jueves, 15 de diciembre de 2016

La venda de los ojos - Tania Gallardo



A veces, necesitamos una fuerte sacudida que sea capaz de desatar la venda de nuestros ojos. 

A veces, no tenemos las fuerzas suficientes como para ser nosotros mismos quienes por fin se atrevan a destapar la realidad, esa realidad que ha permanecido oculta durante tanto tiempo, limitándonos en todo momento, haciéndonos sufrir y lo peor, consiguiendo que nos alejemos de nosotros mismos.

Y así fue como ella consiguió que llegara la luz a su vida. Ocurrió un día cualquiera y sin buscarlo, porque las sacudidas no se planean, llegan sin avisar, lo destrozan todo a su paso y sin más te abandonan, dejándote las esperanzas rotas. Ese día ella quedó rota, rodeada de escombros y con su venda en el suelo.

No fue tan fácil como parece, ya que en el momento en el que esa venda cayó al suelo, el miedo atroz y la soledad lo inundó todo. El primer impulso que sintió fue el de coger rápidamente aquella cinta que tanto tiempo la había acompañado, y volver a colocarla en su sitio, pero no sirvió de nada, atrás dejó aquella falsa realidad, la oscuridad a la que estaba acostumbrada.

Aunque parezca extraño, pasaron algunos días y seguía sin ver bien. Fueron muchos años de ceguera, la vista necesitaba un periodo de adaptación.

Cuando recuperó por completo la visión, decidió que era el momento de hacer algo que llevaba mucho tiempo sin hacer, se situó frente al espejo. Para su sorpresa, no consiguió verse, delante de ella tenía a una mujer desconocida,con la mirada perdida, el corazón roto y la esperanza muerta. 

¿Dónde quedó aquella mujer luchadora cargada de sueños? ¿Aquella mirada llena de fuerza?

¿Y su sonrisa, dónde la había olvidado?

Así comenzó un proceso de auto recuperación, lo único que quería era volver a ser esa persona con ganas de sentir y de soñar. Para ello, se sumergió entre libros y música, se alimentó durante meses de sonrisas y de conversaciones a deshoras, viajó, probó, experimentó y se llegó incluso a perder, pero finalmente se encontró.

Atrás dejó junto a aquella venda el dolor y el desprecio, y apareció por primera vez el amor, el amor más especial que se puede llegar a sentir, el amor propio.

¿Cómo pudiste permanecer tanto tiempo a oscuras?



Tania Gallardo Hernández|Comunicadora

viernes, 2 de diciembre de 2016

Inseguridades - Sara Pinel



Esta mañana había una carta en mi mesita de noche que solo contenía dos palabras. La agarré, la fui desenvolviendo lentamente. Temiendo el contenido estiré el continente con la palma de la mano. Antes de leer miré a mi izquierda y él no estaba. Pero hacía ya mucho que estaba sin estar. 

Entonces mi mente comenzó a evocar recuerdos de toda una vida. Empezó a barajar probabilidades. Como un lince corre tras su presa, corría mi mente a toda velocidad tratando de saber antes de saber de verdad. Tratando de encontrar motivos para una despedida repentina de quién tanto yo amaba. Una despedida prematura para la que no estaba preparada todavía.

Plenamente consciente de que estaba adelantando acontecimientos, como siempre hago. Continué con la mirada fija en aquel trozo de folio mal cortado. Y de pronto me enfadé muchísimo. Y maldije al hombre que dormía cada noche a mi lado. Lo odié, lo odié intensamente, porque yo sabía que no estábamos pasando por una buena temporada pero no era suficiente excusa ni de lejos para abandonarme con una nota. Y tras odiarle unos segundos que en ese momento parecieron años, volví a amarle de nuevo. Volví a amarle locamente, porque bien podría poner en esa nota un “Buenos días cariño, esta noche no te libras de mí”. O cualquier tontería semejante, de esas que sé que tanto le encanta decir. 

Entonces mi mente dejo de desvariar, de presagiar, dejo de imaginar como siempre hace. Decidí enfrentarme a la realidad y ser valiente. Porque quería saber, lo que fuera que tuviera que saber. Y lo quería saber cuanto antes. Mis manos se pusieron más rígidas y distinguí su letra fina y redondeada por el rabillo del ojo. El estómago me empezó a meter prisas. La cabeza, sin embargo, pedía calma. El corazón marcaba el ritmo del que sabiéndose amado teme que lo desamen. Centré la vista y leí en voz alta: 
TE...


Sara Pinel | Escritora

lunes, 21 de noviembre de 2016

Los mitos del exilio laboral
Gabriela Pis


Quién no sabe de un amigo, un familiar, un conocido, o el primo de un vecino que se ha ido a Londres a trabajar, y “para como están aquí las cosas, así por lo menos aprende inglés”. Bien. Estas son las historias de algunas de esas personas. Cada una se fue en un momento y una circunstancia diferentes, pero las expectativas que llevaban consigo eran las mismas: trabajar en cualquier cosa, ahorrar para llevar a cabo algún tipo de plan futuro, aprender o mejorar el inglés. Sí, ese idioma que nos vendieron que era imprescindible, ‘el idioma del futuro’. 

Lara estudió periodismo y, antes de que le diera tiempo a agobiarse ante la situación aquí, al terminar la carrera se fue a Londres. Ya lleva casi dos años. Según llegó, pasó unas dos semanas en un hostel sola, sin poder entender la mayor parte de las palabras que oía a su alrededor. Comenzó trabajando en un McDonalds por horas, y aún tenía que pedir dinero a sus padres para llegar a fin de mes en la capital británica. Más tarde empezó a trabajar de “nanny” para varias familias hasta que encontró un trabajo en el que está verdaderamente contenta con la familia y con los niños a los que cuida.

Pero a la vez que iba encontrando su sitio, los planes iniciales, los mitos tradicionales sobre salir de España en este momento, se iban desvaneciendo. Por un lado, encontró fácilmente un trabajo, pero pronto se olvidó de la posibilidad de ahorrar y empezó a preocuparse por llegar a fin de mes. Después de cinco mudanzas, en las que intentaba acercarse a su lugar de trabajo para ahorrar en transporte, paga 400 euros por una habitación compartida, y gasta una media de 30 euros semanales en transporte. Por otra parte, su ambición de aprender o mejorar el inglés pronto se volvió irreal. Más allá de las McPalabras que tuvo que manejar durante sus días en la multinacional yanqui, poco inglés más: en realidad es difícil conocer a un londinense en Londres, y la mayoría de sus amigos son españoles o italianos, las dos grandes olas migratorias europeas de los últimos años en Reino Unido. A esto hay que añadir el hecho de que unos padres británicos contratan a una niñera española con la intención de que hable con sus hijos en castellano, así que poco inglés también en su trabajo.

