de ver gente azul, todo un mundo se abrirá a tus pies. 

Yo soy una de esas personas, veo gente azul. Sé que seguiré viendo gente azul y pienso continuar diciendo que los veo. Si tú también los ves, no estás solo. ¡Confiésalo! Los vemos cada día. Yo veo una persona azul, la que me mira desde el otro lado del espejo. Yo soy azul. Y no me importa decirlo. Por eso me llaman rara. Rara soy y orgullosa me siento, ya que la gente “no rara” no conoce, ni conocerá el placer de ser azul.

No quiero dejar de ver gente azul. Nunca dejaré de hacerlo. ¿Alguna vez os habéis preguntado qué se siente al ser azul, violeta o rosa? Píntate la piel de colores, sal a la calle e intenta sobrevivir. Después vuelve, que yo te abrazo.

Ese abrazo se llama empatía. Los colores son ideas. La calle son los demás. ¿Y la gente azul? La gente azul somos lectores.

Abraza constantemente y hazlo gratis. Cuando pintes, mezcla colores, sin miedo; observa y aprecia cada matiz. Y sal a la calle aunque suponga llevar gafas de sol y sentarte a la sombra. Porque algún día el sol dejará de quemar.

 Ángeles Calderón Escritora 

miércoles, 22 de febrero de 2017

El batir de las alas - Aurora Losa



Para cuando Olivia Argento sacó las manos de sus bolsillos, ya era demasiado tarde. Tarde para recuperar las noches de verano, cazar mariposas, encontrar marido y, desde luego, para evitar el mayor desastre jamás conocido en los contornos.

Amaneció aquel día con la pesadumbre hecha nubes grises que se aproximaban desde el mar; una caballería furiosa instigada por los vientos del norte, declarados en rebeldía contra el dominio tirano de la cordillera que alzaba sus barreras sin posibilidad de peaje.
La niña del lechero lo advirtió en cuanto salió a ordeñar las vacas. Los pastos temblaban bajo el peso del rocío y las moras se habían vuelto negras antes de tiempo.

Males barrunto —dijo nada más llegar  a la casa con los cántaros de leche fresca.

—Eres demasiado joven para ser tan agorera, Mencía —replicó Olivia, aunque ella ya lo había notado en los huesos, que le dolían en los tuétanos, como cuando murió su padre, como cuando la dejaron plantada ante el altar.

Pero Mencía se limitó a sonreír y seguir con su ruta de puerta en puerta.

Entonces Olivia se quedó sola con sus nostalgias y frustraciones que, ahora sí, le invadían la garganta, le zapateaban en el pecho, convertidas en malsanos aprendices de claqué.

Colocó los bollos en una bandeja y se puso a colar la nata antes de hervir la leche. Si su madre la hubiera visto afanada en tales menesteres la habría reprendido por no tener servicio, pero hacía mucho tiempo que la abandonó al cargo de aquel caserón lleno de almas y falto de corazón. Casi tanto tiempo como llevaba sin sentir a las hormigas abriéndose camino por las sienes para alojar en su cabeza los huevos de la desesperación. 

En medio del dolor por los ausentes y de la ruina de sus tierras, aceptó de buena gana recibir la reunión mensual de las viudas del pueblo. Y aunque ella nunca fue viuda, pues para eso hace falta primero un marido, ninguna puso reparos ni comentó jamás su condición de solterona. De modo que los jueves de su vida pasaban de casa de doña Paquita, viuda del jefe de estación, a la de Irene, joven viuda de borracho, y doña Manuela, abuela de Mencía y viuda del lechero por culpa de unos cuernos en mal sitio.

Sin embargo, ese jueves, se le iba la mente en recuerdos dolorosos que hacía años no le rondaban; y al final se le quemó la leche

Salió en busca de Mencía por si aún no había vendido todo lo ordeñado y la encontró junto al lavadero, charlando con el párroco, que la ayudaba a llenar una de las tinajas. Nunca le gustó aquel hombre gris y presto a la acusación barata, y mucho menos desde que, el día de su boda, o su no boda, insinuara que las mujeres como ella no merecían otra cosa que ser despreciadas por los buenos hombres como su Jacinto, pregonando desde el púlpito que agradecía a los cielos no tener que casar a una hechicera. 

