martes, 25 de octubre de 2016

El último dumpling Marina Camacho


    Ahora que te necesito tengo tanto miedo a perderte. Esto es tan nuevo, tan raro. Es tan bueno que me aterroriza. Nunca me imaginé siendo así. La soledad me sentaba bien, me sentía segura en ella. Cuando te vayas voy a tener que aprenderlo todo de nuevo. Do you love me? o do you want me? En inglés son dos cosas muy distintas pero en castellano solo tienen un verbo: querer. Cuánto espacio a equivocación. ¿Cuándo te cansarás de mí? ¿Soy solo una crisis? ¿Me querrías si no tuviera esta forma? Es curioso, podría darte mi vida para que me la cuidaras y al mismo tiempo te considero un futuro traidor. Pero tú me lo dijiste; me romperás el corazón. Y se me olvida cuando estamos así, el uno enfrente del otro, rozando nuestros dedos por encima de la mesa. Tú preguntándote dónde vas a tomar tu café hoy y yo aquí, invisible. Y sé que si separo mi mano de la tuya me mirarás buscando una respuesta. Y yo me derretiré.

    Contigo soy otra persona. Dejo de ser la que era y no sé si soy esta o la otra.
Contigo soy una perdedora, no me sirve de nada todo lo que he hecho hasta ahora. ¿Por qué es tan fácil olvidar los principios cuando se siente esto? Haz conmigo lo que quieras, vísteme como más te guste, pon mi mano en tu lugar favorito o dímelo y lo haré todo. Y cómete el último dumpling, si quieres.



Marina CamachoComunicadora

viernes, 21 de octubre de 2016

Que tenga un buen día
María Dorado




Las nueve de la noche de un veinte de agosto y el supermercado está a punto de cerrar, pero todavía queda algún que otro cliente sin prisa, como yo… Al fondo, en los lácteos, una señora mayor con un cardado ostentoso coge un brik de leche para el resto del mes y parte de septiembre. Una rubia treintañera, con un naranja en la piel bastante preocupante de haberse hinchado a rayos uva durante todo el verano, charla con su pareja sobre la hora a la que saldrían el viernes de casa para llegar al aeropuerto y coger el vuelo a Ibiza. Todo esto lo cuenta en alto por los pasillos mirando al personal en lugar de a su novio, que ya ves tú lo que me importa a mí…

Realmente me da pena por el dineral que se ha dejado en rayos uva cuando va a tener rayos de sol gratis en la playa durante semanas. Cosas que hace la gente de Madrid que yo nunca entenderé.

Aparte de estas personas tan peculiares, hay un chico un tanto misterioso de unos veintisiete años paseando sin rumbo. Sin mirar las estanterías ni los productos, realmente parece estar haciendo tiempo o esperando a alguien. No deja de mirar la caja donde un chico joven pasa los artículos con total mesura y tranquilidad, como si no fuera viernes por la noche. "Aquí tiene su cambio señora. Que tenga un buen día”. Quizá le está esperando a él o a la cajera de al lado. 

Todo es muy raro. Ese juego de miradas parece sacado de una película de mafiosos. Además, el chico misterioso se guarda algo en la espalda. Un momento, ¿igual ha robado algo y quiere irse sin pagar? Por eso mira tanto a los cajeros. Para en el mínimo descuido salir corriendo… ¡No puede ser! 

De repente llega más gente a la fila. Una pareja con un carro lleno de botes de conservas y refrescos, como si se estuvieran preparando para el apocalipsis zombi y tuvieran un refugio bajo su casa con estanterías llenas de víveres y utensilios de supervivencia. 

El chico misterioso continúa metros atrás sin ponerse todavía en ninguna fila. Cada vez está más nervioso y su color de piel empieza a rozar el de la treintañera de los rayos uva. Algo así como si tuviera prisa pero tampoco hiciera nada por querer salir antes. El cajero le mira confundido. ¡Bien, se ha dado cuenta! Ya no soy la única que se ha percatado de la situación.

El muchacho misterioso, tras unos minutos pensativo, mira su reloj, suspira y se coloca finalmente en una de las cajas. Perfecto. En este momento descarto la opción de robo. Decide ponerse detrás de la pareja del apocalipsis zombi. Mala elección amigo, porque entre la parsimonia del cajero y la tonelada y media de latas de sardinas y mejillones, al menos te esperan diez minutos largos.