El caso de Ana es parecido. Ella también estudió periodismo, y después de unos meses perdida y unas prácticas de máster en Bruselas, decidió continuar perdida pero en otro país, así que se decantó por sumarse al exilio laboral londinense. Trabaja en un Hard Rock Café. Noe también encontró una salida como niñera tras acabar su carrera de periodismo. Ella tuvo que pagar a una agencia para conseguir el empleo y no tiene contrato, pero está alojada en la propia casa y le pagan semanalmente. También Arturo es periodista, después de unos tres meses en Londres ha tenido tres trabajos, dos por horas en restaurantes y otro en una inmobiliaria a comisión. Y su compañero de piso Diego, también del gremio, que trabaja como camarero en un pub con un contrato flexible que va desde un mínimo de 10 horas al máximo semanal británico de 48. Podría continuar con la lista de los que andan por allí mientras cada día algún español coge su maleta y se va.

Todas son felices dentro de lo que cabe. Por el momento disfrutan trabajando, y van haciendo su vida allí. Pero el callejón sin salida es el mismo que en España, solo que en un país en el que se habla inglés y aún existen puestos mal pagados para los últimos españoles que van llegando. Aceptas porque no quieres regresar a casa, ese lugar donde ni siquiera hay hueco para la explotación en el McDonalds.

Como todo, opiniones hay para todos los gustos. Una vez, en Buenos Aires, hablaba con un taxista sobre las personas que habían emigrado hacia Europa después del corralito, que ante la crisis querían volver, como aquella canción de Gardel. En un momento de la conversación el sabio taxista me dijo con su acento porteño: “Mirá, yo siempre lo dije, que para estar mal, solo y en un lugar desconocido, prefiero estar recagado en mi casa con los míos”.


 Gabriela Pis | Periodista

jueves, 10 de noviembre de 2016

Las túnicas de Sahira
Zena Santana



Había dispuesto sobre el tapete una fuente con cordero asado, un vaso con kéfir de leche y una copa con té negro. Miraba a su hija Aurora con ternura y aún con lágrimas en los ojos. Sabía que necesitaba reponer fuerzas después de su viaje. Un periplo que le narró balbuceando entre dentelladas. Y por sus palabras vislumbró que su corta estancia en Sahira, la ciudad gris, había alterado su manera de concebir el mundo.

Después de todo, la guerra civil entre Sahira y Zulma había sido silenciosa. Aurora relató a su madre, mientras tomaba sorbos de té, que Zulma, al norte, era la ciudad de la eterna primavera, y que había sido desde siempre la ciudad de las mujeres bellas. Y que al sur, Sahira, la ciudad árida de paisaje lunar y de las noches tristes, fue desde tiempos inmemoriales el destino a donde eran exiliadas las mujeres que nacían no-bellas. 

Aurora le contó que cuando llegó a Zulma en busca de su prima Nemah (una joven bordadora de telas, de rasgos bellos y luminosos) la encontró sentada a la rueca, entre telares de hilos dorados como sus ojos. La besó en la frente y charlaron. Nemah le confesó su deseo secreto de visitar Sahira, la ciudad prohibida.

Y fue así como al día siguiente partieron juntas de viaje, ataviadas con largas túnicas para ocultar sus hermosos rostros. Y que llegaron a la noche siguiente..., y que Nemah se desnudó para ducharse en las termas. Que cuando ésta salió no encontró su túnica roja, sino otra de color púrpura, que alguna habitante de Sahira habría confundido en la oscuridad.

Y a partir de entonces y hasta el día de hoy, fue este hecho el causante de que las personas confundamos Belleza con Fealdad, pues sus rostros se ocultan bajo invisibles túnicas equivocadas.


Zena Santana | Diseñadora gráfica y editorial

viernes, 4 de noviembre de 2016

El trabajo de buscar trabajo
Gabriela Pis


 La primera entrevista me supuso un conflicto ético. Acababa de volver a Madrid, y buscaba, como a día de hoy, cualquier empleo para pasar el verano. La cita era en una empresa en el barrio de Chueca dedicada a vender y comprar activos hipotecarios pertenecientes a bancos. Hablando en plata: pisos de los que han sido desahuciadas personas que el banco propietario pone a la venta. El puesto era para trabajar como secretaria de dirección, poco más que atender el teléfono, preparar las reuniones y algún que otro powerpoint. El conflicto ético terminó cuando no volví a recibir noticias sobre mi candidatura la semana siguiente.

La segunda entrevista fue en la calle Goya, donde acudí ante el llamado de una amable señora que me ofrecía un trabajo muy interesante en Correos. Cuando llegué al lugar me encontré una oficina llena de comerciales sentados en mesas colocadas en fila que no paraban de hablar por su micro con auriculares. Lo primero que me sorprendió fue la forma continua de gesticular de todos ellos. Entre estos teleoperadores estaba mi querida Luisa, que me recibió en su mesa. Luisa parecía muy amable y dicharachera cuando habíamos hablado por teléfono: “Venga, vente a las 12, que yo sé que a los jóvenes no os gusta madrugar”, fueron sus palabras exactas. Al segundo minuto de estar sentada frente a ella comprendí que lo que Luisa pretendía era venderme un curso para preparar las oposiciones para trabajar en Correos. La escuché un buen rato y luego salí del paso diciéndole que lo tenía que pensar, y me despedí amablemente. La impresión del momento no me permitió preguntarle por qué se anunciaban en una página de empleo por Internet, o por qué se aprovechaban de la situación actual para vender cursos a la gente. Aún así, no creo que Luisa se hubiera inmutado: ella se gana la vida de esa forma, y seguramente gane más dinero cuantos más cursos “coloque”.

Esa misma tarde me citaron para otra entrevista en una agencia de modelos para trabajar como azafata en un evento (¡qué suerte la mía, dos entrevistas en el mismo día!). Cuando llegué a la agencia en la calle Princesa tuve que esperar en una sala repleta de fotos de modelos y niños de anuncio con aires ochenteros. Delante de mí, una pareja de padres muy jóvenes acudían a intentar introducir a su bebé de apenas un año en el mundo de la publicidad. Llegó mi turno y aquella chica de la que no recuerdo su nombre me empezó a contar la forma de proceder de la agencia: si mis fotos eran seleccionadas me harían un “book” que por un módico precio me catapultaría al mundo de la publicidad, el cine y las promociones en un razonable reparto de beneficios del 80-20%. Intenté explicarle que yo sólo pretendía trabajar como azafata o promotora, que no estaba interesada en ser modelo, ni actriz ni nada por el estilo, pero ella insistió en que el “book” de 180 euros era necesario. De nuevo, el negocio de sacar dinero aprovechándose de la situación laboral. Por supuesto que la guapa y amable chica me llamó una semana después para comunicarme que estaba seleccionada, pero rechacé alegando que no contaba con el dinero para el reportaje fotográfico.
Fue después de una tercera llamada en la que me ofrecían empleo como comercial a cambio de pagar un “precio muy asequible” por un curso de formación cuando comencé a denominar esta modalidad de ofertas de empleo como  “entrevistas-estafa”. 

