miércoles, 15 de noviembre de 2017

La carrera - Nando Pilgrim




Callejear por la parte vieja de la ciudad siempre era un placer. De día en invierno, aprovechando la clara luz del sol y la pureza del azul del cielo, o de noche en verano, recorriendo calle a calle la historia de los balcones y las casas antiguas acompañado de la brisa fresca de la madrugada.

Había días en que Pepito, antes de volver a casa después de haber estado toda la tarde jugando con sus amigos en la plaza, molestando a todo el que pasaba con sus gritos y sus pelotazos, se daba un paseo por esa zona que tanto le gustaba.

Aunque a veces se tenía que encontrar con ellos, los gitanos. Pepito les tenía mucho miedo desde que una vez se encontró por la calle con dos chicos mayores que él y le robaron el balón y le empujaron al suelo, haciéndole caer. Sus padres le habían dicho muchas veces que no tenía importancia, pero él seguía con ese temor a encontrarse con alguno por la calle, sobre todo si  iba solo.
Como ese día.

Allí estaba, en una esquina, como si estuviera esperándole. Pepito ni se lo pensó: echó a correr calle abajo como un poseso mientras escuchaba como el gitano le perseguía gritándole que se parase, pero él, evidentemente, no le iba a hacer ningún caso. Corrió y corrió por casi toda la ciudad pero su perseguidor era más resistente que él e igual de veloz. No había manera de dejarle atrás. Pepito empezó a sentirse agotado, a notar como sus piernas le iban a fallar de un momento a otro. Empezó a sentir que sus miedos se iban a hacer realidad y que sería alcanzado de un momento a otro. Entonces pensó en lo peor que le podría pasar; quizá le pegara algún coscorrón, o intentara robarle el poco dinero que llevaba encima para chucherías y después simplemente se burlaría de él. No podía más.

Decidió hacerle frente y asumir las consecuencias, fueran las que fuesen.

̶ ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me persigues? ¡Déjame en paz!

Miró al suelo, sus zapatillas estaban casi rotas ya, mientras que el gitano iba descalzo.

Para su sorpresa, éste se rió abiertamente.
̶ ¡Hombre, ya era hora! Pensaba que nunca ibas a ser un poco valiente.

Y guiñándole un ojo sin dejar de sonreír burlonamente, dio media vuelta y se marchó.

José se despertó empapado en sudor tras haber sufrido otra vez la misma pesadilla, y pensó que si de verdad quería poner algo de orden en su vida y tomar las riendas quizá tenía que afrontar sus miedos de una vez por todas y asumir las consecuencias. 


 Nando Pilgrim | Escritor



viernes, 3 de noviembre de 2017

Libros salvavidas - Sandra Bermejo




Hay libros que al leerlos te salvan la vida, o de ella, no sé. Le ponen voz y palabras a aquello que tú no sabes explicar, pero que te está pasando, y, sin embargo, no puedes nombrarlo. Y por ende, entonces, parece que no existe.

Hay libros (y canciones) que le dan forma a lo que hay dentro de ti, permitiéndote ponerlo fuera para que duela un poco menos.
Hay libros (y sonrisas) para quedarse a vivir. Hay historias que se escriben a la vez que tú. Hay versos que te pertenecen, que parece que los han escrito para ti.

Hay libros que te leen, en vez de leerlos tú a ellos. Que te atraviesan y se instalan en tu pecho, generando un baile y una explosión de serpentinas de colores.

Hay libros que son tan eternos que, aunque pasen diez siglos, te sigues viendo reflejado en ellos. Como si se hubiese congelado el tiempo. Como si el pasado fuese hoy.
Hay libros que te hacen soñar, tan fuerte que parece que se va a hacer realidad. Tanto que en vez de dormir pasas noches enteras entre sus páginas.

Hay libros con los que te vas de viaje y otros que son un viaje en sí mismos. Das la vuelta al mundo sin ni siquiera salir de tu habitación. Cuando vuelves de ellos todo es igual, pero nada es lo mismo.


Hay libros que, dicen que, son como espejos. Donde te miras y te ves. Donde encuentras aquello que está escondido en los lugares más recónditos de tu ser.  

Hay libros que son amor. De los que te enamoras y en los que te enamoras. Una y otra vez, porque sabes que nunca van a romperte el corazón.

Hay libros que parece que te los regalaron en otra vida pero, aun así, siguen formando parte de esta. Son los libros herida o libros cicatriz, te ayudan a no olvidar quien fuiste y quien no quieres ser.
Hay libros que tienen la primera página arrancada, y otros que la tienen garabateada de amor y promesas, de esas que no se suelen cumplir. Junto a una fecha que, en realidad, era de caducidad. 

Hay libros que te dan alas o sueltan las cadenas con las que están atadas las tuyas. Te recuerdan quién eres y dónde quieres llegar.

Hay libros que son el mejor regalo que le puedes hacer a alguien cuando te das cuenta de que lo escribieron para él, para salvarle del desastre, del naufragio o de sí mismo. 
Libros salvavidas. A los que puedes aferrarte para salir a flote o para no hundirte. En los que te pierdes y te encuentras. Dan sentido a tus abismos. Y menos mal.