En este momento, la mujer de las latas se gira y al ver que el muchacho no lleva carro y solo porta un artículo en sus manos, el cual sigue escondiendo en su espalda, le ofrece amablemente que se coloque delante para que no tenga que esperar. " Pase si quiere, que sólo lleva eso” El chico sonríe jovial y le agradece su amabilidad. “¡Gracias!”. Al final va a ser majo y todo.

Llega el momento de cobrarle. El muchacho mira fijamente al cajero y saca el artículo que lleva escondido. 

"¿Solo quiere esto?" —pregunta sin un ápice de sorpresa—. “Sí, nada más”. —Ríe nervioso el muchacho—. Entre tanto misterio, levanto la mirada desde mi fila, me muero por saber qué ha comprado, qué es lo que le provoca esa subida de tensión y, evidentemente, no falla... No sé por qué comprar una caja de preservativos sigue siendo tan caótico en pleno siglo XXI. 


“Que tenga un buen día”.



María Dorado Guionista, Redactora y Foto-reportera 

El hombre del piano
María Gallego



Hay veces que sientes la necesidad de relatar un acontecimiento de tu vida. Ni siquiera importa si en el otro lado hay alguien preparado para escuchar. Tú quieres contarlo. Compartirlo con la esperanza de que, al entregar la historia a otro, ésta pierda peso y ya no cueste tanto cargar con ella. 

No siempre sucede que, al contarlo, te liberas. A veces revivirlo desentierra de nuevo ese dolor que tratas de adormecer con la rutina del día a día. Sea como fuere esta vez no voy a contarlo. Voy a utilizar el recurso de las letras y la trascendencia que ellas otorgan. 

Esta mañana me he levantado  como lo llevo haciendo las últimas semanas. Hundida. Destrozada al comprobar que su lado del armario sigue vacío. No he sido capaz de mover las perchas y ocupar el sitio que le correspondía: su sitio en el armario, en la cama, su cajón en el baño,  su silla del comedor. Tampoco he dejado que nadie se siente en su lado del sofá, que todavía conserva su forma. 

La ropa y los zapatos han desaparecido. Se los ha llevado mi hermana porque según ella recrearme con su olor acabará volviéndome loca. No me importa en absoluto volverme loca si con ello consigo traspasar las puertas de esta vacía y angustiosa realidad. Y puedo volver a verle, tocarle, hablar con él de la vida o de lo caro que se ha puesto el pan. Porque, a pesar de que todos le admiraban por su virtuosismo con el piano, yo le amaba profundamente por lo terrenal y mundano, por la escasez de pelo que empezaba a tener en la coronilla y que me encantaba acariciar durante horas mientras él ensayaba y yo me sentaba a su lado. Era capaz de soportar mi peso mientras las manos se deslizaban con delicadeza por las teclas. Era capaz de posponer un concierto  por quedarse a mi lado para pasar una engorrosa gripe. Era capaz de amarme con intensidad de una manera salvaje o con infinita dulzura

«Cariño, esta noche traigo yo la cena. Te quiero» Esas fueron las últimas palabras. Es curioso pero si supiéramos que son las últimas palabras que vamos a decirle a alguien, ¿qué diríamos? Las mías hubieran sido: «Gracias. Gracias por darle sentido a mis días. Gracias por hacerme tan feliz»

Cogió su mochila cargada de partituras llenas de borrones que tan solo él sabía interpretar. Corrió hacia la parada del autobús y no tuvo tiempo de esquivar el coche que invadió la acera de repente.

Una llamada. Un desconocido que tiene el poder de cambiar tu vida para siempre. Billetes que cancelar. Citas con el dentista, llamadas de homenajes, documentales, conciertos inéditos, grabaciones a medias que desconoces. Funerales. 

Y yo… Yo solo quiero regresar a aquel maravilloso día en el que caminaba hacia el trabajo y, en la puerta del conservatorio, un hombre sentado en un piano tocaba una maravillosa melodía que hizo que parara a escuchar sin importar nada más. Hasta que me miró y me regaló una sonrisa. Supe que sería para mí, para siempre. No conté con que ese para siempre tenía caducidad. Y era terriblemente corta. 






María Gallego | Escritora

lunes, 10 de octubre de 2016

Palabras que cortan la respiración
Patricia Vázquez



Hacía 7 años que no se veían. Siete años en los que ambos habían tenido tiempo de madurar. Se subió al avión y esperó a que despegara.