Las próximas sólo serían ofertas con un reducido salario fijo o a base de comisiones por ventas. Pero también descubrí un nuevo tipo de empresas: los negocios piramidales, entre la secta y el timo. Una amiga en la misma situación de búsqueda de empleo me pasó una oferta muy llamativa: 1.200 euros al mes por trabajar en una campaña de verano vendiendo algún producto que no se especificaba. Las dos recibimos la misma llamada. Su experiencia cabe en otro artículo; en lo que a mí respecta, una mañana recibí una llamada de una señora con un tono y una forma de hablar digna de contestador telefónico. Su voz neutra y mecánica comenzó a explicarme que eran una empresa en expansión, que necesitaban personal para distintos departamentos, y me citaban en su oficina del barrio del Pilar porque el encargado de recursos humanos quería conocerme y ver dónde podía encajar. Fue entonces cuando a través de una amiga me enteré de que se trataba de la empresa que comercializa las (por lo visto famosas) aspiradoras Kirby. Esta empresa ofrece un interesante sueldo mileurista por, en principio, hacer 60 demostraciones al mes de su producto en domicilios particulares. Otro amigo que ya había sido víctima de este peculiar negocio me advirtió de la estafa y me invitó a buscar información en Internet. Fue entonces cuando todo empezó a ponerse interesante: los primeros enlaces eran oficiales, en los que se hablaba de todas las cosas que puede llegar a hacer esta aspiradora a la que sólo le falta llevarte al trabajo. Ya a partir del cuarto enlace aparecían noticias sobre juicios contra encargados de esta empresa, y foros de afectados por esta aspiradora, tanto trabajadores como compradores, que nos aclararon todas las dudas sobre esta compañía.

Después de estos testimonios no llegué ni a acudir a la entrevista, aunque a día de hoy me arrepiento porque este artículo podría ser mucho más interesante, y además habría pasado una mañana poco menos que diferente y divertida. Ya lo aconsejaba un chico en el foro de afectados por este negocio: “Si os llaman, id a la entrevista aunque sea para echaros unas risas. Merece la pena”.

La siguiente entrevista tardó en llegar. Una mañana me llamaron para trabajar como teleoperadora con inglés y acepté acudir a una empresa de trabajo temporal situada en la calle Orense. La entrevista era grupal, éramos tres candidatos de los cuales imagino que alguno de los otros dos serían los afortunados. Yo sólo volví a tener noticias vía mail, en el que me comunicaban que habían descartado mi candidatura. Curiosamente, la siguiente entrevista que tuve era para trabajar para la misma compañía de seguros de coche, esta vez sin necesidad de idioma extranjero. La cita era en un gran “call center” situado en la calle Alcalá, a la altura del metro de Ciudad Lineal. Otros seis candidatos y yo estuvimos esperando media hora en el office del “call center” donde comían y descansaban los empleados: una habitación amplia llena de mesas y sillas de plástico, cuatro neveras y tres máquinas expendedoras de bebidas y comida. Cuando la encargada de recursos humanos vino a buscarnos nos llevó a una sala más reducida con una mesa alrededor de la que nos sentamos y una pizarra blanca. 

La encargada, de la que creo recordar que se llamaba Mónica, comenzó a contarnos la historia y trayectoria de su empresa. Más tarde, y con la experiencia, me di cuenta de que es una práctica repetida por los departamentos de recursos humanos, la de contar la historia de una empresa que suele empezar como un negocio familiar para convertirse “en lo que hoy en día son”. Creo que esta técnica responde a dos objetivos: por un lado, demostrar la solidez de su empresa, y por otro, introducir el paralelismo con nuestra trayectoria profesional que siempre sigue a esta historia. Se identifica el ascenso de la nada al “top ten” del sector con el ascenso que nosotros como trabajadores podemos tener dentro de esa gran empresa: “nuestros directivos también empezaron como comerciales”, estoy cansada de escuchar. La entrevista en sí fue una clásica dinámica en la que el grupo debe ponerse de acuerdo para presentar al consejo de X empresa una propuesta para mejorar los beneficios, en este caso de una marca de agua embotellada. Mis compañeros tenían una media de edad de 40 años, y habían trabajado media vida en diferentes campos. De los seis, finalmente pasamos a la entrevista individual los dos más jóvenes y una señora que tenía bastante experiencia en el mundo del “telemarketing”. Después de la entrevista personal, en la que tuve que vender un bolígrafo a una supuesta clienta de 80 años sin familia que vivía en su huerto (tal cual), nunca más recibí noticias de la empresa.

En la misma semana me citaron para otras dos entrevistas: en una empresa de externalización de servicios para trabajar como promotora y en Inditex. Parecía que un mes y medio de búsqueda intensiva empezaba a dar sus frutos, y ciertamente los dio.

La primera de ellas ofrecía buenas condiciones y la entrevista fue de manual: por qué crees que deberíamos contratarte, experiencia en ventas, cuáles son tus hobbies… Cristina, la encargada de recursos humanos que me recibió esta vez, llevó a cabo por supuesto la inicial presentación de su empresa, de la que hizo mucho hincapié en su continuo crecimiento, su expansión por Latinoamérica y, de nuevo, los inicios de sus directivos que “empezaron como tú, de comerciales”.  Me fui contenta porque sería un buen trabajo teniendo en cuenta las otras experiencias, pero ya cansada de ir de dinámica en dinámica, de explicarle a desconocidas por qué deberían contratarme, de ver a las personas de mi alrededor haciendo malabares con su sueldo y con su vida. 

Al día siguiente acudí interesada a Inditex. Interesada, porque, dentro de la precariedad laboral en la que me veía sumida, parece como si la casa de Amancio diera cierta clase: no se por que extraña razón la gente se toma de otra manera cuando trabajas para Zara que cuando vendes seguros por teléfono. El caso es que me presenté a las 9:45 de la mañana en las oficinas centrales de Inditex en el Paseo de la Castellana, y cual fue mi sorpresa cuando al entrar los citados éramos alrededor de treinta. Una vez sentados en una de las salas separadas del resto por paredes de cristal, con sillas con mesa plegable y proyector a semejanza de una clase, nos dieron un formulario para rellenar sobre nuestra experiencia, disponibilidad, etc. Y proyectaron un video que sustituyó al clásico discurso inicial de la trayectoria de la compañía, muy étnico y cosmopolita, con personas de todo el mundo luciendo las prendas de la marca del gallego. Después, deprisa, porque son Inditex y tienen muchas cosas que hacer supongo, nos pasaban a otra de las salas con una responsable de recursos humanos para realizar una entrevista relámpago en la que respondí las mismas preguntas que había contestado en el formulario. Me marché desorientada y nunca he vuelto a saber nada de Inditex.