Olivia Argento nunca más pisó la iglesia del pueblo, pero don Miguel no parecía del todo contento. Hubiera deseado, si su fe y su profesión se lo hubieran permitido, que el pueblo entero volviese la espalda a las Argento de por vida, cosa que no sucedió, pues los vecinos eran buenos cristianos, sí, pero aún mejores personas, y no iban a dejar que una muchacha tragara sola la desgracia de ser rechazada ante el mismísimo Dios.

De un modo u otro, don Miguel se las tenía juradas y no había domingo que no hiciera algún comentario sobre la mujer, ni un solo domingo de respiro en veinte años, fracasando semana sí, semana también. Volcó entonces sus esfuerzos en separar de su influencia a las más jóvenes del pueblo y Olivia pensó, no sin motivos, que en esto andaba con Mencía cuando ella apareció.

—Buenos días, otra vez. —Sonrió la niña.

—Buenos días ¿No te quedará algo de leche por vender? Se me quemó la que trajiste esta mañana.

—Veré si puedo ordeñar a la cabra, aunque tiene mala disposición para esas cosas. Pero sería muy triste que no tuvierais hoy con qué rebajar el café.

En la mente del párroco se dibujó la imagen de un aquelarre con las cuatro mujeres bailando alrededor de la cabra sin ordeñar, la joven lechera desnuda junto a ella, con la piel tersa reluciendo bajo el brillo del fuego. Musitó una disculpa desganada y se dirigió a la iglesia.

Olivia rebuscó en sus bolsillos dinero con qué pagar a Mencía, que tarareaba divertida una canción de viejas. Justo en ese instante un cuervo chocó contra la campana mayor desprendiendo el badajo, que descendió a toda velocidad paralelo al muro norte del campanario. En los pocos segundos que duró su trayecto, la niña siguió cantando y mirando fijamente la silueta negra de don Miguel, esa silueta que tanto odiaba ella también porque no le gustaba que le observara los pechos nacientes, ni el olor a orujo de su aliento demasiado cerca de su cara, ni como hablaba de Olivia, de Irene, de doña Paquita y de su abuela.

Para cuando Olivia Argento reconoció que la canción no era una canción, sino un encantamiento, el badajo había terminado su camino, acertando de lleno en la calva cabeza del párroco, que yacía en el suelo convertido en trapo sangrante.

—¿Qué has hecho, niña?

—Lo que todas vosotras queríais y ninguna se atrevía.


Aurora Losa | Escritora 

lunes, 20 de febrero de 2017

El encuentro - Nando Pilgrim



Hoy la he vuelto a ver. Estaba como siempre, preciosa. De pie, en una esquina de la plaza detrás de una mesa plegable a modo de mostrador, con el pelo suelto encima de los hombros y esos labios rojos tan bonitos. Recoge alimentos para campañas de ayuda. Lleva haciendo esto años, así la conocí yo. Me acerqué un día a ver de qué se trataba… y me rendí ante sus ojos. 

Sigue atendiendo a la gente con la misma sonrisa de siempre. Les explica cómo funciona, resuelve sus dudas, les agradece su participación. No todo el mundo se fía de dónde van a  parar sus aportaciones, hay mucho sinvergüenza por ahí. 

Sé que si me vuelvo a acercar volveré a rendirme ante ella, volveré a entrar en un universo único donde todo volverá a tener sentido. Realmente no sé por qué se terminó, teniendo tantas cosas en común. Quizá el carácter de los dos era demasiado fuerte como para estar juntos. Quizá no supimos gestionar nuestras necesidades. Quizá no nos parecieron importantes cosas que sí lo eran. 

Podría acercarme y preguntarle qué tal está, al menos. Ver cómo reacciona, si se alegra de verme. Pero ahora está atendiendo a dos mujeres mayores que le están preguntando algo acerca de la campaña. Parece que no me ha visto, no sé qué hacer.


                     ...                        


Le he visto antes de que él me viera. Con su aspecto distraído de siempre, como si este mundo no fuera con él. Cruza la plaza cabizbajo y de pronto se ha detenido. Ahora sé que me está mirando. Me muero de ganas de saludarle pero tengo miedo de volver a enamorarme de esa sonrisa, de esa voz y de esa manera de conseguir que cada momento fuera especial. 

Las cosas podrían haber sido de otra manera, si hubiera sabido escucharme. Si yo me hubiera sentido arropada en todo lo que hago, si hubiera madurado hasta tal punto de comprender que necesitaba más espacio y que al mismo tiempo quería estar a su lado. 

No sé qué pasará si se acerca y me dice algo… parece que duda, pero me gustaría que lo hiciera.