 Sandra Bermejo Psicóloga 





















































































































































viernes, 29 de septiembre de 2017

Su piel - Antonio Bejarano



No hay nada más triste que un recuerdo feliz que revolotea sobre el presente y que, irremediablemente, te deja el alma como si le hubieran pasado una motosierra por encima.
                
Hace frío. Estoy sentado y a oscuras. El silencio de la bombilla apagada me bombardea los oídos, hasta el punto de escuchar los susurros de mi piel y su incesante cantinela. A mi lado: un libro abierto que he sido incapaz de seguir leyendo. Rozar sus páginas me ha recordado a aquellas noches en las que quedábamos en la habitación de un hotel para investigar atropelladamente nuestras pieles como auténticos detectives.

De repente, los recuerdos se agolpan en mi cabeza como si fueran una película... Nuestros cuerpos desnudos bajo una misma cama; el leve sonido de su mano rozando la manta, muy parecido al ruido de una ola que nace a lo lejos y que estalla en la orilla de mi espalda. Las bocas calladas, como si no hubiera nada más que añadir. Las piernas entrelazadas y deseosas de aunar fuerzas para saltar lo más lejos posible. Los ojos cerrados y fundidos en un negro sedoso por el que resbalan lentamente hacia un sueño infinito. Sus dedos bajando por la duna de mi espalda como si fueran beduinos en pleno desierto. Tímidos y silenciosos, escalan por mis omóplatos en búsqueda de algún oasis hasta alcanzar al borde de mi hombro. Una vez allí, miran hacia abajo y, sin miedo, se deslizan por el surco de mi espina dorsal, dejando un rastro de suavidad que me hace desaparecer.

Sus dedos logran disfrazarse con mi piel a la perfección. Patinan por mi costado y, con la misma levedad de un susurro, pisan mi carne de gallina hasta hacer volteretas al ritmo de una vieja canción que sale de un tocadiscos. En ese momento me doy cuenta de que puedo escucharlos hablar. Con un poco de esfuerzo me concentro y logro entender nuestra historia. La van escribiendo, poco a poco, por todos los rincones de mi cuerpo. Yo, mientras, aprieto fuerte la almohada, hundiendo las manos e intentando exprimir los sueños que hemos ido dejando dentro de ella durante toda la noche. Los estrujo, los saboreo y, de un solo trago, me los bebo sin casi respirar.

Sus dedos, curiosos e incendiarios, bucean dentro de mí escarbando en mis deseos, revolviéndolos como si fuera mi pelo.  Sus dedos se miran entre sí y, sorprendidos, se retan mutuamente en una carrera para ver quién es el que llega antes a la meta de mi lengua. Su piel y la mía se confunden en mil caricias. En la foto de llegada no hay perdedores, solo dos manos triunfadoras alzándose con el trofeo del amor. Mis secretos están a salvo bajo la suave manta de su epidermis.

Todo aquello parece haber sido filmado en blanco y negro hace mucho tiempo. Aún así, lo siento como si fuera hoy. A veces parece como si quisiera coger un salvavidas pero, en realidad, lo que quiero es hundirme de nuevo en su piel y ahogarme en ella.



martes, 12 de septiembre de 2017

NO al acoso escolar - Celia Racero



Esto va por vosotros. Por aquellos niños y niñas que deseaban ser invisibles a los ojos del resto del mundo. A los que tuvieron que enfermar a propósito para refugiarse en su habitación. A los que llegaron a pensar que la palabra colegio era sinónimo de infierno. A los que en los recreos preferían esconderse en el lugar más vacío y menos ruidoso del patio. 

Ahora pensarás que ya no le importas a nadie. Que lo que está sucediéndote te lo mereces por ser raro o rara. Que aquellas personas que te atormentan son mejores que tú. O incluso que quizá no vales lo suficiente, ¿verdad? 

Pero déjame decirte una cosa. No sabes cuánto te equivocas. 

Aquellas personas, si es que se les puede definir así, están lejos de igualarte. Por ello intentan destruirte cada día. Porque detrás de aquella fachada fuerte y poderosa se esconden personas inseguras de sí mismas. Y créeme, la inseguridad es uno de los sentimientos más tóxicos y perjudiciales que existen. Ellos saben con certeza que eres mejor. Que están a años luz de superarte.

Por cada risa existe un “mi vida es tan aburrida que tengo la necesidad de fijarme en el resto”. Por cada “eres un friki” hay un “me gustaría ser tan especial como tú, ya que yo soy uno más entre la multitud”. Cada “qué mal haces esto” o “qué feo o fea eres” esconde un “deseo ser la mitad de inteligente y guapo o guapa que tú”. 

No les des el gusto de verte sufrir. No les escuches. Ni siquiera malgastes tu tiempo pensando en ellos. En el fondo son almas perdidas que desean llenar su vacío dañando a aquellos que envidian. Y ser envidiado por los demás no es del todo negativo. La envidia es una mezcla entre el odio y la admiración. Ellos te admiran. No existe mayor realidad que esa. Por ello debes aprovechar y trabajar todas tus capacidades para fortalecerte y no derrumbarte nunca más. 

Deja que el tiempo haga de las suyas. Créeme que se darán cuenta del daño que causan. Y los que nunca aprendan, pobrecitos de ellos. Se destruirán a sí mismos y no sabrán salir de ese bucle infinito. 

