jueves, 29 de septiembre de 2016

El miedo a perder - Maite Salmerón


Durante algo más de treinta años de lectura, una frase se ha grabado como ninguna otra en mi mollera. Por no decir que es la única en pie en una mente sin monumentos, aunque también sin escombros. La frase es de William James, hermano del famoso novelista, y forma parte de una serie de conferencias que el filósofo estadounidense pronunció cuando yo aún no había nacido. En realidad, un estudio de la naturaleza humana. En ella, James afirma que el temor a la pobreza que prevalece entre las clases altas es la enfermedad moral más grave que padece nuestra civilización. Sin duda, se refería a aquellos que, disfrutando de mucho, incluso en exceso, no conciben perder lo más mínimo; y no a quienes tienen serios problemas para llegar a fin de mes, haciendo cuentas como quien baila sobre un alambre, ni a quienes son víctimas de un desalojo o apenas pueden comer. Yo he vivido las tres últimas situaciones. Hace aún más tiempo, más o menos, esos treinta años, cada vez menos ávida, cada vez más sosegada, tuve un sueño que tampoco he podido olvidar. Soñé que era pobre, pero pobre de solemnidad. 

Vivía en el subsuelo, en la red del alcantarillado, con mucha ropa encima. En el sueño me alimentaba de palomitas de girasol que mis compinches y yo freíamos en bidones llenos de aceite requete usado. Me desperté justo en el momento en que pescaba varias palomitas quemadas con la ayuda de una espumadera roñosa de mango muy largo. Y la sensación de fuerza que me dio pensar que, incluso así, podría vivir, me acompaña desde entonces como un escudo.


 Maite Salmerón | Escritora

lunes, 26 de septiembre de 2016

Espera infinita
Sandra Bermejo


Siempre llevaba sombrero. Leía a Bukowski y escuchaba Marea. Vivía esperando, pero como aquellos que no saben qué esperan. Se perdía en los bares buscando respuestas, perseguía atardeceres y solo dormía bien cuando había luna llena. 

Parecía un día cualquiera, de hecho, todo apuntaba a que sería uno de esos que cuando acaban tachas en el calendario y entierras en tu memoria. Odiaba esos días, casi tanto, como no saber qué decir.

Cuando se despertó la luz ya entraba en la habitación, filtrándose por las lamas de la persiana que nunca bajaba del todo. Le gustaba amanecer con el día, saltar de la cama y hacer girar en su tocadiscos cualquier vinilo de Dylan, tan alto como se lo permitiesen sus vecinos. Solía bailar mientras se repetía que la vida era maravillosa, pero, en realidad, nunca terminaba de creérselo, porque no podía parar de pensar en que tenía que haber algo más, que la vida no podía ser solo eso. Algo se le estaba escapando, pero no sabía qué. Había algo que todavía no le habían enseñado, algo que tenía que aprender… Y lo peor de todo, es que estaba convencida de que la clave de la felicidad se encontraba precisamente ahí. 

Por eso, todas las noches salía al jardín y miraba las estrellas mientras mil preguntas rondaban por su cabeza. A menudo pensaba que se había equivocado de mundo, que había habido un error, que en realidad se encontraba a cientos de millones de kilómetros de su hogar y que por eso se sentía tan fuera de lugar. 

Esa noche, cuando volvió a casa después de pasar la tarde con su amiga Sofía, salió a la oscura intemperie y maldijo interiormente a las musas por haberle abandonado. No había conseguido escribir ni una sola página nueva para su libro en todo el día. Además, había discutido con Álvaro, otra vez, por los mismos motivos de siempre: él quería una vida con ella, y ella quería el mundo. Cosas que para muchos no son incompatibles, pero que para ellos sí que lo eran.

Se tumbó boca arriba en el césped y miró al cielo implorando a algún dios que le mandase una señal. Quería volar su vida por los aires y marcharse lejos, a cualquier otra parte. Creía que esa era la solución para todos sus problemas. 

Se le estaban empezando a cerrar los ojos cuando, de pronto, escuchó una voz al otro lado del jardín. Se levantó y se dirigió hacia allí atraída por la familiaridad de lo que estaba oyendo. Estaba muy oscuro y no veía nada, pero ahora que estaba más cerca, le resultaba inconfundible, estaban tarareando su canción favorita y era… era… ¡su propia voz! 

“No puede ser”, pensó, pero le pudo la curiosidad más que el miedo y sin pensárselo dos veces preguntó: -¿Quién eres? -y tras unos segundos que parecieron eternos, la voz respondió: -Por fin. Llevo 25 años esperando a que me lo preguntes. -Perdona, pero no te entiendo… -respondió ella. Y antes de que pudiese acabar la frase la voz le interrumpió diciéndole: -No, claro. Claro que no me entiendes, no entiendes nada. No sabes quién eres, ni qué quieres. Te has pasado la vida entera buscando, creyendo que lo mejor está por venir, que tiene que haber algo más, que este mundo no es para ti. Quieres volar tu vida por los aires y romper con todo. ¿De verdad crees que es la solución? ¿Huir a otro país? Adelante, ¿Y luego qué? -hizo una pausa y se produjo un silencio que cortaba el aire- ¿De verdad no lo ves? -prosiguió- Podrías cambiarte de planeta y probablemente seguirías sintiéndote de la misma manera. Parece más bien una cuestión de actitud. Supongo que la magia que buscas existe, pero, quizás, haya que crearla. Puedes hacerlo o puedes esperar sentada a que pase. Pero es muy difícil mirar al hoy, si solo tienes ojos para mañana. Y probablemente, eso sea parte de lo que te pasa. Vives esperando, convencida de que vivir es esperar, pero ni siquiera te has planteado que, igual, la vida es lo que haces mientras esperas.