Justo en este momento dos señoras interrumpen mis pensamientos y me preguntan cómo pueden colaborar en la campaña solidaria que estamos llevando a cabo. 

Mientras les explico, veo por el rabillo del ojo cómo se va alejando poco a poco y no puedo evitar sentir un nudo en la garganta. 


Nando Pilgrim | Escritor 

jueves, 16 de febrero de 2017

Sacudidas - Elena Escura




No le había explicado exactamente donde vivía. Pero sabía que las tardes de sol salía a la terraza, se fumaba un cigarro, miraba a los viandantes. 

Presentía que, si hacía sol, estaría allí. 

Paseó por la zona con la mirada alta, tratando de no tropezar (aunque tropezó un par de veces, por los nervios). Observó los techos de esos edificios de paredes desconchadas. Pensó que le gustaría que ella viviera allí y no en uno de esos edificios nuevos que había justo al lado, blancos, tan aburridos. Los edificios aburridos envejecían muy rápido. Eran como esos jóvenes con alma de adulto, que apenas habían pisado la vida y se interesaban por los planes de pensiones, y las vacaciones de agosto, y los desayunos de los hoteles, y el precio del metro cuadrado.

La buscó distraído, sin pensar en encontrarla. Todo era un por si acaso, un dejarse llevar. Solía hacerlo con muchas cosas, quizás porque a veces le gustaba caminar al lado de la vida, por la orilla, como un observador. Las cosas parecían suceder más ligeras, sin el peso de lo pactado.

La vio. Tenía que ser ella. Estaba muy pequeña allí, en aquel séptimo piso. Pero era ella. Decidió saludarla. Había un circo en el solar de enfrente, e instantáneamente pensó que la música de payasos no amenizaba muy bien su saludo mudo, su brazo al viento. De repente se sintió ridículo y dejó de agitar el brazo.

Pero ella ya lo había visto. Sonrió. Apuró la colilla.


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Podía ser muy preciso con sus palabras. Ella siempre había admirado a las personas que eran capaces de usar así el lenguaje: sacudiéndolo. Pronunciar la palabra exacta era, sencillamente, un placer. Él lo sabía. Y ella podía tirar del hilo de cualquier palabra de su discurso, olerla, saborearla, y después devolvérsela. 

Escucharle era, de todo, lo que más le gustaba.

Aunque también pasaban mucho tiempo en silencio, mirándose. Él tenía unos ojos brillantes, y oscuros, que miraban mucho, y durante mucho tiempo. Que parecían penetrar el aire y descansaban con frecuencia en el pelo de ella. 

Se besaban cuando ya no podían evitarlo. No era algo trascendente. Sus bocas se acercaban como una lluvia muy fina, repentina, que ni siquiera parecía querer llover. Y seguramente eso era lo más excitante. Sus cuerpos se enredaban como en un roce accidental, que serpenteaba y se dejaba ir, sin querer saber cómo volver.

Y después, él siempre era el primero en hablar. Ella se quedaba en silencio, se cubría con aquella manta violeta, demasiado fina, y lo escuchaba. Ponían música. Cantaban un poco. Hacía frío, y en aquel local no había más que un antiguo radiador que se encendía a base de patadas. 

Y así pasaron el invierno, con encuentros tibios y canciones incompletas.


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Había dejado de fumar. Escuchaba las mismas canciones. En el solar estaban terminando de instalar un carrusel. Parecía algo demasiado romántico como para estar situado en un trozo de asfalto lleno de manchas de aceite, coches y vallas oxidadas.

El verano empezaba a morir con ese viento insoportable de septiembre, limpio y fresco, que licuaba el verano, lo escupía en alguna parte sin piedad alguna. El cielo estaba barrido de nubes y eso le recordó su forma de hablar: como una sacudida.

Hacía tiempo que no lo encontraba abajo, saludándola. No sabía donde vivía. Ni siquiera la zona. Miró el edificio de al lado: era uno de esos edificios modernos, blancos, con balcones de diseño. Pensó que si viviera allí, podrían mirarse de vez en cuando, tomar el café juntos, sin fumar. Lo buscó distraída, sin pensar en encontrarlo, observando aleatoriamente las ventanas como quien mira un cuadro con despiste.

De repente, el carrusel se puso en marcha.