Tú vales mucho más que todo esto. Puede que no seas igual y por ello no encajes con el resto. Pero cuando crezcas te darás cuenta de que ser diferente es uno de los mejores regalos que puede hacerte la vida. No sigas a las masas. Ni a los que hoy son populares. Aquellos niños que en un pasado se creían los más poderosos del colegio e instituto hoy en día no los veo en portadas de revista, ni en la televisión, ni en la gran pantalla. No llegan ni a ser conocidos y puede que apenas sus nombres sean recordados. 

Escoge el camino que tú creas más apropiado para ti. Da igual que hoy te critiquen. En un futuro verás lo beneficioso que es pensar por uno mismo sin dejarse influenciar

fuerte. No te rindas. Ten el valor suficiente de hacer lo que en cada momento te dé la gana. Que más dará lo que piensen ellos. Si no son ni tu familia, amigos o pareja. 

Cada lunes ponte enfrente del espejo y di: soy una persona preciosa por dentro y por fuera, soy inteligente y capaz de conseguir hasta lo imposible. Nada ni nadie podrá conmigo. 

El acoso escolar es una realidad invisible. Las víctimas sufren en silencio. Temen pedir ayuda e incluso les cuesta ser conscientes de la gravedad de la situación. Padres, madres, profesores y educadores, transmitirles que pedir ayuda es positivo y que siempre estaréis a su lado para arroparles y apoyarles. No os tapéis los ojos por miedo a ver la realidad. Estos niños se sienten desprotegidos y os necesitan más que nunca. 

Enseñarles a vuestros hijos y alumnos a ser generosos y empáticos con los demás. No es importante ser el o la mejor de la clase en un deporte. Tampoco lo es sacar matrícula de honor. Lo que verdaderamente importa y les servirá para el resto de sus vidas es ni más ni menos que tener bondad. Con ello todo lo que toquen brillará.  





Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social



lunes, 24 de julio de 2017

El pájaro y la flor - Nando Pilgrim



Lentamente la flor abrió los ojos y miró alrededor. La primavera había llegado y sus pétalos lucían brillantes, nuevos, espectaculares. Se sintió orgullosa de su vestido y se comparaba con las demás flores, pero pronto se dio cuenta de que estaba sola y poco a poco se fue entristeciendo. No tenía con quien compartir la alegría de verse tan guapa.

De repente llegó un pajarito buscando semillas. Era apenas un polluelo que estaba aprendiendo a volar.

—Hola —dijo la flor.

—Hola —le contestó el pajarito—. Estás muy elegante.

—Gracias —respondió la flor enrojeciendo(un poco más).

Día a día el pajarito iba a visitar a la flor, y esta se sentía muy halagada. Pasaban largas horas hablando sobre cualquier cosa, y a veces incluso ni hablaban, simplemente se hacían compañía. Y la amistad fue creciendo, y pronto significó algo más. El pajarito también crecía al mismo ritmo que su cariño, y  no tardó en convertirse en una apuesta ave de bello plumaje. La flor se esforzaba por ofrecerle en cada visita los pétalos más brillantes y una fragancia más dulce, mientras que el pájaro en las tardes más calurosas le llevaba un poco de agua en el pico y la dejaba caer a los pies de la flor.

Y pasó la primavera, y los días de verano se esfumaban como por arte de magia.

De pronto el pájaro anunció que se tenía que marchar.

—¿A dónde vas? —le preguntó la flor.

—A otras tierras, donde el invierno es más generoso.

—Pero si te vas, me marchitaré.

—Si me quedo, moriré.

La flor intentó por todos los medios convencer al pájaro para que se quedara junto a ella a pasar el invierno, pero el ave razonaba de forma muy convincente.

—Tú te vas a marchitar más tarde o más temprano, y yo no podré ayudarte. Y cuando eso pase, el invierno ya habrá llegado y no me podré marchar con los míos, y moriré de hambre y de frío.

Finalmente, la flor comprendió los argumentos del pájaro, y admitió que tenía razón. Y el ave un día se despidió y emprendió el vuelo hacia el sur.

Ese día ambos sintieron cómo morían un poquito en su interior.

Y ninguno de los dos tuvo la culpa, porque a veces ni el amor puede cambiar la naturaleza de cada ser.


 Nando Pilgrim | Escritor



viernes, 21 de julio de 2017

El arte de exteriorizar el odio - Celia Racero





A lo largo de los años nos han acostumbrado a reprimir nuestras emociones

Llorar cuando se está triste no es positivo porque muestra debilidad. Reír a carcajadas en una reunión importante es de mala educación, incluso les resulta vulgar a las personas presentes. Demostrar en público el amor que sientes hacia tu familia, pareja o amigos es una ``moñada´´ y demasiado empalagoso. Sentir vergüenza ante una situación es ridículo. Tener celos roza la paranoia y posesión. Ser demasiado alegre molesta a los demás y resulta un tanto hipócrita. Todos estos tópicos que introduce la sociedad desde que somos bebés contaminan nuestras mentes y nos hace vivir en la censura infinita.