Él se levantó temprano. Se había acostado tarde la noche anterior, pero no podía esperar más. Faltaban aún 6 horas para que su avión aterrizase y le parecía una eternidad. Estaba ansioso por verla. La última vez que lo hizo sentía un profundo amor por aquella muchacha tímida que se había dejado envolver por sus caricias y sus abrazos. ¡Qué diferente habría sido todo si el destino se hubiera fijado un poco más en ellos! Ahora era distinto. Eran amigos. Y entonces, ¿por qué estaba tan nervioso? Sentía una sensación extraña en el estómago. ¿Volvería a sentir por ella lo mismo que tanto tiempo atrás?¿Y ella?¿Qué pensaría después de tantos años? Sólo había una manera de saberlo y no perdería ni un segundo en comprobarlo. Ya habían perdido muchos años y ella iba a pasar poco tiempo junto a él. Esa misma noche se lanzaría.

¿Sería diferente esta vez? No podía concentrarse en el libro que estaba leyendo. Era superior a sus fuerzas. En los últimos 7 años poco o nada había sabido de aquel muchacho que le había robado un trocito de su corazón. ¿Había estado realmente enamorada de él? ¿O sólo se había dejado llevar por sus abrazos, sus caricias, la dulzura de su mirada o su voz? Tenía que reconocer que ella se dejaba querer y, a veces, fingía sus sentimientos. Había aprendido a mirar dulcemente demostrando amor y era lo suficientemente cariñosa como para que los chicos creyesen que estaba enamorada. Sólo ella sabía si era así, ¿o no? Ya apenas si recordaba lo que sentía por aquel muchacho que la hizo reír después de su ruptura con el que consideraba el amor de su vida. Casi un año después se habían conocido en persona durante un par de días. Poco tiempo para conocer bien a una persona y mucho menos para enamorarse de él. Pero pasados esos días él no había tardado en decirle que la quería y ella había sentido que también lo quería un poquito. ¡El libro! No era capaz de concentrarse. Había hecho la promesa a su amiga de que lo terminaría antes de volver y no había avanzado mucho durante la primera parte de su viaje. ¿Sentiría él lo mismo? ¿Cómo sería ese primer momento en el que se vieran? ¿La reconocería? ¿Lo encontraría cambiado? Claro que se habían visto por fotos, pero no era lo mismo. ¿Pensaría que había hecho una locura al invitarla? Y ella, ¿realmente no estaba un poco loca por haber organizado ese viaje?

¿Por qué habría venido?¿Será posible qué...? «Venga, hombre, deja de soñar despierto», se recriminó sólo en su casa. Había hecho ya todas las gestiones que tenía que hacer y estaba esperando. En realidad, se había abandonado de nuevo en su cama sólo con una cosa en la cabeza. Si conectarían como el primer día que se vieron. Recordó entonces aquella primera vez. Estaba nervioso tanto o más que ahora. Habían hablado mucho por teléfono, pero no se habían visto nunca. Fue un momento decisivo y muy emotivo, aunque más emotivo fue cuando se marchó. ¡Qué sensación de vacío le dejó! Ahora no quería que pasara lo mismo, pero sabía que iba a ser incapaz de conseguirlo. Ella siempre dejaba esa sensación. Era la mujer perfecta, al menos para él, risueña, cariñosa, simpática y guapa. ¡Ay, si no fuera por la distancia que los separaba! Cerró los ojos y se durmió pensando en ella.