Elena Escura | Escritora y guionista

martes, 14 de febrero de 2017

Días de sol - Lidia



No había nada más reconfortante esa mañana de invierno que un baño de sol en la terraza de mi casa. Salí con la taza de café y un libro bajo el brazo y me acomodé en la mecedora para recibir la dosis de vitamina D que todo cuerpo necesita.

Y allí estaba ÉL. A mi lado.
Dormitando cara al sol sin hacer nada

A veces hacía movimientos en los ojos como queriendo abrirlos sin alcanzar siquiera a separar los párpados. No le costaría nada abrirlos, si evitara el sol de frente con tan solo girar la cabeza, pero no parecía que esa limitación le incomodase demasiado, pues no se molestaba en ponerle solución. Tal vez se lo tomase como un ejercicio ocular o un entretenimiento más en medio de tanta desidia.

El sol inducía al sueño y se dejaba atrapar plácidamente en él.

Pero aun estando medio aletargado yo sabía que no era ajeno a lo que sucedía a nuestro alrededor. Y estaba seguro de que había notado la presencia de Margarita pues, sin abrir los ojos, su respiración pausada se había entrecortado en el momento en que pasaba sigilosa frente a nosotros.  

Todos los días Margarita caminaba por delante de la terraza con paso lento y sinuoso, contorneándose, como si supiera que estábamos pendientes de ella, pero nunca nos miraba. O al menos en ese trayecto. Era a su regreso cuando sí nos dirigía una mirada indiferente sabiendo que ello suponía una provocación para ÉL.

Sus idas y venidas eran nuestro mejor entretenimiento. Para ÉL, porque se excitaba con su sola presencia y para MÍ porque me divertía enormemente contemplando la escena que se desarrollaba a mi alrededor.

A esa hora de la mañana, cuando ya Margarita había pasado y no tardaría mucho en regresar, nuestra única preocupación era no perder de vista al sol pues el gran árbol de los vecinos del bajo había crecido tanto que superaba mi terraza y llegaba a los tejados del segundo piso, y el movimiento de rotación terrestre amenazaba con dejar oculto el SOL tras las densas ramificaciones florales.

Así pues, a riesgo de poder quedarnos fuera del alcance de los cálidos rayos, tomé mi mecedora y la desplacé al otro extremo de la terraza donde el sol tardaría más en ocultarse.

Me levanté para volver a llenar mi taza de café y, a mi regreso, vi como ÉL se levantaba costosamente y se dirigía medio sonámbulo a mi mecedora.
Se acomodó en el asiento, estiró el cuello y levantó la cara hacia el sol para poder absorber el máximo calor reconfortante del día invernal. 

Allí, con la cabeza levantada, los ojos cerrados y la espalda erguida se mostraba indiferente a mi presencia después de robarme mi asiento. 

Cuando le insinué que se bajase me ignoró haciéndose el sordo. 
Al segundo reproche agachó la cabeza y me miró de lado. 
¿Empezaría a entender?

Aunque me divertía su comportamiento ÉL sabía que yo no iba a permitir que me robara el sitio. Y ante la amenaza de obligarlo a bajarse dio un salto, abalanzándose sobre la barandilla de la terraza. Ladró vivamente avisando de la presencia de Margarita que transitaba con gran equilibrio por la pared medianera del vecindario.

Sin alterarse, Margarita frenó su paso frente a nosotros y nos dirigió su mirada directa, tal vez desafiante, (no lo sé, nunca entenderé el comportamiento de los gatos). Esto provocó una mayor excitación en BRUTUS que ladraba y saltaba enloquecido apoyando las patas delanteras en la barandilla.

Fuerte y ronco se dejaba la piel en cada ladrido, haciendo vibrar toda la terraza, no sé si por el volumen de sus gruñidos o por el golpear de los saltos. Frente a nosotros estaba la antítesis: la serenidad personificada en Margarita, manteniendo su mirada felina fija sobre el excitado y enloquecido can.

Cuando Margarita pareció cansarse de mirar la misma escena una y otra vez reanudó su camino y ÉL, tras contemplar cómo se alejaba, fue cesando en los ladridos. Descargó las cuatro patas en el suelo y se puso a recorrer toda la terraza olisqueando cada rincón todavía medio excitado. Poco a poco fue tranquilizándose, ralentizando sus movimientos y acabando por acostarse a mis pies. Y, tras vaciar los dos pulmones con un gran suspiro, quedó relajado tendido en el suelo bajo el cálido baño solar de una mañana de febrero.







Lidia Tomás | Diseñadora, fotógrafa, ilustradora y, a ratos, también escribe.