lunes, 21 de noviembre de 2016

Los mitos del exilio laboral
Gabriela Pis


Quién no sabe de un amigo, un familiar, un conocido, o el primo de un vecino que se ha ido a Londres a trabajar, y “para como están aquí las cosas, así por lo menos aprende inglés”. Bien. Estas son las historias de algunas de esas personas. Cada una se fue en un momento y una circunstancia diferentes, pero las expectativas que llevaban consigo eran las mismas: trabajar en cualquier cosa, ahorrar para llevar a cabo algún tipo de plan futuro, aprender o mejorar el inglés. Sí, ese idioma que nos vendieron que era imprescindible, ‘el idioma del futuro’. 

Lara estudió periodismo y, antes de que le diera tiempo a agobiarse ante la situación aquí, al terminar la carrera se fue a Londres. Ya lleva casi dos años. Según llegó, pasó unas dos semanas en un hostel sola, sin poder entender la mayor parte de las palabras que oía a su alrededor. Comenzó trabajando en un McDonalds por horas, y aún tenía que pedir dinero a sus padres para llegar a fin de mes en la capital británica. Más tarde empezó a trabajar de “nanny” para varias familias hasta que encontró un trabajo en el que está verdaderamente contenta con la familia y con los niños a los que cuida.

Pero a la vez que iba encontrando su sitio, los planes iniciales, los mitos tradicionales sobre salir de España en este momento, se iban desvaneciendo. Por un lado, encontró fácilmente un trabajo, pero pronto se olvidó de la posibilidad de ahorrar y empezó a preocuparse por llegar a fin de mes. Después de cinco mudanzas, en las que intentaba acercarse a su lugar de trabajo para ahorrar en transporte, paga 400 euros por una habitación compartida, y gasta una media de 30 euros semanales en transporte. Por otra parte, su ambición de aprender o mejorar el inglés pronto se volvió irreal. Más allá de las McPalabras que tuvo que manejar durante sus días en la multinacional yanqui, poco inglés más: en realidad es difícil conocer a un londinense en Londres, y la mayoría de sus amigos son españoles o italianos, las dos grandes olas migratorias europeas de los últimos años en Reino Unido. A esto hay que añadir el hecho de que unos padres británicos contratan a una niñera española con la intención de que hable con sus hijos en castellano, así que poco inglés también en su trabajo.

El caso de Ana es parecido. Ella también estudió periodismo, y después de unos meses perdida y unas prácticas de máster en Bruselas, decidió continuar perdida pero en otro país, así que se decantó por sumarse al exilio laboral londinense. Trabaja en un Hard Rock Café. Noe también encontró una salida como niñera tras acabar su carrera de periodismo. Ella tuvo que pagar a una agencia para conseguir el empleo y no tiene contrato, pero está alojada en la propia casa y le pagan semanalmente. También Arturo es periodista, después de unos tres meses en Londres ha tenido tres trabajos, dos por horas en restaurantes y otro en una inmobiliaria a comisión. Y su compañero de piso Diego, también del gremio, que trabaja como camarero en un pub con un contrato flexible que va desde un mínimo de 10 horas al máximo semanal británico de 48. Podría continuar con la lista de los que andan por allí mientras cada día algún español coge su maleta y se va.

Todas son felices dentro de lo que cabe. Por el momento disfrutan trabajando, y van haciendo su vida allí. Pero el callejón sin salida es el mismo que en España, solo que en un país en el que se habla inglés y aún existen puestos mal pagados para los últimos españoles que van llegando. Aceptas porque no quieres regresar a casa, ese lugar donde ni siquiera hay hueco para la explotación en el McDonalds.

Como todo, opiniones hay para todos los gustos. Una vez, en Buenos Aires, hablaba con un taxista sobre las personas que habían emigrado hacia Europa después del corralito, que ante la crisis querían volver, como aquella canción de Gardel. En un momento de la conversación el sabio taxista me dijo con su acento porteño: “Mirá, yo siempre lo dije, que para estar mal, solo y en un lugar desconocido, prefiero estar recagado en mi casa con los míos”.