Ahora nos centraremos en el odio. Aquel sentimiento negativo que nos hace estallar como un volcán. ¿Por qué a la gran mayoría de la gente nos cae mal una persona hostil verbalmente que se pasa todo el día discutiendo con los demás? Muy fácil, por la misma razón que comenté anteriormente, la sociedad nos ha inculcado que reprimir los sentimientos es bueno para la humanidad. Obviamente no es plato de buen gusto que alguien nos critique, grite o agreda verbal y físicamente, de hecho son comportamientos inaceptables. Pero yo no quiero dirigir el tema por esa vía.

Por ejemplo, una amiga o amigo nos insulta o hace una crítica destructiva, en el momento nos duele. Lo ideal sería posicionarse y defendernos, pero el problema está cuando optamos por callarnos para no discutir. Esa persona se irá de rositas, sin ningún daño. En cambio la que ha recibido esa falta de respeto seguirá dándole vueltas y más vueltas durante días, semanas, meses o incluso años. Sentirá un profundo resentimiento  e inevitablemente se convertirá en su esclavo emocional de por vida ya que le ha permitido traspasar ese terreno. 

Lo que quiero decir con esto, es que cuando algo nos molesta, enfada o duele es muy importante exteriorizarlo en el momento, ya que el odio nos autodestruye psicológicamente. Si sacamos el volcán que llevamos dentro este sentimiento se disipa y podremos alcanzar el equilibrio.

Pero el odio en algunas ocasiones nos sirve como una potente herramienta. Por ejemplo, cuando alguien a quien tenemos cariño nos traiciona, nos servirá para alejarnos de esa persona dañina, enfocándonos en sus defectos y el sufrimiento que nos ha causado. Más adelante este odio pasará a convertirse en indiferencia. Si alcanzas dicha fase significa que ya has superado esa etapa de tu vida.

Desde siempre el odio ha sido un sentimiento adaptativo. Incluso era útil en la prehistoria ya que la utilizaban para alejarse del enemigo cuando sus vidas y las de sus familias corrían peligro.

También quiero hablar sobre el autocontrol. Es más importante para evitar la agresividad que la propia ausencia de odio. Los maltratadores y homicidas, por ejemplo,carecen de autocontrol y tienen baja tolerancia a la frustración. Los traspiés, aplazamientos y exigencias están presentes continuamente en el mundo moderno. Estas personas son más propensas a estallar en cólera ante estas situaciones. 

La tirria es un fenómeno que se experimenta en la gran mayoría de personas, pero estas son capaces de dominarlo y no actuar en consecuencia. Según las investigaciones del psicólogo David Buss, profesor de la Universidad de Texas en Austin, un 80 % de las mujeres y un 90 % de los hombres han fantaseado alguna vez con el asesinato. Si no existiera el autocontrol el mundo sería una auténtica jungla.

La conclusión que sacamos de todo esto es que el sentimiento de enfado hay que expulsarlo de manera sana por nuestro propio bien y sobre todo trabajar el autocontrol para vivir con plena armonía en todos los aspectos de nuestras vidas.





Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social



martes, 28 de marzo de 2017

No somos diferentes - Ángeles Calderón



Dicen que somos diferentes, ¿qué sabrán ellos? Solo entienden de color, no ven el amor. ¡Claro que no! Porque el amor no se puede ver. Me miran diferente, ya no me ven como antes. Sigo siendo la misma, pero enamorada. Enamorada de otra cultura, de otra lengua, de otras costumbres. Tienen razón cuando dicen que no somos del mismo color pero, ¿quién dijo que debíamos serlo? En cambio se equivocan si creen que un color es mejor que otro. Yo soy rubia, él es moreno. Yo hablo español; él, árabe. Y de todo eso, nada es importante. En realidad somos iguales, nacidos de la misma Tierra. Los dos nos queremos, nos respetamos, nos entendemos y nos valoramos. Ya no nos escondemos, pues si no nos entienden es porque están ciegos. Ciegos de racismo, que no les deja ver. Que lo importante es tener a alguien que nos llegue a querer. No son malas personas, solo necesitan tiempo. Tiempo que se lleve su ceguera y que al fin, ver el amor puedan.

Después de todo, no somos tan diferentes. Los dos sufrimos y lloramos, los dos reímos y bailamos, pues en verdad, los dos somos humanos.



 Ángeles Calderón Escritora 

martes, 21 de marzo de 2017

Una vida a pedales - Aurora Losa



Desde que Rafael Sigüenza Caberno descubrió para qué servían los pedales sintió el impulso de poner los pies sobre unos. Cinco años tuvo que esperar para que los Reyes Magos tuvieran a bien dejarle una bicicleta en pago a su buen comportamiento y, en cuanto su madre le dio permiso, pedaleó calle abajo tocando el timbre y despertando a medio pueblo con sus gritos.

Su fiel Orbea le acompañó en la vuelta al colegio, en los sábados de primavera, en las excursiones de verano; en su primer día de instituto e incluso en el glorioso instante en que María de la Concepción Asuero Rodales le dio un beso en la boca. Estaba a su lado cuando se partió la pierna por subirse a una tapia, y contribuyó a su recuperación en cuanto el médico le quitó la escayola.

