lunes, 31 de agosto de 2015

Una dieta variada
Elena Gromaz




¿Por qué todas las dietas tienen en sus platos ingredientes diferentes cada día?

Pongo como ejemplo los desayunos de esta dieta que he encontrado navegando por Internet:

Lunes: Leche con malta y miel, tostada con mantequilla y zumo natural. Martes: Leche de soja con azúcar moreno y magdalena integral. Miércoles: Yogur con cereales integrales y fresas. Y así cada día algo distinto.

De esta manera, completas la semana sin repetir ningún alimento. Qué rico, ¿verdad? Posiblemente pienses que es estupendo variar.

No te cansas, ni se te hace monótono llevar una dieta saludable.

Ahora que se acaba el verano algunos, casi como siempre, nos llevamos (me uno a las estadísticas) unos kilos de más. Algo que se repite en los días de fiestas y celebraciones.

Volvemos a casa, a nuestras vidas y rutinas diarias.

Niños al cole. Primeros días de fábrica, oficina, tienda o en nuestra propia casa.

Comienza una nueva etapa allá donde estemos.

Llega Septiembre. Es un mes de nuevos propósitos. Similar al año nuevo. Decides empezar a renovar, tirar, recoger, reciclar y cambiar.

Empezarás mirándote en el espejo y  frases como esta  pasaran por tu cabeza:

- ¡Vaya, qué morenita estoy! -Exclamas presumida. - ¡Mira qué pelo! Tengo que ir a que me lo arreglen. Después de tanto sol y mar parece el de una sirena varada.

Hasta aquí todo aceptable. Te pesas y...

Ahora lo liviano se ha vuelto un peso aplastante: el tuyo.

Dos, tres o cuatro kilos de más. El fin del mundo. No te cabe el uniforme, y no porque hayas crecido como tus hijos.

No te pasan los vaqueros por la cadera y las camisetas parecen de tu amiga finísima que parece un palo: "la palo". La cual por más que coma, no engorda un gramo y es que dice que tiene estrés.

Entonces piensas: ¡Yo sí que estoy estresada ahora, que la báscula me acaba de dar el día! ... Y así puede ser el inicio de lo que viene a ser el regreso de las vacaciones.

La vuelta a casa empieza con incluir un elemento más a la lista de tareas pendientes: los ingredientes para una buena alimentación. Por supuesto, te has informado. Has leído mucho.

Estás documentada y escoges una dieta equilibrada y pensada especialmente para ti, la de tu prima "La flaca", que junto a la de "la palo", esta vez sí que consigues quedarte igualita que ellas.

Resuelves: "Como tengo el estrés post vacacional, en una semana, ya estoy lista".

En esta dieta, elaborada concienzudamente por profesionales, cada día es diferente. Claro, si no, es más fácil de abandonar.

Cuando vas al súper a hacer la compra, descubres que entre champiñones, verduras, productos integrales, más verduras y delicatesen dietéticos varios, se te va la mitad del presupuesto de la vuelta al cole. (De ahí  mi indignación por la variedad de alimentos en los platos).

¿Será preciso comer algas con espaguetis el martes, escarola con tomates y pasta integral el miércoles y sorpresas de desayunos diarios? ¿No es más sencillo lechuguita con tomate y pepino de toda la vida con lo que sea, sin aceite ni pan, todos los días?

Finalmente, tomas una decisión: de la dieta, harás todos los días el martes.

Se lo comentas a tu prima para que se lo estudie y ya, si eso, que te la adapte a tu gusto.

Porque, claro, eso de tener tanto estrés da una pereza...


Elena Gromaz


Elena Gromaz | Escritora e Ilustradora


jueves, 27 de agosto de 2015

Dame una sonrisa
María de la Cruz Rubio




  La sonrisa es una característica innata en los humanos, no se aprende. Los niños ciegos sonríen, las personas invidentes de nacimiento manejan los gestos faciales de manera similar a los videntes. Todas las culturas de todos los tiempos tienen la sonrisa como un gesto de placer y disfrute, como un elemento de cohesión social y una forma de acercamiento a los demás.

¿Pero es la sonrisa exclusivamente humana? La mayoría de los animales ni ríe ni llora ni sonríe como lo hace un humano. Es más, si un animal enseña los dientes como sonriendo, probablemente está amenazando al que tiene enfrente. Hay algunas excepciones. Los chimpancés, esos medio-hermanos nuestros, son capaces de sonreír sin emitir sonido alguno. Los gorilas también lo hacen como señal amistosa: a veces enseñan los dientes cuando juegan con otros gorilas, para demostrar que no tienen intención de atacar, o incluso abriendo mucho la boca en forma de carcajada.

Todos sabemos que existen varios tipos de sonrisa. La más estudiada es “La sonrisa de Duchenne”, esa aquella sincera y espontánea que sirve para expresar diferentes sentimientos positivos a los demás. Es propia de humanos y ocurre cuando mostramos las patas de gallo, es decir, la sonrisa llega a los ojos y además es simétrica.

Los estudios de Duchnne fueron utilizados por Paul Ekman en su clasificación de sonrisas. Las investigaciones de este último han sido utilizadas por la policía, jueces y servicios de seguridad para identificar cuando una persona miente por sus expresiones faciales. Él descubrió que existen ciertas diferencias culturales, por ejemplo los japoneses tienden a enmascarar más sus emociones, pero los gestos básicos (los que expresan alegría, tristeza, ira, sorpresa, asco, miedo y desprecio) como la sonrisa responden a los mismos patrones en todo grupo humano.