Ya lo intentamos una vez y no funcionó. ¿Por qué habría de hacerlo ahora? ¡Peor! ¿Por qué estaba pensando en ello? Eran amigos. A-MI-GOS. Se lo tuvo que repetir y casi le da un ataque de risa en mitad del avión. «Bueno -pensó- creerán que es por algo que estoy leyendo», y no pudo evitar volver a sonreír. No sabía por qué pero durante las últimas semanas había vuelto a sonreír gracias a él, a sus conversaciones interminables. Nunca sabían cuándo dejar de hablar. Desde el principio fue como si se conocieran de toda la vida. ¡Ay, ese principio! Ella había tenido dos relaciones sentimentales y ninguna había sido precisamente “idílica”, así que ya no esperada nada de los del género opuesto. Se limitaba a pasar el rato con ellos y divertirse pensando en sus defectos. Aunque tenía que reconocer que no todos eran malos o, por lo menos, tenían algunas características que los podían convertir en una posible pareja estable. Pero en su interior seguía demasiado enfadada con sus ex como para centrarse en alguien más. Sin embargo, y quizás por cómo se conocieron, había alguien con quien no le importaba pasarse hasta las 3 de la madrugada chateando. No había sexo ni amor ni nada que lo pudiera complicar; sólo charlas interminables pero que se hacían cortas. Lo conoció poco después de que su segundo novio la dejara. Era uno de esos momentos en los que te apoyas en tus amigas y en el chocolate, pero que no consigues recuperar la sonrisa. Así que su amiga le retó a conectarse al chat y reírse de los chicos que conocieran. Lo estaban pasando bien, risueñas, divertidas, cuando un mensaje saltó en la pantalla “creo que me estás buscando”. Aún no entendía qué fue lo que me llamó la atención para tratar a este chico de manera diferente e, incluso, llegar a darle su dirección de correo electrónico personal para poder hablar en privado. Suponía que le había hecho gracia su comentario -que era más perspicaz que el del resto del personal de la sala de chat que sólo sabía decir sandeces-, o quizás fue la curiosidad por saber quién tenía el ego tan alto, pero allí estaba sintiéndome atraída por una conversación con alguien al que no le había visto la cara. Así pasaron muchos meses hasta que un día él le mandó una fotografía. No era lo que ella había imaginado. Era un tío normal, fuerte, atractivo. No tenía joroba ni era bizco ni era feo. Por la foto tampoco podía decir que fuera el chico más guapo del planeta, pero no estaba mal. ¡Je! Volvía a reír en el avión y ya estaba casi llegando. Tenía que levantarse, entrar en el baño y arreglarse para que él que la viera perfecta y radiante.

Hace 7 años. En las mismas fechas. Carnavales. Ella iba a visitar a una amiga y le hizo la proposición de que hiciera una parada en su isla para pasar unos días juntos. En las noches de conversaciones interminables no hacía más que decirle que no podía esperar más a verla, que necesitaba abrazarla y sentirla su piel. Le había contado que estaba desencantada con los hombres, pero él parecía que había conseguido subirle la estima. Se lo merecía. Ella era dulce y divertida. Le inspiraba ternura y estaba llegando a ¿enamorarse? En eso pensaba mientras planeaba esos tres días. Se acordaba como si fuera ayer. El hotel, ¿camas separadas o juntas? El spa, la playa... todo tenía que salir perfecto. Sólo quería conocerla en persona, pero lo cierto era que estaba demasiado enganchado como para que no pasara nada entre ellos.

Me recogió en el aeropuerto y tras los nervios iniciales de la presentación, parecía que nos conocíamos de media vida. Él quería que saliera todo perfecto, así que lo planeó de tal manera para que yo no tuviera un minuto libre para pensar en lo que estaba pasando. No me puedo quejar de cómo me trató, de dónde me llevó o de cómo pasó, simplemente me dejé arrastrar en el terreno desconocido en el que acababa de entrar. Podría echarle la culpa al ambiente cálido que se vivía en la isla o al acento de mi acompañante o a lo protegida que me sentía entre sus brazos, ¿qué sé yo? Lo importante es que la primera noche asomados al balcón del hotel y con la luna llena como testigo, nos acostamos. Hasta entonces no habíamos tenido más roce que el de los dos besos al saludarnos en el aeropuerto. Aún puedo sentir el cálido beso en el cuello que siguió al abrazo y los continuos cosquilleos en el estómago que me tenían atontada. A eso siguió un par de besos más por el cuello, caricias y un bonito paseo por sus labios hasta que acabamos en la cama. Nunca tuve oportunidad de preguntarle qué fue lo que pensó en esos momentos porque me dominaba la vergüenza. Jamás me había acostado con alguien la primera vez que lo conocía. No fue un polvo salvaje, allí había pasión, por supuesto, pero también amor y cariño. Era como si lleváramos haciéndolo juntos toda la vida. Después dormimos juntos y abrazados y a la mañana siguiente fue como si lo que pasó entre nosotros no hubiera existido. Él estaba tan turbado y expectante como yo. ¿Qué sería de nosotros a partir de ese momento? Yo no tenía el valor suficiente de preguntárselo y él tampoco se sentía con fuerzas para hablar del tema. El último día en el aeropuerto, él se derrumbó “No quiero que te vayas”, me dijo. ¿Qué le iba a decir yo? ¿Qué también me pasaba lo mismo? ¿Qué él me había hecho replantearme muchas cosas sobre los hombres? ¿Qué habíamos jugado con fuego y que íbamos a acabar quemándonos? Tendría que haber zanjado el tema allí mismo, pero era incapaz. Me sentía tan a gusto con él que no me imaginaba teniendo que dejarlo porque nos separaban unos kilómetros. Sabía que era muy difícil, pero se podía intentar.