Ante este panorama me decanté por buscar trabajo en cualquier cosa, sí, cualquier cosa: he enviado curriculums a ofertas de secretaria, recepcionista, dependienta, ayudante de cocina, limpiadora, comercial… Y tras cinco años de carrera, uno y medio de máster, idiomas, carné de conducir, total disponibilidad horaria, posibilidad de incorporación inmediata y equilibrio con mi karma, si todo sale bien trabajaré vendiendo tarjetas de un banco en el intercambiador de la estación de metro de Sol. 




 Gabriela Pis | Periodista




martes, 25 de octubre de 2016

El último dumpling Marina Camacho


    Ahora que te necesito tengo tanto miedo a perderte. Esto es tan nuevo, tan raro. Es tan bueno que me aterroriza. Nunca me imaginé siendo así. La soledad me sentaba bien, me sentía segura en ella. Cuando te vayas voy a tener que aprenderlo todo de nuevo. Do you love me? o do you want me? En inglés son dos cosas muy distintas pero en castellano solo tienen un verbo: querer. Cuánto espacio a equivocación. ¿Cuándo te cansarás de mí? ¿Soy solo una crisis? ¿Me querrías si no tuviera esta forma? Es curioso, podría darte mi vida para que me la cuidaras y al mismo tiempo te considero un futuro traidor. Pero tú me lo dijiste; me romperás el corazón. Y se me olvida cuando estamos así, el uno enfrente del otro, rozando nuestros dedos por encima de la mesa. Tú preguntándote dónde vas a tomar tu café hoy y yo aquí, invisible. Y sé que si separo mi mano de la tuya me mirarás buscando una respuesta. Y yo me derretiré.

    Contigo soy otra persona. Dejo de ser la que era y no sé si soy esta o la otra.
Contigo soy una perdedora, no me sirve de nada todo lo que he hecho hasta ahora. ¿Por qué es tan fácil olvidar los principios cuando se siente esto? Haz conmigo lo que quieras, vísteme como más te guste, pon mi mano en tu lugar favorito o dímelo y lo haré todo. Y cómete el último dumpling, si quieres.



Marina CamachoComunicadora

viernes, 21 de octubre de 2016

Que tenga un buen día
María Dorado




Las nueve de la noche de un veinte de agosto y el supermercado está a punto de cerrar, pero todavía queda algún que otro cliente sin prisa, como yo… Al fondo, en los lácteos, una señora mayor con un cardado ostentoso coge un brik de leche para el resto del mes y parte de septiembre. Una rubia treintañera, con un naranja en la piel bastante preocupante de haberse hinchado a rayos uva durante todo el verano, charla con su pareja sobre la hora a la que saldrían el viernes de casa para llegar al aeropuerto y coger el vuelo a Ibiza. Todo esto lo cuenta en alto por los pasillos mirando al personal en lugar de a su novio, que ya ves tú lo que me importa a mí…

Realmente me da pena por el dineral que se ha dejado en rayos uva cuando va a tener rayos de sol gratis en la playa durante semanas. Cosas que hace la gente de Madrid que yo nunca entenderé.

Aparte de estas personas tan peculiares, hay un chico un tanto misterioso de unos veintisiete años paseando sin rumbo. Sin mirar las estanterías ni los productos, realmente parece estar haciendo tiempo o esperando a alguien. No deja de mirar la caja donde un chico joven pasa los artículos con total mesura y tranquilidad, como si no fuera viernes por la noche. "Aquí tiene su cambio señora. Que tenga un buen día”. Quizá le está esperando a él o a la cajera de al lado. 

Todo es muy raro. Ese juego de miradas parece sacado de una película de mafiosos. Además, el chico misterioso se guarda algo en la espalda. Un momento, ¿igual ha robado algo y quiere irse sin pagar? Por eso mira tanto a los cajeros. Para en el mínimo descuido salir corriendo… ¡No puede ser! 

De repente llega más gente a la fila. Una pareja con un carro lleno de botes de conservas y refrescos, como si se estuvieran preparando para el apocalipsis zombi y tuvieran un refugio bajo su casa con estanterías llenas de víveres y utensilios de supervivencia. 

El chico misterioso continúa metros atrás sin ponerse todavía en ninguna fila. Cada vez está más nervioso y su color de piel empieza a rozar el de la treintañera de los rayos uva. Algo así como si tuviera prisa pero tampoco hiciera nada por querer salir antes. El cajero le mira confundido. ¡Bien, se ha dado cuenta! Ya no soy la única que se ha percatado de la situación.

El muchacho misterioso, tras unos minutos pensativo, mira su reloj, suspira y se coloca finalmente en una de las cajas. Perfecto. En este momento descarto la opción de robo. Decide ponerse detrás de la pareja del apocalipsis zombi. Mala elección amigo, porque entre la parsimonia del cajero y la tonelada y media de latas de sardinas y mejillones, al menos te esperan diez minutos largos.

En este momento, la mujer de las latas se gira y al ver que el muchacho no lleva carro y solo porta un artículo en sus manos, el cual sigue escondiendo en su espalda, le ofrece amablemente que se coloque delante para que no tenga que esperar. " Pase si quiere, que sólo lleva eso” El chico sonríe jovial y le agradece su amabilidad. “¡Gracias!”. Al final va a ser majo y todo.

Llega el momento de cobrarle. El muchacho mira fijamente al cajero y saca el artículo que lleva escondido. 

"¿Solo quiere esto?" —pregunta sin un ápice de sorpresa—. “Sí, nada más”. —Ríe nervioso el muchacho—. Entre tanto misterio, levanto la mirada desde mi fila, me muero por saber qué ha comprado, qué es lo que le provoca esa subida de tensión y, evidentemente, no falla... No sé por qué comprar una caja de preservativos sigue siendo tan caótico en pleno siglo XXI. 


“Que tenga un buen día”.



María Dorado Guionista, Redactora y Foto-reportera 

El hombre del piano
María Gallego



Hay veces que sientes la necesidad de relatar un acontecimiento de tu vida. Ni siquiera importa si en el otro lado hay alguien preparado para escuchar. Tú quieres contarlo. Compartirlo con la esperanza de que, al entregar la historia a otro, ésta pierda peso y ya no cueste tanto cargar con ella. 