Años después le ayudaría a llegar a tiempo al nacimiento de su primer hijo. ¡Qué veloces surcaban las ruedas el camino entre el pueblo y la ciudad! Había pedaleado tanto que, cuando se bajó de la bici en la puerta del hospital, no le sostenían las piernas, aunque siempre achacó la flojera a la inminente responsabilidad de ser padre. Desde entonces le sirvió para traer leche, pañales, medicinas para la fiebre infantil, y hasta un cochinillo que pidió su nene como mascota unas navidades y que no paraba quieto en la cesta de camino a su nuevo hogar.

Cuando empezó a trabajar de cartero, lo de los pedales pudo haberse convertido en una pesadilla, pero se empezó a ver a sí mismo como pregonero de cariño, aunque también llevaba malas noticias, como era de suponer.

Le ofrecieron varias veces un vehículo más moderno y menos pesado, con platos y piñones que facilitaban las cuestas arriba y se bebían los llanos de tres pedaladas. Incluso intentaron sobornarle con una moto. Siempre se negó; su bicicleta era ya como una extensión de su cuerpo. Separarse habría sido como despedirse de su propio pie. Y tanto fue así que, en el día de su funeral, Rafael Sigüenza Caberno fue enterrado con su vieja Orbea durante una salva de timbres del club ciclista local.

Inspirado en Bicycle Race del disco JAZZ de Queen.


Aurora Losa | Escritora 

Cicatrices - Nando Pilgrim



¿Y ahora qué? se preguntó. Ya había pasado por esto antes pero nunca estaba preparado. Siempre le pillaba de improviso, por sorpresa. Quizá era torpe, o distraído. Pero había vuelto a suceder. 

Vuelta a empezar. A guardar recuerdos, a deshacer ilusiones, a borrar de su memoria todo aquello que le impediría seguir adelante. Pero no era un proceso fácil, nunca lo era. 

Y nunca lo era porque cada cicatriz le hería más y más profundamente. Cada marca era diferente en sí misma: las había de trazo fino, de pincelada gruesa, de navaja traicionera. Las había en forma de beso de despedida, de carta sin firmar, de irónica postdata. Las había cobardes, de aquellas que te las dejan sin que les veas la cara. Las había más breves, aunque estas eran por lo general las que más hondo habían calado. Las había más largas, menos intensas, pero igualmente dolorosas. 

Si al menos sirvieran para hacerle más desconfiado, más precavido, podría al menos aprender de ellas. Pero una vez cicatrizaban se olvidaba del dolor. Acordarse solamente de lo bueno era una decisión que había tomado desde el principio, desde la primera marca, desde la primera gota de sangre que resbaló por el tajo de la herida. 

Era por eso que siempre le pillaban de improviso. Claro. Él sabía que en cada herida tenía parte de culpa, que quizá lo podía haber evitado. Pero nunca lo veía venir. Uno nunca elige el puñal que le va a atravesar, ni los labios que le han de curar. 

Un día se preguntó si esa ingenuidad no le vendría también por ser hincha del Atleti. Porque cuando se es hincha del Atleti no importan las heridas, ni las derrotas, importa levantarse otra vez y seguir peleando, sacar hasta el último mililitro de aire y seguir animando, dejarse la voz.

Como se dejaba también el alma. Y ahora tocaba coser los jirones de esa alma desgarrada y dejarla lo más decente posible. 
Para volver a empezar

Para que nadie tuviera que pagar los platos rotos que no le correspondían, la cuenta de una cena sin propina.

Para que nadie supiera cuántas cicatrices llevaba ya y cuantas le cabían todavía. 

Miró adentro, y sonrió. Porque en una esquina todavía había hueco para otra cicatriz más. 
Y sonaba una canción:

Porque siempre hubo clases y yo
no doy bien de marido.
Otra vez a perder un partido,
sin tocar el balón.



Nando Pilgrim | Escritor 

viernes, 17 de marzo de 2017

Decadencia - Celia Racero



Decadencia, proceso de debilitación o pérdida de la plenitud. Un significado tan simple como este muestra el diccionario, pero en realidad es mucho más. 

Mira a tu alrededor y atrévete a decir que hemos avanzado. Atrévete a decir que la educación ha mejorado. Que los jóvenes de dieciocho años salen preparados del instituto para enfrentarse a la vida o que los niños cada vez tienen mayor capacidad de aprendizaje y nivel de cultura. 

Permanecer sentados en un pupitre durante siete u ocho horas diarias y cuando finaliza la jornada escolar llegar a sus casas para realizar tareas o deberes sin cesar, durante tres horas sin apenas tener tiempo para jugar. Eso es lo que hoy llaman una educación avanzada.

Después de tres años de preescolar y seis de primaria llega el instituto. El instituto, aquel lugar donde te enseñan a ser una persona de provecho. No existe mayor mentira. 

Está bien aprender a dividir o resolver una ecuación. Está bien aprender quienes fueron nuestros antepasados. Está bien saber hacer un comentario de texto. Y está bien aprender los verbos en inglés. Todo ello servirá en un futuro, no lo niego. Pero muchas veces se da demasiada importancia a un examen en el que pones en práctica tu capacidad de memorizar la teoría o fórmulas matemáticas para que al cabo de tres meses no nos acordemos de nada y nos olvidamos del arma que verdaderamente nos enseñará a resolver todo tipo de problemas o luchar por aquello que tanto deseamos: la inteligencia emocional

No nos deberían enseñar a tener mayor capacidad de asimilación de contenidos, sino a ser más inteligentes emocionalmente.