¿Por qué no luché más por ella?¿Por qué la dejé escapar?¿Por qué, por qué, por qué? Era todo lo que pasaba por su mente. Muchos porqués para lo que él estaba acostumbrado. No solía hacerse muchas preguntas. Actuaba y punto. Pero con ella era distinto. ¡Qué pena que no hubiera sido más fuerte para retenerla entre sus brazos! Hoy la vida le brindaba una segunda oportunidad y no quería desaprovecharla. Aunque le costara tener que abandonarlo todo. Su vida, su trabajo, sus amigos, su familia. No la abandonaría y la seguiría hasta el fin del mundo si hiciera falta.

Hacía menos de dos meses de su primer viaje y ya estaba recogiéndolo en el aeropuerto y buscándole alojamiento en su ciudad. Puedo decir que fue una semana muy bonita. Visitaron casi todo lo visitable entre abrazos, besos y caricias. Pero, como todo lo bueno, se acabó pronto. Él volvió a su tierra, yo me quedé entre los recuerdos de las calles y los lugares por donde habíamos paseado, y, a los meses de desesperación por no poder estar juntos, decidimos que lo mejor era continuar por caminos separados.

Sonó su despertador y un nudo volvió a pararse en su garganta. Casi no podía respirar de lo nervioso que estaba. Quedaban minutos para volverla a ver. ¿Y si finalmente no hubiera cogido el vuelo? Un terror extraño le invadió el cuerpo y desechó esa idea de su mente. Se puso sus mejores vaqueros y se cambió tres o cuatro veces de camisa. Quería estar guapo, pero dejar entrever que el hecho de volver a verla no era tan importante. No quería dar la sensación de que había estado esperando ese momento durante los últimos 7 años. Y todo a pesar de que él había estado con otras mujeres. Y otra duda surgió en su cabeza. ¿Y si ella no sintiera la misma emoción?¿Y si su viaje sólo fuera para desconectar? Acababa de dejar a su novio. Sería normal si no quisiera nada con él. Otra vez se apoderaba de él ese estremecimiento que le recorría desde la punta del pie a la base del cuello.

Click! Acababa de abrocharse el cinturón de seguridad. Eso significaba que estaban aterrizando. A punto de volver a verlo. A punto de volver a sentir lo mismo que hacía 7 años cuando lo vi por última vez. No había duda de que algo de aquel amor tan intenso quedaba en algún rinconcito de mi corazón y que ahora estaba surgiendo de nuevo. Apagué mi e-book y traté de tranquilizarme. Respiré profundamente. Uno, dos, tres...

“¡Mira, ahí está el avión!”. Un niño sentado a su lado rompió sus pensamientos. Ahora sí que no había vuelta a atrás. Tenía que jugar todas sus cartas en ese momento y no sabía si sería capaz de mantener la compostura. Le temblaban las rodillas y no hacía más que juguetear con la llave del coche como si fuera algo que pudiera predecirle el futuro. ¿El futuro?¿Qué lejos y qué cerca parecía? Tenía la impresión de que toda su vida dependía de ese momento en el que ella apareciera por la puerta de embarque. Se levantó y justo en ese momento ella apareció. Guapa, segura de sí misma, más delgada, más bonita. Tan igual y tan distinta a hace años. En ese momento lo supo. Se acercó.

«Allí está», se dijo presa de un nuevo ataque de risa. «No te rías», se increpó, «pareces una chiquilla emocionada ante unos zapatos nuevos». Volvió a reírse en su interior. Le saludó con la mano y le ofreció su mejor sonrisa. Y se acercó a él.

Y en ese momento supo qué era lo que le estaba impidiendo respirar. Unas palabras que surgieron de su garganta casi sin poder retenerlas. No quería retenerlas más tiempo. Estaban abrazados, una lágrima brotó de los ojos de ella y él sólo podía decir “Te quiero”.

FIN.



 Patricia Vázquez  | Periodista