Su propia voz seguía hablándole. Todo era tan surrealista que no podía parar de pensar en que a Dalí le hubiese encantado plasmar ese momento. La voz continuó enumerando las definiciones de esperar: -Esperar -dijo- “tener esperanza de conseguir lo que se desea”, “creer que ha de suceder algo especialmente favorable”, “desear que algo ocurra”, “permanecer en un sitio donde se cree que ha de ir alguien o en donde se presume que ha de ocurrir algo”, “no comenzar a actuar hasta que suceda algo”. Dime –le dijo su propia voz- ¿A qué estás esperando? ¿A qué se te pase la vida? Puede ser que necesitas un cambio, pero creo que no es un cambio de mundo, ni de planeta, tal vez se trate solo de un cambio de actitud. Igual si pruebas a centrarte en el presente, y disfrutar del momento, intentando no pensar tanto y viviendo más, a lo mejor todas tus preguntas empiezan a responderse solas. Y si alguna vez sientes la necesidad de buscar, en vez de buscar fuera, prueba a buscar dentro de ti, puede que todo lo que necesites esté ahí. 

Dicho esto, la voz se esfumó, y ella se quedó sola bajo un cielo al que miraba con unos ojos que jamás habían visto tantas estrellas.



 Sandra Bermejo Psicóloga 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Un grito de amor
Beatriz Rodríguez



El alcance mundial del aria  “Oh mio babbino caro”  de Giacomo Puccini no sorprende, dado el magnetismo emocional de la melodía hacia quien la escucha. Sin embargo, ¿qué sentido tienen esas palabras en italiano que tanto conmueven sin conocer el argumento?

Para enmarcar esta composición tan pasional se debe recurrir a su origen. El  personaje que dio nombre a la óperaGianni Schicchi” a la que pertenece dicha aria,  había aparecido mencionado por  Dante en el “Infierno” de la Divina Comedia. Se trata de un hombre real que vivió en la Florencia del siglo XIII, una ciudad idílica que se corresponde con el carácter sentimental y retórico del italiano y por consiguiente,  se convierte en el escenario perfecto para la obra del famoso compositor toscano. 

La ópera cómica italiana, “Gianni Schicchi” es la tercera obra de “El tríptico”, las tres con alusiones a la Divina Comedia. La trama gira en torno a los conflictos generados por un testamento y el deseo de unos jóvenes de contraer matrimonio pese a la oposición familiar. Esta súplica desgarradora por alcanzarlo está reproducida en la tan célebre aria nombrada anteriormente. Una historia de ambiciones desencadenadas por una herencia familiar, cuyos personajes están disconformes con que el legado sea para una comunidad monástica. El protagonista, Gianni Schicchi, hará todo lo posible por conseguirlo, incluso suplantar una identidad para modificar el testamento. Paralelamente, están Rinuccio y Lauretta, hija de Gianni Schicchi, que son el claro ejemplo de la victoria del amor frente a la avaricia. 

Uno de los biógrafos de Puccini se refirió a sus óperas como un “grito de amor”. No podrían haberse utilizado palabras tan apropiadas para definirlas. Solo una vez oído podemos entender cómo su efecto llega alcanzar el alma del público.














miércoles, 21 de septiembre de 2016

El miedo
Tania Gallardo


“Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos” 

Martha Medeiros. 

¿No eres capaz de dejar ese trabajo que tan infeliz te hace? ¿No eres capaz de perseguir un sueño? ¿No eres capaz de escuchar a tu corazón? Te voy a decir quién es el causante de todo eso que no te permite avanzar, el miedo, sí, ese sentimiento que condiciona nuestras vidas, que nos bloquea, ese límite mental que no nos deja avanzar y que a veces incluso puede llegar a dominarnos. Por no hablar de los numerosos cambios que puede producir en nuestro cuerpo, llegando incluso a aumentar nuestra tensión arterial, la velocidad de nuestro metabolismo, la glucosa de nuestra sangre, nuestra adrenalina y nuestra tensión muscular. 

Sabíais que el miedo comenzó siendo algo positivo en las sociedades prehistóricas, este sentimiento colaboraba ya en la supervivencia de la especie, alertando de posibles amenazas y peligros. Pero los miedos se han ido multiplicando, cada vez son más y más los miedos que giran en torno a nuestras vidas, miedos que no necesariamente hemos creado nosotros mismos, sino miedos que nos han ido inculcando con los años, hablo de supersticiones, hablo de las políticas autoritarias, hablo incluso de la propia religión. 

¿Pero miedo a qué o a quién? A lo desconocido, a todo aquello que nos empuja fuera de nuestra zona de confort, miedo a todo cambio que modifique nuestra situación de control actual. A los seres humanos no les gusta por lo general las situaciones descontroladas, los cambios, las novedades. Pero, ¿qué es la vida sino una sucesión de cambios que nos hacen avanzar y crecer? Voltea la mesa si no estás feliz en el trabajo, arriésgalo todo por un sueño, date el placer de luchar por lo que te gusta, deja la sensatez a un lado y escucha tu corazón, él sabe gritar, solo tienes que escucharlo.




Tania Gallardo Hernández|Comunicadora