Es triste ver como algunos adolescentes faltan el respeto a sus compañeros, profesores y padres, mientras estos adultos miran hacia otro lado. Es triste ver que hoy en día sigue existiendo el acoso escolar y aún no se toman medidas suficientes para ello. Es triste ver cómo adolescentes o jóvenes adultos sufren depresión porque no les enseñaron desde niños a gestionar sus emociones. Es triste ver cómo jóvenes de veinte años aún no saben qué hacer con sus vidas porque se sienten desmotivados o no tienen la economía suficiente como para costear unos estudios. Es triste ver cómo personas que podrían llegar a ser genios o artistas no son capaces de potenciar sus habilidades porque en el instituto les hicieron sentir como el bicho raro

Atrévete a decir que cada vez hay más trabajo. Si cada vez hay más jóvenes en paro o con contratos basura. Incluso personas de ochenta años haciendo alguna que otra chapuza para que sus hijos o nietos se alimenten cada día. 

Atrévete a decir que la sanidad pública también ha avanzado. Actualmente, existen nuevos remedios para evitar o paliar enfermedades que antes no tenían cura. Pero las listas de espera para acudir a un especialista aumentan. Las trabajadoras y trabajadores de los hospitales están saturados por la falta de personal. Y, sobre todo, pacientes que luchan contra su enfermedad, pierden la batalla por no haber sido atendidos desde el primer momento.

Publica una foto de un lazo en todas tus redes sociales el día mundial del cáncer o un lazo rojo en el día mundial de la lucha contra el SIDA si así crees que estas enfermedades se curarán. En el fondo sabes que no servirá de nada si aún se sigue votando a partidos que recortan en sanidad e investigación.

Engáñate y di que la desigualdad de género está dejando de existir. Si algunas personas se escandalizan cuando ven a una mujer con un vestido corto en pleno agosto o cuando opta por vivir sola en un quinto piso sin ascensor. 

A veces no nos gusta reconocer que aún sentimos temor al caminar solas por las calles a altas horas de la madrugada. Sabemos que, si acudimos a una fiesta con aquel vestido rojo ceñido al cuerpo que tanto nos gusta, algún piropo grosero caerá y para colmo, alguien nos dirá: si no quieres soportar esa clase de comentarios no vistas de esta manera. 

Nos escandalizamos cuando vemos en las noticias que otra vez ha vuelto a ocurrir, otra persona asesinada o agredida por violencia de género. Cuando pasan un par de días, aquella noticia deja de tener valor y peso. Tan sólo será un número más entre las estadísticas de víctimas de violencia machista y hembrista. 

Presume de nuestra multiculturalidad, si cuando algunos ven a una persona de tez oscura esconden el bolso. Incluso se sigue escuchando la típica frase: vienen a quitarnos nuestros puestos de trabajo. Puestos que apenas interesaban a los españoles hace unos años. 

Da vergüenza ver cómo en algunos casos, no se acepta que otras personas vengan en busca de ayuda. Huyendo de la guerra y el hambre. Cuando en el siglo pasado durante la Guerra Civil, los refugiados fuimos nosotros.

Todo el mundo es consciente de ello, pero es más sencillo mirar hacia otro lado. Plantemos entre todos nuestro granito de arena para que al menos dentro de veinte años nuestros descendientes puedan disfrutar de una España mejor. De una España que logró liberarse de la decadencia.


Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social



Pasajeros - Elena Gromaz



Durante cinco minutos estuvimos a oscuras. Tan solo la luz de emergencia iluminaba nuestras caras. Tras un breve silencio aparecieron unos hombres de uniforme que revisaban, asiento por asiento, a todos los pasajeros de aquel autobús. Nos pedían la documentación.

Yo no entendía nada. Ni una palabra. Asustada saqué mi carnet de identidad. Llegaron a mí y les enseñé el DNI. En realidad no me miraron. Daba la impresión de que sabían a quién buscaban y, desde luego, no era a mí.

Aliviada guardé los papeles. Por fin podía respirar. Entonces me di cuenta de que esta sensación de incertidumbre iba a ser mi inseparable compañera de viaje.

Los hombres de uniforme se llevaron a varios pasajeros. No podría decir si eran extranjeros porque en ese momento lo éramos todos. Ya habíamos pasado la frontera. Ya estábamos en tierras extrañas. Empezaba a llover.

Los conductores del autobús volvieron a subir y retomamos el viaje. Mientras marchábamos seguí con la mirada la escena que quedó detrás de nosotros. Con cuatro personas menos el autobús parecía tan vacío. No hacía frío allí dentro pero un halo de extrañeza nos hacía sentir escalofríos.

Una señora, que me había oído hablar con el conductor en una ocasión, se dirigió a mí.

—¿Estás bien? —me dijo. De repente sentí que ya no estaba sorda. Oía perfectamente. Alguien me hablaba.

—Sí —contesté—. ¿Hablas español? —dije entusiasmada.

