viernes, 21 de octubre de 2016

El hombre del piano
María Gallego



Hay veces que sientes la necesidad de relatar un acontecimiento de tu vida. Ni siquiera importa si en el otro lado hay alguien preparado para escuchar. Tú quieres contarlo. Compartirlo con la esperanza de que, al entregar la historia a otro, ésta pierda peso y ya no cueste tanto cargar con ella. 

No siempre sucede que, al contarlo, te liberas. A veces revivirlo desentierra de nuevo ese dolor que tratas de adormecer con la rutina del día a día. Sea como fuere esta vez no voy a contarlo. Voy a utilizar el recurso de las letras y la trascendencia que ellas otorgan. 

Esta mañana me he levantado  como lo llevo haciendo las últimas semanas. Hundida. Destrozada al comprobar que su lado del armario sigue vacío. No he sido capaz de mover las perchas y ocupar el sitio que le correspondía: su sitio en el armario, en la cama, su cajón en el baño,  su silla del comedor. Tampoco he dejado que nadie se siente en su lado del sofá, que todavía conserva su forma. 

La ropa y los zapatos han desaparecido. Se los ha llevado mi hermana porque según ella recrearme con su olor acabará volviéndome loca. No me importa en absoluto volverme loca si con ello consigo traspasar las puertas de esta vacía y angustiosa realidad. Y puedo volver a verle, tocarle, hablar con él de la vida o de lo caro que se ha puesto el pan. Porque, a pesar de que todos le admiraban por su virtuosismo con el piano, yo le amaba profundamente por lo terrenal y mundano, por la escasez de pelo que empezaba a tener en la coronilla y que me encantaba acariciar durante horas mientras él ensayaba y yo me sentaba a su lado. Era capaz de soportar mi peso mientras las manos se deslizaban con delicadeza por las teclas. Era capaz de posponer un concierto  por quedarse a mi lado para pasar una engorrosa gripe. Era capaz de amarme con intensidad de una manera salvaje o con infinita dulzura

«Cariño, esta noche traigo yo la cena. Te quiero» Esas fueron las últimas palabras. Es curioso pero si supiéramos que son las últimas palabras que vamos a decirle a alguien, ¿qué diríamos? Las mías hubieran sido: «Gracias. Gracias por darle sentido a mis días. Gracias por hacerme tan feliz»

Cogió su mochila cargada de partituras llenas de borrones que tan solo él sabía interpretar. Corrió hacia la parada del autobús y no tuvo tiempo de esquivar el coche que invadió la acera de repente.

Una llamada. Un desconocido que tiene el poder de cambiar tu vida para siempre. Billetes que cancelar. Citas con el dentista, llamadas de homenajes, documentales, conciertos inéditos, grabaciones a medias que desconoces. Funerales. 

Y yo… Yo solo quiero regresar a aquel maravilloso día en el que caminaba hacia el trabajo y, en la puerta del conservatorio, un hombre sentado en un piano tocaba una maravillosa melodía que hizo que parara a escuchar sin importar nada más. Hasta que me miró y me regaló una sonrisa. Supe que sería para mí, para siempre. No conté con que ese para siempre tenía caducidad. Y era terriblemente corta. 






María Gallego | Escritora

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2 comentarios:

  1. ¡Hola!, me alegro mucho de que te haya gustado. Gracias a ti por leerlo y por comentar. Un abrazo.

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