viernes, 26 de agosto de 2016

Será cuestión de tiempo
María Dorado




Yo sólo quiero esas cosquillas de las que tanto habla la gente…- respondía Nuria, mientras su amiga le recordaba la mala suerte que tenía con los hombres, así en general. A grandes rasgos se podría decir que Nuria no encajaba con nadie. No encontraba su medio limón, o al menos eso pensaba ella.

Aun así, sabía que había alguien ahí fuera, rondando otras pestañas mientras las suyas encharcaban los parques. Será cuestión de tiempo…

Era el verano de las decadencias, de las búsquedas activas y esporádicas que enfrían el colchón y la vergüenza. Sin saber cuál es tu sitio, el lugar donde quedarse a vivir, una cara, un deshielo, una almohada incómoda, pero que acomode tu vida.

Que te dé los buenos días antes que tu alarma, que te respire por fuera y te desordene por dentro. Que se olvide las llaves y las formas, que sonría bonito y sienta el frío cuando no estás. Que pierda los calcetines bajo la cama, que te llene de vidas el mundo y vuele contigo a todas partes, sin guión y sin mochila. Que cambie de color tu cielo, que cuente estrellas y las enmarque en tus ojos.


Quizá hay alguien por ahí con ese encanto, pero desordenando otras vidas y otras camas. Será cuestión de tiempo…



 María Dorado Guionista, Redactora y Foto-reportera

jueves, 11 de agosto de 2016

Lavandería en Neukölln
Marina Camacho




Berlín. Domingo. Me he levantado aún más cansada que ayer. Ya hace dos semanas que llegué aquí y aún estoy metida en una burbuja, sin poder adaptarme del todo. Sigo levantándome a las seis de la mañana sin razón alguna, y sigo sintiéndome dolorosamente sola. Hace catorce días que vivo en este apartamento vacío, que todavía no tiene mi olor. 


Hoy mi día ha sido aburrido, como todos los domingos de mi vida, hasta que he ido a la lavandería. Siempre había querido ir a una, porque soy una romántica y veo muchas películas. Ha sido allí, entre ropa interior sucia y céntimos de euro, donde he conocido a mi nuevo amigo, al que voy a llamar Bob, puesto que no le pregunté su nombre. Bob es de aquí de toda la vida, aunque solo hace siete años que vive en Neukölln. No le gusta el barrio, dice que se ha vuelto caro. Tampoco le gusta la gente que viste tan moderna por la calle, le encantaría preguntarles por qué se visten así, pero entiende que eso sería grosero. Bob tiene sesenta años y es músico. Trabaja en la calle, y una vez tocó en un pub de por aquí, que si no recuerdo mal se llama Sandman. Odia el invierno y, como yo, también odia los domingos. Somos un par de infelices del día en el que los demás están contentos por no salir de sus pijamas. Tiene los dientes muy estropeados, pero le quedan bien. Como a Bowie. También le sienta bien su pañuelo rojo, que lleva estilosamente atado al cuello como una diva de Hollywood. Hemos estado hablando, de su país y el mío, de cuando él era joven y de lo difícil que es ganar dinero. Nunca ha estado en España, así que le he dicho que hace más sol y que la gente joven no tiene trabajo. También le he contado que de pequeña toqué el saxofón, cosa que no sabe casi nadie. Pero bueno, es Bob. Nos hicimos íntimos hasta que nuestras lavadoras dejaron de marear ropa. Después, él desapareció entre el frío de una puerta abierta y el olor a detergente. 

He proclamado el domingo como día de hacer la colada pero, aún así, no sé si volveré a ver a Bob. Creo que ha sido una aparición, y que solo ha venido para salvarme de esta tristeza que ya me dolía en los huesos. 



Marina CamachoComunicadora