A partir de ese momento la señora, que se llamaba Rosa, y yo nos hicimos buenas amigas.
Una amistad que duraría en el tiempo y en un futuro no muy lejano se reavivaría con más fuerza.


Elena Gromaz | Escritora e Ilustradora



Los tiempos - Martinowsky



Hay un tiempo para ver el bosque y otro para detenerse en cada árbol. Hay un tiempo para planificar y otro para realizar, de la misma forma que hay un tiempo para ver el cielo en su conjunto y otro para fijarse en los objetos que contiene. En fin, hay un tiempo para el análisis y otro para la síntesis.

Digo esto porque, tras diseñar la mesa de operaciones (el estudio), es tiempo de ponerse manos a la obra y empezar a trabajar (estudiar). Lo contrario sería convertirse en una de las variedades más peligrosas (y pesadas) de filósofos, aquellos que se pasan la vida discutiendo sobre qué es filosofía sin entrar nunca en temas concretos. 

Hay una fase en la preparación de la cueva en la que se piensa qué hacer en cada lugar cuando esté terminada. Aquí leeré y aquí me reuniré con los amigos, aquí cenaré, aquí veré la televisión. Uno se imagina un futuro de actividades y pone los medios para realizarlas. 

Pero, ¿qué pasa luego cuando ya está todo listo? Aunque ya se sabe que las casas, como la escritura de un libro,  no se terminan sino que se abandonan, también se sabe que, tras una liga, el campeón sufre el síndrome del “¿y ahora qué?”. Y que conseguir lo que uno se propone produce un vacío existencial que, a muchos, les conduce a la depresión. Por eso es tan sabio el consejo de “ten cuidado con lo que deseas, porque corres el peligro de conseguirlo”.

Yo voy a defenderme de este peligro con mi método tradicional (de eficacia probada mil veces) de dejarlo todo a medias. Así siempre tendré tareas pendientes para los cansancios en el viaje. El título de esta etapa de mi biografía podría ser: “un obsesivo en busca de una obsesión” o esta otra “Envejecemos cuando dejamos de tener proyectos”. 

De momento, y cuando todavía tengo toda la cueva cogida con alfileres y apenas he terminado de apuntalar los espacios, voy a ponerme a bucear en el misterioso (y apasionante) asunto del origen de las angiospermas, así como las enigmáticas relaciones entre las venenosas solanáceas y las convolvuláceas, sobre las que quiero aportar algo, aunque solo sea por la de tiempo que llevo con el asunto. El resto de las tareas quedan pendientes para el futuro, no sea que las termine. 


 Martinowsky | Filósofo y Escritor


jueves, 23 de febrero de 2017

Azul - Ángeles Calderón



Dos personas en un hospital psiquiátrico encerrados porque ven gente azul. Al ser solo dos en todo el mundo los llaman rarosLa gente “no rara” vive en libertad, porque son normales y corrientes. Uno de los raros va a salir mañana, le dan el alta. Habla con su compañero de habitación y este le pregunta qué ha ocurrido para que las personas normales le dejen salir. Fácil, responde el futuro liberado, solo he tenido que decir que he dejado de ver gente azul. A lo que su amigo le pregunta: ¿y eso es cierto, has dejado de ver gente azul? La respuesta es negativa: no ha dejado de verlos, solo lo ha dicho.

A partir de mañana seguirá habiendo dos personas infelices en el mundo, con una diferencia: una de ellas será libre para poder fingir que es feliz a ojos de los demás y la otra seguirá encerrada con la verdad en su puño.

El raro que continúa encerrado piensa: ¿qué es mejor? ¿ser hipócrita con uno mismo solo para obtener la recompensa social de sentir que forma parte de la misma realidad que los demás o ser sincero y acarrear el castigo correspondiente? Si dices que has dejado de ver gente azul, todo un mundo se abrirá a tus pies. 

Yo soy una de esas personas, veo gente azul. Sé que seguiré viendo gente azul y pienso continuar diciendo que los veo. Si tú también los ves, no estás solo. ¡Confiésalo! Los vemos cada día. Yo veo una persona azul, la que me mira desde el otro lado del espejo. Yo soy azul. Y no me importa decirlo. Por eso me llaman rara. Rara soy y orgullosa me siento, ya que la gente “no rara” no conoce, ni conocerá el placer de ser azul.

No quiero dejar de ver gente azul. Nunca dejaré de hacerlo. ¿Alguna vez os habéis preguntado qué se siente al ser azul, violeta o rosa? Píntate la piel de colores, sal a la calle e intenta sobrevivir. Después vuelve, que yo te abrazo.

Ese abrazo se llama empatía. Los colores son ideas. La calle son los demás. ¿Y la gente azul? La gente azul somos lectores.

Abraza constantemente y hazlo gratis. Cuando pintes, mezcla colores, sin miedo; observa y aprecia cada matiz. Y sal a la calle aunque suponga llevar gafas de sol y sentarte a la sombra. Porque algún día el sol dejará de quemar.

 Ángeles Calderón Escritora 

miércoles, 22 de febrero de 2017

El batir de las alas - Aurora Losa



Para cuando Olivia Argento sacó las manos de sus bolsillos, ya era demasiado tarde. Tarde para recuperar las noches de verano, cazar mariposas, encontrar marido y, desde luego, para evitar el mayor desastre jamás conocido en los contornos.