 Gabriela Pis | Periodista

jueves, 10 de noviembre de 2016

Las túnicas de Sahira
Zena Santana



Había dispuesto sobre el tapete una fuente con cordero asado, un vaso con kéfir de leche y una copa con té negro. Miraba a su hija Aurora con ternura y aún con lágrimas en los ojos. Sabía que necesitaba reponer fuerzas después de su viaje. Un periplo que le narró balbuceando entre dentelladas. Y por sus palabras vislumbró que su corta estancia en Sahira, la ciudad gris, había alterado su manera de concebir el mundo.

Después de todo, la guerra civil entre Sahira y Zulma había sido silenciosa. Aurora relató a su madre, mientras tomaba sorbos de té, que Zulma, al norte, era la ciudad de la eterna primavera, y que había sido desde siempre la ciudad de las mujeres bellas. Y que al sur, Sahira, la ciudad árida de paisaje lunar y de las noches tristes, fue desde tiempos inmemoriales el destino a donde eran exiliadas las mujeres que nacían no-bellas. 

Aurora le contó que cuando llegó a Zulma en busca de su prima Nemah (una joven bordadora de telas, de rasgos bellos y luminosos) la encontró sentada a la rueca, entre telares de hilos dorados como sus ojos. La besó en la frente y charlaron. Nemah le confesó su deseo secreto de visitar Sahira, la ciudad prohibida.

Y fue así como al día siguiente partieron juntas de viaje, ataviadas con largas túnicas para ocultar sus hermosos rostros. Y que llegaron a la noche siguiente..., y que Nemah se desnudó para ducharse en las termas. Que cuando ésta salió no encontró su túnica roja, sino otra de color púrpura, que alguna habitante de Sahira habría confundido en la oscuridad.

Y a partir de entonces y hasta el día de hoy, fue este hecho el causante de que las personas confundamos Belleza con Fealdad, pues sus rostros se ocultan bajo invisibles túnicas equivocadas.


Zena Santana | Diseñadora gráfica y editorial

viernes, 4 de noviembre de 2016

El trabajo de buscar trabajo
Gabriela Pis


 La primera entrevista me supuso un conflicto ético. Acababa de volver a Madrid, y buscaba, como a día de hoy, cualquier empleo para pasar el verano. La cita era en una empresa en el barrio de Chueca dedicada a vender y comprar activos hipotecarios pertenecientes a bancos. Hablando en plata: pisos de los que han sido desahuciadas personas que el banco propietario pone a la venta. El puesto era para trabajar como secretaria de dirección, poco más que atender el teléfono, preparar las reuniones y algún que otro powerpoint. El conflicto ético terminó cuando no volví a recibir noticias sobre mi candidatura la semana siguiente.

La segunda entrevista fue en la calle Goya, donde acudí ante el llamado de una amable señora que me ofrecía un trabajo muy interesante en Correos. Cuando llegué al lugar me encontré una oficina llena de comerciales sentados en mesas colocadas en fila que no paraban de hablar por su micro con auriculares. Lo primero que me sorprendió fue la forma continua de gesticular de todos ellos. Entre estos teleoperadores estaba mi querida Luisa, que me recibió en su mesa. Luisa parecía muy amable y dicharachera cuando habíamos hablado por teléfono: “Venga, vente a las 12, que yo sé que a los jóvenes no os gusta madrugar”, fueron sus palabras exactas. Al segundo minuto de estar sentada frente a ella comprendí que lo que Luisa pretendía era venderme un curso para preparar las oposiciones para trabajar en Correos. La escuché un buen rato y luego salí del paso diciéndole que lo tenía que pensar, y me despedí amablemente. La impresión del momento no me permitió preguntarle por qué se anunciaban en una página de empleo por Internet, o por qué se aprovechaban de la situación actual para vender cursos a la gente. Aún así, no creo que Luisa se hubiera inmutado: ella se gana la vida de esa forma, y seguramente gane más dinero cuantos más cursos “coloque”.