No siempre sucede que, al contarlo, te liberas. A veces revivirlo desentierra de nuevo ese dolor que tratas de adormecer con la rutina del día a día. Sea como fuere esta vez no voy a contarlo. Voy a utilizar el recurso de las letras y la trascendencia que ellas otorgan. 

Esta mañana me he levantado  como lo llevo haciendo las últimas semanas. Hundida. Destrozada al comprobar que su lado del armario sigue vacío. No he sido capaz de mover las perchas y ocupar el sitio que le correspondía: su sitio en el armario, en la cama, su cajón en el baño,  su silla del comedor. Tampoco he dejado que nadie se siente en su lado del sofá, que todavía conserva su forma. 

La ropa y los zapatos han desaparecido. Se los ha llevado mi hermana porque según ella recrearme con su olor acabará volviéndome loca. No me importa en absoluto volverme loca si con ello consigo traspasar las puertas de esta vacía y angustiosa realidad. Y puedo volver a verle, tocarle, hablar con él de la vida o de lo caro que se ha puesto el pan. Porque, a pesar de que todos le admiraban por su virtuosismo con el piano, yo le amaba profundamente por lo terrenal y mundano, por la escasez de pelo que empezaba a tener en la coronilla y que me encantaba acariciar durante horas mientras él ensayaba y yo me sentaba a su lado. Era capaz de soportar mi peso mientras las manos se deslizaban con delicadeza por las teclas. Era capaz de posponer un concierto  por quedarse a mi lado para pasar una engorrosa gripe. Era capaz de amarme con intensidad de una manera salvaje o con infinita dulzura

«Cariño, esta noche traigo yo la cena. Te quiero» Esas fueron las últimas palabras. Es curioso pero si supiéramos que son las últimas palabras que vamos a decirle a alguien, ¿qué diríamos? Las mías hubieran sido: «Gracias. Gracias por darle sentido a mis días. Gracias por hacerme tan feliz»

Cogió su mochila cargada de partituras llenas de borrones que tan solo él sabía interpretar. Corrió hacia la parada del autobús y no tuvo tiempo de esquivar el coche que invadió la acera de repente.

Una llamada. Un desconocido que tiene el poder de cambiar tu vida para siempre. Billetes que cancelar. Citas con el dentista, llamadas de homenajes, documentales, conciertos inéditos, grabaciones a medias que desconoces. Funerales. 

Y yo… Yo solo quiero regresar a aquel maravilloso día en el que caminaba hacia el trabajo y, en la puerta del conservatorio, un hombre sentado en un piano tocaba una maravillosa melodía que hizo que parara a escuchar sin importar nada más. Hasta que me miró y me regaló una sonrisa. Supe que sería para mí, para siempre. No conté con que ese para siempre tenía caducidad. Y era terriblemente corta. 






María Gallego | Escritora

lunes, 10 de octubre de 2016

Palabras que cortan la respiración
Patricia Vázquez



Hacía 7 años que no se veían. Siete años en los que ambos habían tenido tiempo de madurar. Se subió al avión y esperó a que despegara.

Él se levantó temprano. Se había acostado tarde la noche anterior, pero no podía esperar más. Faltaban aún 6 horas para que su avión aterrizase y le parecía una eternidad. Estaba ansioso por verla. La última vez que lo hizo sentía un profundo amor por aquella muchacha tímida que se había dejado envolver por sus caricias y sus abrazos. ¡Qué diferente habría sido todo si el destino se hubiera fijado un poco más en ellos! Ahora era distinto. Eran amigos. Y entonces, ¿por qué estaba tan nervioso? Sentía una sensación extraña en el estómago. ¿Volvería a sentir por ella lo mismo que tanto tiempo atrás?¿Y ella?¿Qué pensaría después de tantos años? Sólo había una manera de saberlo y no perdería ni un segundo en comprobarlo. Ya habían perdido muchos años y ella iba a pasar poco tiempo junto a él. Esa misma noche se lanzaría.

¿Sería diferente esta vez? No podía concentrarse en el libro que estaba leyendo. Era superior a sus fuerzas. En los últimos 7 años poco o nada había sabido de aquel muchacho que le había robado un trocito de su corazón. ¿Había estado realmente enamorada de él? ¿O sólo se había dejado llevar por sus abrazos, sus caricias, la dulzura de su mirada o su voz? Tenía que reconocer que ella se dejaba querer y, a veces, fingía sus sentimientos. Había aprendido a mirar dulcemente demostrando amor y era lo suficientemente cariñosa como para que los chicos creyesen que estaba enamorada. Sólo ella sabía si era así, ¿o no? Ya apenas si recordaba lo que sentía por aquel muchacho que la hizo reír después de su ruptura con el que consideraba el amor de su vida. Casi un año después se habían conocido en persona durante un par de días. Poco tiempo para conocer bien a una persona y mucho menos para enamorarse de él. Pero pasados esos días él no había tardado en decirle que la quería y ella había sentido que también lo quería un poquito. ¡El libro! No era capaz de concentrarse. Había hecho la promesa a su amiga de que lo terminaría antes de volver y no había avanzado mucho durante la primera parte de su viaje. ¿Sentiría él lo mismo? ¿Cómo sería ese primer momento en el que se vieran? ¿La reconocería? ¿Lo encontraría cambiado? Claro que se habían visto por fotos, pero no era lo mismo. ¿Pensaría que había hecho una locura al invitarla? Y ella, ¿realmente no estaba un poco loca por haber organizado ese viaje?

¿Por qué habría venido?¿Será posible qué...? «Venga, hombre, deja de soñar despierto», se recriminó sólo en su casa. Había hecho ya todas las gestiones que tenía que hacer y estaba esperando. En realidad, se había abandonado de nuevo en su cama sólo con una cosa en la cabeza. Si conectarían como el primer día que se vieron. Recordó entonces aquella primera vez. Estaba nervioso tanto o más que ahora. Habían hablado mucho por teléfono, pero no se habían visto nunca. Fue un momento decisivo y muy emotivo, aunque más emotivo fue cuando se marchó. ¡Qué sensación de vacío le dejó! Ahora no quería que pasara lo mismo, pero sabía que iba a ser incapaz de conseguirlo. Ella siempre dejaba esa sensación. Era la mujer perfecta, al menos para él, risueña, cariñosa, simpática y guapa. ¡Ay, si no fuera por la distancia que los separaba! Cerró los ojos y se durmió pensando en ella.