Amaneció aquel día con la pesadumbre hecha nubes grises que se aproximaban desde el mar; una caballería furiosa instigada por los vientos del norte, declarados en rebeldía contra el dominio tirano de la cordillera que alzaba sus barreras sin posibilidad de peaje.
La niña del lechero lo advirtió en cuanto salió a ordeñar las vacas. Los pastos temblaban bajo el peso del rocío y las moras se habían vuelto negras antes de tiempo.

Males barrunto —dijo nada más llegar  a la casa con los cántaros de leche fresca.

—Eres demasiado joven para ser tan agorera, Mencía —replicó Olivia, aunque ella ya lo había notado en los huesos, que le dolían en los tuétanos, como cuando murió su padre, como cuando la dejaron plantada ante el altar.

Pero Mencía se limitó a sonreír y seguir con su ruta de puerta en puerta.

Entonces Olivia se quedó sola con sus nostalgias y frustraciones que, ahora sí, le invadían la garganta, le zapateaban en el pecho, convertidas en malsanos aprendices de claqué.

Colocó los bollos en una bandeja y se puso a colar la nata antes de hervir la leche. Si su madre la hubiera visto afanada en tales menesteres la habría reprendido por no tener servicio, pero hacía mucho tiempo que la abandonó al cargo de aquel caserón lleno de almas y falto de corazón. Casi tanto tiempo como llevaba sin sentir a las hormigas abriéndose camino por las sienes para alojar en su cabeza los huevos de la desesperación. 

En medio del dolor por los ausentes y de la ruina de sus tierras, aceptó de buena gana recibir la reunión mensual de las viudas del pueblo. Y aunque ella nunca fue viuda, pues para eso hace falta primero un marido, ninguna puso reparos ni comentó jamás su condición de solterona. De modo que los jueves de su vida pasaban de casa de doña Paquita, viuda del jefe de estación, a la de Irene, joven viuda de borracho, y doña Manuela, abuela de Mencía y viuda del lechero por culpa de unos cuernos en mal sitio.

Sin embargo, ese jueves, se le iba la mente en recuerdos dolorosos que hacía años no le rondaban; y al final se le quemó la leche

Salió en busca de Mencía por si aún no había vendido todo lo ordeñado y la encontró junto al lavadero, charlando con el párroco, que la ayudaba a llenar una de las tinajas. Nunca le gustó aquel hombre gris y presto a la acusación barata, y mucho menos desde que, el día de su boda, o su no boda, insinuara que las mujeres como ella no merecían otra cosa que ser despreciadas por los buenos hombres como su Jacinto, pregonando desde el púlpito que agradecía a los cielos no tener que casar a una hechicera. 

Olivia Argento nunca más pisó la iglesia del pueblo, pero don Miguel no parecía del todo contento. Hubiera deseado, si su fe y su profesión se lo hubieran permitido, que el pueblo entero volviese la espalda a las Argento de por vida, cosa que no sucedió, pues los vecinos eran buenos cristianos, sí, pero aún mejores personas, y no iban a dejar que una muchacha tragara sola la desgracia de ser rechazada ante el mismísimo Dios.

De un modo u otro, don Miguel se las tenía juradas y no había domingo que no hiciera algún comentario sobre la mujer, ni un solo domingo de respiro en veinte años, fracasando semana sí, semana también. Volcó entonces sus esfuerzos en separar de su influencia a las más jóvenes del pueblo y Olivia pensó, no sin motivos, que en esto andaba con Mencía cuando ella apareció.

—Buenos días, otra vez. —Sonrió la niña.

—Buenos días ¿No te quedará algo de leche por vender? Se me quemó la que trajiste esta mañana.

—Veré si puedo ordeñar a la cabra, aunque tiene mala disposición para esas cosas. Pero sería muy triste que no tuvierais hoy con qué rebajar el café.

En la mente del párroco se dibujó la imagen de un aquelarre con las cuatro mujeres bailando alrededor de la cabra sin ordeñar, la joven lechera desnuda junto a ella, con la piel tersa reluciendo bajo el brillo del fuego. Musitó una disculpa desganada y se dirigió a la iglesia.

Olivia rebuscó en sus bolsillos dinero con qué pagar a Mencía, que tarareaba divertida una canción de viejas. Justo en ese instante un cuervo chocó contra la campana mayor desprendiendo el badajo, que descendió a toda velocidad paralelo al muro norte del campanario. En los pocos segundos que duró su trayecto, la niña siguió cantando y mirando fijamente la silueta negra de don Miguel, esa silueta que tanto odiaba ella también porque no le gustaba que le observara los pechos nacientes, ni el olor a orujo de su aliento demasiado cerca de su cara, ni como hablaba de Olivia, de Irene, de doña Paquita y de su abuela.

Para cuando Olivia Argento reconoció que la canción no era una canción, sino un encantamiento, el badajo había terminado su camino, acertando de lleno en la calva cabeza del párroco, que yacía en el suelo convertido en trapo sangrante.

—¿Qué has hecho, niña?

—Lo que todas vosotras queríais y ninguna se atrevía.


Aurora Losa | Escritora