Esa misma tarde me citaron para otra entrevista en una agencia de modelos para trabajar como azafata en un evento (¡qué suerte la mía, dos entrevistas en el mismo día!). Cuando llegué a la agencia en la calle Princesa tuve que esperar en una sala repleta de fotos de modelos y niños de anuncio con aires ochenteros. Delante de mí, una pareja de padres muy jóvenes acudían a intentar introducir a su bebé de apenas un año en el mundo de la publicidad. Llegó mi turno y aquella chica de la que no recuerdo su nombre me empezó a contar la forma de proceder de la agencia: si mis fotos eran seleccionadas me harían un “book” que por un módico precio me catapultaría al mundo de la publicidad, el cine y las promociones en un razonable reparto de beneficios del 80-20%. Intenté explicarle que yo sólo pretendía trabajar como azafata o promotora, que no estaba interesada en ser modelo, ni actriz ni nada por el estilo, pero ella insistió en que el “book” de 180 euros era necesario. De nuevo, el negocio de sacar dinero aprovechándose de la situación laboral. Por supuesto que la guapa y amable chica me llamó una semana después para comunicarme que estaba seleccionada, pero rechacé alegando que no contaba con el dinero para el reportaje fotográfico.
Fue después de una tercera llamada en la que me ofrecían empleo como comercial a cambio de pagar un “precio muy asequible” por un curso de formación cuando comencé a denominar esta modalidad de ofertas de empleo como  “entrevistas-estafa”. 

Las próximas sólo serían ofertas con un reducido salario fijo o a base de comisiones por ventas. Pero también descubrí un nuevo tipo de empresas: los negocios piramidales, entre la secta y el timo. Una amiga en la misma situación de búsqueda de empleo me pasó una oferta muy llamativa: 1.200 euros al mes por trabajar en una campaña de verano vendiendo algún producto que no se especificaba. Las dos recibimos la misma llamada. Su experiencia cabe en otro artículo; en lo que a mí respecta, una mañana recibí una llamada de una señora con un tono y una forma de hablar digna de contestador telefónico. Su voz neutra y mecánica comenzó a explicarme que eran una empresa en expansión, que necesitaban personal para distintos departamentos, y me citaban en su oficina del barrio del Pilar porque el encargado de recursos humanos quería conocerme y ver dónde podía encajar. Fue entonces cuando a través de una amiga me enteré de que se trataba de la empresa que comercializa las (por lo visto famosas) aspiradoras Kirby. Esta empresa ofrece un interesante sueldo mileurista por, en principio, hacer 60 demostraciones al mes de su producto en domicilios particulares. Otro amigo que ya había sido víctima de este peculiar negocio me advirtió de la estafa y me invitó a buscar información en Internet. Fue entonces cuando todo empezó a ponerse interesante: los primeros enlaces eran oficiales, en los que se hablaba de todas las cosas que puede llegar a hacer esta aspiradora a la que sólo le falta llevarte al trabajo. Ya a partir del cuarto enlace aparecían noticias sobre juicios contra encargados de esta empresa, y foros de afectados por esta aspiradora, tanto trabajadores como compradores, que nos aclararon todas las dudas sobre esta compañía.

Después de estos testimonios no llegué ni a acudir a la entrevista, aunque a día de hoy me arrepiento porque este artículo podría ser mucho más interesante, y además habría pasado una mañana poco menos que diferente y divertida. Ya lo aconsejaba un chico en el foro de afectados por este negocio: “Si os llaman, id a la entrevista aunque sea para echaros unas risas. Merece la pena”.

La siguiente entrevista tardó en llegar. Una mañana me llamaron para trabajar como teleoperadora con inglés y acepté acudir a una empresa de trabajo temporal situada en la calle Orense. La entrevista era grupal, éramos tres candidatos de los cuales imagino que alguno de los otros dos serían los afortunados. Yo sólo volví a tener noticias vía mail, en el que me comunicaban que habían descartado mi candidatura. Curiosamente, la siguiente entrevista que tuve era para trabajar para la misma compañía de seguros de coche, esta vez sin necesidad de idioma extranjero. La cita era en un gran “call center” situado en la calle Alcalá, a la altura del metro de Ciudad Lineal. Otros seis candidatos y yo estuvimos esperando media hora en el office del “call center” donde comían y descansaban los empleados: una habitación amplia llena de mesas y sillas de plástico, cuatro neveras y tres máquinas expendedoras de bebidas y comida. Cuando la encargada de recursos humanos vino a buscarnos nos llevó a una sala más reducida con una mesa alrededor de la que nos sentamos y una pizarra blanca. 