Ya lo intentamos una vez y no funcionó. ¿Por qué habría de hacerlo ahora? ¡Peor! ¿Por qué estaba pensando en ello? Eran amigos. A-MI-GOS. Se lo tuvo que repetir y casi le da un ataque de risa en mitad del avión. «Bueno -pensó- creerán que es por algo que estoy leyendo», y no pudo evitar volver a sonreír. No sabía por qué pero durante las últimas semanas había vuelto a sonreír gracias a él, a sus conversaciones interminables. Nunca sabían cuándo dejar de hablar. Desde el principio fue como si se conocieran de toda la vida. ¡Ay, ese principio! Ella había tenido dos relaciones sentimentales y ninguna había sido precisamente “idílica”, así que ya no esperada nada de los del género opuesto. Se limitaba a pasar el rato con ellos y divertirse pensando en sus defectos. Aunque tenía que reconocer que no todos eran malos o, por lo menos, tenían algunas características que los podían convertir en una posible pareja estable. Pero en su interior seguía demasiado enfadada con sus ex como para centrarse en alguien más. Sin embargo, y quizás por cómo se conocieron, había alguien con quien no le importaba pasarse hasta las 3 de la madrugada chateando. No había sexo ni amor ni nada que lo pudiera complicar; sólo charlas interminables pero que se hacían cortas. Lo conoció poco después de que su segundo novio la dejara. Era uno de esos momentos en los que te apoyas en tus amigas y en el chocolate, pero que no consigues recuperar la sonrisa. Así que su amiga le retó a conectarse al chat y reírse de los chicos que conocieran. Lo estaban pasando bien, risueñas, divertidas, cuando un mensaje saltó en la pantalla “creo que me estás buscando”. Aún no entendía qué fue lo que me llamó la atención para tratar a este chico de manera diferente e, incluso, llegar a darle su dirección de correo electrónico personal para poder hablar en privado. Suponía que le había hecho gracia su comentario -que era más perspicaz que el del resto del personal de la sala de chat que sólo sabía decir sandeces-, o quizás fue la curiosidad por saber quién tenía el ego tan alto, pero allí estaba sintiéndome atraída por una conversación con alguien al que no le había visto la cara. Así pasaron muchos meses hasta que un día él le mandó una fotografía. No era lo que ella había imaginado. Era un tío normal, fuerte, atractivo. No tenía joroba ni era bizco ni era feo. Por la foto tampoco podía decir que fuera el chico más guapo del planeta, pero no estaba mal. ¡Je! Volvía a reír en el avión y ya estaba casi llegando. Tenía que levantarse, entrar en el baño y arreglarse para que él que la viera perfecta y radiante.

Hace 7 años. En las mismas fechas. Carnavales. Ella iba a visitar a una amiga y le hizo la proposición de que hiciera una parada en su isla para pasar unos días juntos. En las noches de conversaciones interminables no hacía más que decirle que no podía esperar más a verla, que necesitaba abrazarla y sentirla su piel. Le había contado que estaba desencantada con los hombres, pero él parecía que había conseguido subirle la estima. Se lo merecía. Ella era dulce y divertida. Le inspiraba ternura y estaba llegando a ¿enamorarse? En eso pensaba mientras planeaba esos tres días. Se acordaba como si fuera ayer. El hotel, ¿camas separadas o juntas? El spa, la playa... todo tenía que salir perfecto. Sólo quería conocerla en persona, pero lo cierto era que estaba demasiado enganchado como para que no pasara nada entre ellos.

Me recogió en el aeropuerto y tras los nervios iniciales de la presentación, parecía que nos conocíamos de media vida. Él quería que saliera todo perfecto, así que lo planeó de tal manera para que yo no tuviera un minuto libre para pensar en lo que estaba pasando. No me puedo quejar de cómo me trató, de dónde me llevó o de cómo pasó, simplemente me dejé arrastrar en el terreno desconocido en el que acababa de entrar. Podría echarle la culpa al ambiente cálido que se vivía en la isla o al acento de mi acompañante o a lo protegida que me sentía entre sus brazos, ¿qué sé yo? Lo importante es que la primera noche asomados al balcón del hotel y con la luna llena como testigo, nos acostamos. Hasta entonces no habíamos tenido más roce que el de los dos besos al saludarnos en el aeropuerto. Aún puedo sentir el cálido beso en el cuello que siguió al abrazo y los continuos cosquilleos en el estómago que me tenían atontada. A eso siguió un par de besos más por el cuello, caricias y un bonito paseo por sus labios hasta que acabamos en la cama. Nunca tuve oportunidad de preguntarle qué fue lo que pensó en esos momentos porque me dominaba la vergüenza. Jamás me había acostado con alguien la primera vez que lo conocía. No fue un polvo salvaje, allí había pasión, por supuesto, pero también amor y cariño. Era como si lleváramos haciéndolo juntos toda la vida. Después dormimos juntos y abrazados y a la mañana siguiente fue como si lo que pasó entre nosotros no hubiera existido. Él estaba tan turbado y expectante como yo. ¿Qué sería de nosotros a partir de ese momento? Yo no tenía el valor suficiente de preguntárselo y él tampoco se sentía con fuerzas para hablar del tema. El último día en el aeropuerto, él se derrumbó “No quiero que te vayas”, me dijo. ¿Qué le iba a decir yo? ¿Qué también me pasaba lo mismo? ¿Qué él me había hecho replantearme muchas cosas sobre los hombres? ¿Qué habíamos jugado con fuego y que íbamos a acabar quemándonos? Tendría que haber zanjado el tema allí mismo, pero era incapaz. Me sentía tan a gusto con él que no me imaginaba teniendo que dejarlo porque nos separaban unos kilómetros. Sabía que era muy difícil, pero se podía intentar.


¿Por qué no luché más por ella?¿Por qué la dejé escapar?¿Por qué, por qué, por qué? Era todo lo que pasaba por su mente. Muchos porqués para lo que él estaba acostumbrado. No solía hacerse muchas preguntas. Actuaba y punto. Pero con ella era distinto. ¡Qué pena que no hubiera sido más fuerte para retenerla entre sus brazos! Hoy la vida le brindaba una segunda oportunidad y no quería desaprovecharla. Aunque le costara tener que abandonarlo todo. Su vida, su trabajo, sus amigos, su familia. No la abandonaría y la seguiría hasta el fin del mundo si hiciera falta.

Hacía menos de dos meses de su primer viaje y ya estaba recogiéndolo en el aeropuerto y buscándole alojamiento en su ciudad. Puedo decir que fue una semana muy bonita. Visitaron casi todo lo visitable entre abrazos, besos y caricias. Pero, como todo lo bueno, se acabó pronto. Él volvió a su tierra, yo me quedé entre los recuerdos de las calles y los lugares por donde habíamos paseado, y, a los meses de desesperación por no poder estar juntos, decidimos que lo mejor era continuar por caminos separados.