La encargada, de la que creo recordar que se llamaba Mónica, comenzó a contarnos la historia y trayectoria de su empresa. Más tarde, y con la experiencia, me di cuenta de que es una práctica repetida por los departamentos de recursos humanos, la de contar la historia de una empresa que suele empezar como un negocio familiar para convertirse “en lo que hoy en día son”. Creo que esta técnica responde a dos objetivos: por un lado, demostrar la solidez de su empresa, y por otro, introducir el paralelismo con nuestra trayectoria profesional que siempre sigue a esta historia. Se identifica el ascenso de la nada al “top ten” del sector con el ascenso que nosotros como trabajadores podemos tener dentro de esa gran empresa: “nuestros directivos también empezaron como comerciales”, estoy cansada de escuchar. La entrevista en sí fue una clásica dinámica en la que el grupo debe ponerse de acuerdo para presentar al consejo de X empresa una propuesta para mejorar los beneficios, en este caso de una marca de agua embotellada. Mis compañeros tenían una media de edad de 40 años, y habían trabajado media vida en diferentes campos. De los seis, finalmente pasamos a la entrevista individual los dos más jóvenes y una señora que tenía bastante experiencia en el mundo del “telemarketing”. Después de la entrevista personal, en la que tuve que vender un bolígrafo a una supuesta clienta de 80 años sin familia que vivía en su huerto (tal cual), nunca más recibí noticias de la empresa.

En la misma semana me citaron para otras dos entrevistas: en una empresa de externalización de servicios para trabajar como promotora y en Inditex. Parecía que un mes y medio de búsqueda intensiva empezaba a dar sus frutos, y ciertamente los dio.

La primera de ellas ofrecía buenas condiciones y la entrevista fue de manual: por qué crees que deberíamos contratarte, experiencia en ventas, cuáles son tus hobbies… Cristina, la encargada de recursos humanos que me recibió esta vez, llevó a cabo por supuesto la inicial presentación de su empresa, de la que hizo mucho hincapié en su continuo crecimiento, su expansión por Latinoamérica y, de nuevo, los inicios de sus directivos que “empezaron como tú, de comerciales”.  Me fui contenta porque sería un buen trabajo teniendo en cuenta las otras experiencias, pero ya cansada de ir de dinámica en dinámica, de explicarle a desconocidas por qué deberían contratarme, de ver a las personas de mi alrededor haciendo malabares con su sueldo y con su vida. 

Al día siguiente acudí interesada a Inditex. Interesada, porque, dentro de la precariedad laboral en la que me veía sumida, parece como si la casa de Amancio diera cierta clase: no se por que extraña razón la gente se toma de otra manera cuando trabajas para Zara que cuando vendes seguros por teléfono. El caso es que me presenté a las 9:45 de la mañana en las oficinas centrales de Inditex en el Paseo de la Castellana, y cual fue mi sorpresa cuando al entrar los citados éramos alrededor de treinta. Una vez sentados en una de las salas separadas del resto por paredes de cristal, con sillas con mesa plegable y proyector a semejanza de una clase, nos dieron un formulario para rellenar sobre nuestra experiencia, disponibilidad, etc. Y proyectaron un video que sustituyó al clásico discurso inicial de la trayectoria de la compañía, muy étnico y cosmopolita, con personas de todo el mundo luciendo las prendas de la marca del gallego. Después, deprisa, porque son Inditex y tienen muchas cosas que hacer supongo, nos pasaban a otra de las salas con una responsable de recursos humanos para realizar una entrevista relámpago en la que respondí las mismas preguntas que había contestado en el formulario. Me marché desorientada y nunca he vuelto a saber nada de Inditex.

Ante este panorama me decanté por buscar trabajo en cualquier cosa, sí, cualquier cosa: he enviado curriculums a ofertas de secretaria, recepcionista, dependienta, ayudante de cocina, limpiadora, comercial… Y tras cinco años de carrera, uno y medio de máster, idiomas, carné de conducir, total disponibilidad horaria, posibilidad de incorporación inmediata y equilibrio con mi karma, si todo sale bien trabajaré vendiendo tarjetas de un banco en el intercambiador de la estación de metro de Sol. 




 Gabriela Pis | Periodista