Sonó su despertador y un nudo volvió a pararse en su garganta. Casi no podía respirar de lo nervioso que estaba. Quedaban minutos para volverla a ver. ¿Y si finalmente no hubiera cogido el vuelo? Un terror extraño le invadió el cuerpo y desechó esa idea de su mente. Se puso sus mejores vaqueros y se cambió tres o cuatro veces de camisa. Quería estar guapo, pero dejar entrever que el hecho de volver a verla no era tan importante. No quería dar la sensación de que había estado esperando ese momento durante los últimos 7 años. Y todo a pesar de que él había estado con otras mujeres. Y otra duda surgió en su cabeza. ¿Y si ella no sintiera la misma emoción?¿Y si su viaje sólo fuera para desconectar? Acababa de dejar a su novio. Sería normal si no quisiera nada con él. Otra vez se apoderaba de él ese estremecimiento que le recorría desde la punta del pie a la base del cuello.

Click! Acababa de abrocharse el cinturón de seguridad. Eso significaba que estaban aterrizando. A punto de volver a verlo. A punto de volver a sentir lo mismo que hacía 7 años cuando lo vi por última vez. No había duda de que algo de aquel amor tan intenso quedaba en algún rinconcito de mi corazón y que ahora estaba surgiendo de nuevo. Apagué mi e-book y traté de tranquilizarme. Respiré profundamente. Uno, dos, tres...

“¡Mira, ahí está el avión!”. Un niño sentado a su lado rompió sus pensamientos. Ahora sí que no había vuelta a atrás. Tenía que jugar todas sus cartas en ese momento y no sabía si sería capaz de mantener la compostura. Le temblaban las rodillas y no hacía más que juguetear con la llave del coche como si fuera algo que pudiera predecirle el futuro. ¿El futuro?¿Qué lejos y qué cerca parecía? Tenía la impresión de que toda su vida dependía de ese momento en el que ella apareciera por la puerta de embarque. Se levantó y justo en ese momento ella apareció. Guapa, segura de sí misma, más delgada, más bonita. Tan igual y tan distinta a hace años. En ese momento lo supo. Se acercó.

«Allí está», se dijo presa de un nuevo ataque de risa. «No te rías», se increpó, «pareces una chiquilla emocionada ante unos zapatos nuevos». Volvió a reírse en su interior. Le saludó con la mano y le ofreció su mejor sonrisa. Y se acercó a él.

Y en ese momento supo qué era lo que le estaba impidiendo respirar. Unas palabras que surgieron de su garganta casi sin poder retenerlas. No quería retenerlas más tiempo. Estaban abrazados, una lágrima brotó de los ojos de ella y él sólo podía decir “Te quiero”.

FIN.



 Patricia Vázquez  | Periodista




jueves, 29 de septiembre de 2016

El miedo a perder - Maite Salmerón


Durante algo más de treinta años de lectura, una frase se ha grabado como ninguna otra en mi mollera. Por no decir que es la única en pie en una mente sin monumentos, aunque también sin escombros. La frase es de William James, hermano del famoso novelista, y forma parte de una serie de conferencias que el filósofo estadounidense pronunció cuando yo aún no había nacido. En realidad, un estudio de la naturaleza humana. En ella, James afirma que el temor a la pobreza que prevalece entre las clases altas es la enfermedad moral más grave que padece nuestra civilización. Sin duda, se refería a aquellos que, disfrutando de mucho, incluso en exceso, no conciben perder lo más mínimo; y no a quienes tienen serios problemas para llegar a fin de mes, haciendo cuentas como quien baila sobre un alambre, ni a quienes son víctimas de un desalojo o apenas pueden comer. Yo he vivido las tres últimas situaciones. Hace aún más tiempo, más o menos, esos treinta años, cada vez menos ávida, cada vez más sosegada, tuve un sueño que tampoco he podido olvidar. Soñé que era pobre, pero pobre de solemnidad. 

Vivía en el subsuelo, en la red del alcantarillado, con mucha ropa encima. En el sueño me alimentaba de palomitas de girasol que mis compinches y yo freíamos en bidones llenos de aceite requete usado. Me desperté justo en el momento en que pescaba varias palomitas quemadas con la ayuda de una espumadera roñosa de mango muy largo. Y la sensación de fuerza que me dio pensar que, incluso así, podría vivir, me acompaña desde entonces como un escudo.


 Maite Salmerón | Escritora

lunes, 26 de septiembre de 2016

Espera infinita
Sandra Bermejo


Siempre llevaba sombrero. Leía a Bukowski y escuchaba Marea. Vivía esperando, pero como aquellos que no saben qué esperan. Se perdía en los bares buscando respuestas, perseguía atardeceres y solo dormía bien cuando había luna llena. 

Parecía un día cualquiera, de hecho, todo apuntaba a que sería uno de esos que cuando acaban tachas en el calendario y entierras en tu memoria. Odiaba esos días, casi tanto, como no saber qué decir.

Cuando se despertó la luz ya entraba en la habitación, filtrándose por las lamas de la persiana que nunca bajaba del todo. Le gustaba amanecer con el día, saltar de la cama y hacer girar en su tocadiscos cualquier vinilo de Dylan, tan alto como se lo permitiesen sus vecinos. Solía bailar mientras se repetía que la vida era maravillosa, pero, en realidad, nunca terminaba de creérselo, porque no podía parar de pensar en que tenía que haber algo más, que la vida no podía ser solo eso. Algo se le estaba escapando, pero no sabía qué. Había algo que todavía no le habían enseñado, algo que tenía que aprender… Y lo peor de todo, es que estaba convencida de que la clave de la felicidad se encontraba precisamente ahí. 

Por eso, todas las noches salía al jardín y miraba las estrellas mientras mil preguntas rondaban por su cabeza. A menudo pensaba que se había equivocado de mundo, que había habido un error, que en realidad se encontraba a cientos de millones de kilómetros de su hogar y que por eso se sentía tan fuera de lugar. 

Esa noche, cuando volvió a casa después de pasar la tarde con su amiga Sofía, salió a la oscura intemperie y maldijo interiormente a las musas por haberle abandonado. No había conseguido escribir ni una sola página nueva para su libro en todo el día. Además, había discutido con Álvaro, otra vez, por los mismos motivos de siempre: él quería una vida con ella, y ella quería el mundo. Cosas que para muchos no son incompatibles, pero que para ellos sí que lo eran.

Se tumbó boca arriba en el césped y miró al cielo implorando a algún dios que le mandase una señal. Quería volar su vida por los aires y marcharse lejos, a cualquier otra parte. Creía que esa era la solución para todos sus problemas. 

Se le estaban empezando a cerrar los ojos cuando, de pronto, escuchó una voz al otro lado del jardín. Se levantó y se dirigió hacia allí atraída por la familiaridad de lo que estaba oyendo. Estaba muy oscuro y no veía nada, pero ahora que estaba más cerca, le resultaba inconfundible, estaban tarareando su canción favorita y era… era… ¡su propia voz! 

“No puede ser”, pensó, pero le pudo la curiosidad más que el miedo y sin pensárselo dos veces preguntó: -¿Quién eres? -y tras unos segundos que parecieron eternos, la voz respondió: -Por fin. Llevo 25 años esperando a que me lo preguntes. -Perdona, pero no te entiendo… -respondió ella. Y antes de que pudiese acabar la frase la voz le interrumpió diciéndole: -No, claro. Claro que no me entiendes, no entiendes nada. No sabes quién eres, ni qué quieres. Te has pasado la vida entera buscando, creyendo que lo mejor está por venir, que tiene que haber algo más, que este mundo no es para ti. Quieres volar tu vida por los aires y romper con todo. ¿De verdad crees que es la solución? ¿Huir a otro país? Adelante, ¿Y luego qué? -hizo una pausa y se produjo un silencio que cortaba el aire- ¿De verdad no lo ves? -prosiguió- Podrías cambiarte de planeta y probablemente seguirías sintiéndote de la misma manera. Parece más bien una cuestión de actitud. Supongo que la magia que buscas existe, pero, quizás, haya que crearla. Puedes hacerlo o puedes esperar sentada a que pase. Pero es muy difícil mirar al hoy, si solo tienes ojos para mañana. Y probablemente, eso sea parte de lo que te pasa. Vives esperando, convencida de que vivir es esperar, pero ni siquiera te has planteado que, igual, la vida es lo que haces mientras esperas.

Su propia voz seguía hablándole. Todo era tan surrealista que no podía parar de pensar en que a Dalí le hubiese encantado plasmar ese momento. La voz continuó enumerando las definiciones de esperar: -Esperar -dijo- “tener esperanza de conseguir lo que se desea”, “creer que ha de suceder algo especialmente favorable”, “desear que algo ocurra”, “permanecer en un sitio donde se cree que ha de ir alguien o en donde se presume que ha de ocurrir algo”, “no comenzar a actuar hasta que suceda algo”. Dime –le dijo su propia voz- ¿A qué estás esperando? ¿A qué se te pase la vida? Puede ser que necesitas un cambio, pero creo que no es un cambio de mundo, ni de planeta, tal vez se trate solo de un cambio de actitud. Igual si pruebas a centrarte en el presente, y disfrutar del momento, intentando no pensar tanto y viviendo más, a lo mejor todas tus preguntas empiezan a responderse solas. Y si alguna vez sientes la necesidad de buscar, en vez de buscar fuera, prueba a buscar dentro de ti, puede que todo lo que necesites esté ahí. 

Dicho esto, la voz se esfumó, y ella se quedó sola bajo un cielo al que miraba con unos ojos que jamás habían visto tantas estrellas.



 Sandra Bermejo Psicóloga 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Un grito de amor
Beatriz Rodríguez



El alcance mundial del aria  “Oh mio babbino caro”  de Giacomo Puccini no sorprende, dado el magnetismo emocional de la melodía hacia quien la escucha. Sin embargo, ¿qué sentido tienen esas palabras en italiano que tanto conmueven sin conocer el argumento?

Para enmarcar esta composición tan pasional se debe recurrir a su origen. El  personaje que dio nombre a la óperaGianni Schicchi” a la que pertenece dicha aria,  había aparecido mencionado por  Dante en el “Infierno” de la Divina Comedia. Se trata de un hombre real que vivió en la Florencia del siglo XIII, una ciudad idílica que se corresponde con el carácter sentimental y retórico del italiano y por consiguiente,  se convierte en el escenario perfecto para la obra del famoso compositor toscano. 

La ópera cómica italiana, “Gianni Schicchi” es la tercera obra de “El tríptico”, las tres con alusiones a la Divina Comedia. La trama gira en torno a los conflictos generados por un testamento y el deseo de unos jóvenes de contraer matrimonio pese a la oposición familiar. Esta súplica desgarradora por alcanzarlo está reproducida en la tan célebre aria nombrada anteriormente. Una historia de ambiciones desencadenadas por una herencia familiar, cuyos personajes están disconformes con que el legado sea para una comunidad monástica. El protagonista, Gianni Schicchi, hará todo lo posible por conseguirlo, incluso suplantar una identidad para modificar el testamento. Paralelamente, están Rinuccio y Lauretta, hija de Gianni Schicchi, que son el claro ejemplo de la victoria del amor frente a la avaricia. 

Uno de los biógrafos de Puccini se refirió a sus óperas como un “grito de amor”. No podrían haberse utilizado palabras tan apropiadas para definirlas. Solo una vez oído podemos entender cómo su efecto llega alcanzar el alma del público.














miércoles, 21 de septiembre de 2016

El miedo
Tania Gallardo


“Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos” 

Martha Medeiros. 

¿No eres capaz de dejar ese trabajo que tan infeliz te hace? ¿No eres capaz de perseguir un sueño? ¿No eres capaz de escuchar a tu corazón? Te voy a decir quién es el causante de todo eso que no te permite avanzar, el miedo, sí, ese sentimiento que condiciona nuestras vidas, que nos bloquea, ese límite mental que no nos deja avanzar y que a veces incluso puede llegar a dominarnos. Por no hablar de los numerosos cambios que puede producir en nuestro cuerpo, llegando incluso a aumentar nuestra tensión arterial, la velocidad de nuestro metabolismo, la glucosa de nuestra sangre, nuestra adrenalina y nuestra tensión muscular. 

Sabíais que el miedo comenzó siendo algo positivo en las sociedades prehistóricas, este sentimiento colaboraba ya en la supervivencia de la especie, alertando de posibles amenazas y peligros. Pero los miedos se han ido multiplicando, cada vez son más y más los miedos que giran en torno a nuestras vidas, miedos que no necesariamente hemos creado nosotros mismos, sino miedos que nos han ido inculcando con los años, hablo de supersticiones, hablo de las políticas autoritarias, hablo incluso de la propia religión. 

¿Pero miedo a qué o a quién? A lo desconocido, a todo aquello que nos empuja fuera de nuestra zona de confort, miedo a todo cambio que modifique nuestra situación de control actual. A los seres humanos no les gusta por lo general las situaciones descontroladas, los cambios, las novedades. Pero, ¿qué es la vida sino una sucesión de cambios que nos hacen avanzar y crecer? Voltea la mesa si no estás feliz en el trabajo, arriésgalo todo por un sueño, date el placer de luchar por lo que te gusta, deja la sensatez a un lado y escucha tu corazón, él sabe gritar, solo tienes que escucharlo.




Tania Gallardo Hernández|Comunicadora