También podemos simular una sonrisa, suele ser llamada “sonrisa profesional”, que utilizamos para mostrar cordialidad. Siendo una sonrisa falsa trata de favorecer el acercamiento con el otro. La sonrisa es un gesto contagioso, que calma a los demás y evita sentimientos negativos hacia la persona que sonríe.

Forzarnos a sonreír por tanto no tiene por qué ser negativo. Es verdad que tratamos de engañar a otra persona sobre nuestro estado de ánimo, pero también engañamos a nuestro cerebro. Según se formula la teoría del feed-back facial, al mover determinados músculos se activa el hipotálamo y se generan ciertas emociones relacionadas. Quizá una sonrisa falsa sea el primer paso hacia la felicidad, la de los demás y la nuestra propia.


La sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz” (proverbio escocés).


 María de la Cruz Rubio 


 María de la Cruz Rubio Técnico de Formación & Formadora


lunes, 24 de agosto de 2015

Cuando el pasado no regresa
Camino Pastrana




Hoy se trata de ponernos nostálgicos, de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, que cuando éramos jóvenes fuimos más felices y que era más fácil vivir sin la sombra acechante de un futuro extremadamente moderno.
 
Dónde habrán quedado las llamadas perdidas que tenían más poder que pentecostés. Lo mismo significaba “hola” (la que se hacía por la mañana) que “he recibido tu sms y no te contesto porque cuesta 25 pesetas y ando mal de saldo pero te hago una perdi y así sabes que todo ok” o, si eran dos perdidas seguidas solo implicaba “no” a lo que una sola era “sí”… O, ¿me he equivocado y era al revés? No lo sé, el guasap le ha quitado toda la magia.
 
¿Qué será de las notitas que hacían brotar la risita nerviosa que el profesor identificaba al momento y que pasaba por alto? Hasta hace poco, las mías seguían en el tercer cajón de mi mesa de estudio, en el estuche que utilicé en primaria, y mirarlas es alucinar con el ingenio que teníamos con 12 años para ser capaces de meter tantísimo contenido en medio centímetro de papel de cuadros, con mil abreviaturas por palabra. El guasap y su corrector se lo han cargado todo, ya no hay minipalabras (pero siguen existiendo faltas de ortografía) y los adolescentes ya no viven con la adrenalina al límite al hacer llegar el papelito al guaperas o la popular de la clase para decirle que por la noche se encontraron en sueños.

En clase, los móviles y ordenadores sustituyen al boli, y ya no hay ganas de estrenar cuaderno para hacer la letra más bonita y esforzarse con los deberes para conseguir mañana el aplauso de la profe y los compañeros. Ahora en vez de esconder en la mochila el libro que engancha hasta el extremo, se mete entre pestañas el Facebook para cotillear qué hizo la gente ayer, por no hablar de llevar al recreo el obsoletísimo diábolo.

Ir en la parte de atrás del bus en las excursiones ya no es lo más. Ya no se juega al toma tomate para morir de nervios, porque las sombras del Gregorio americano se han encargado de ilustrar a los jóvenes sobre lo que parece ser “lo normal”, arrasando el encanto tímido y arrebatador del primer beso con 15 o 16 (halaaaaaaaaa qué tarde!!).

Ahora, las niñas se quejan por ponerse un bañador completo, de esos de una pieza, porque eso es de bebé, y con seis años se avergüenzan por usar las braguitas de toda la vida, las que dejan las tetitas al aire pero que antes nadie se daba cuenta porque era lo típico. Por no hablar de los pasadísimos juguetes de la playa, las palas y los cubos, que hoy quedan ensombrecidos por las maquinitas que paralizan a los niños sentados en una silla sin moverse, y luego sus padres se quejan porque por la noche no duermen pese a haber sufrido “tanta actividad”

Los viajes en tren son extraños, los jóvenes no leen en libros de papel, ni las familias juegan a la baraja o al parchís, el nombre de Mafalda parece no significar nada, los niños ya no coleccionan cromos y si hay algún valiente que se atreve con los “clásicos” es tachado de friky, o de nerdy o cualquier chorrada acabada en “y”.

Todo pretende solucionarse con el móvil, cualquier duda, pregunta, inquietud… todo se resuelve mirando al móvil. Nos permitimos llegar tarde a las citas porque preferimos avisar que cumplir, y el encanto de “esperar” por una mesa en un restaurante o por un bus que tarda se pierde en una oscuridad irrecuperable. Una vez siendo yo pequeña, fuimos toda la familia a comer y al salir mis padres fueron por su lado y mis tíos por otro, y mi abuela y yo tan flamencas fuimos por el nuestro. Como no había móviles no pudimos avisar de que se habían olvidado de nosotras, y tuvimos que aguantarnos media hora hasta que se juntaron todos en casa para darse cuenta del descuido. ¡Qué tragedias las de antes! Ahora que ya no está, agradezco tanto aquellos ratos regalados casi por casualidad que hoy son bonitas anécdotas que no quiero que abandonen mi recuerdo jamás.

Ahora, el día que me regalaron mi móvil me volví loca de contenta. Desde luego produjo un cambio en mi vida, aunque cuando llegaba a casa de fiesta, por mucho que llevase el móvil encima, tenía que dar el parte a mis padres igualmente. Y es que, la clave está en adaptarse. Combinar lo nuevo y lo viejo es un arte, y moverse con soltura en la era digital a la vez que se tienen en cuenta las herramientas con las que crecimos parece casi como traer un homo sapiens a nuestros días y pretender que suba sus pinturas al Instagram. Pero todo es cuestión de ponerse. Mi abuela sabía escribir sms y seguía moviéndose en su Seiscientos del año 66, leía libros en papel y disfrutaba agrandando las fotos en el Ipad. No hace falta enfrentar lo nuevo y lo viejo, sino adoptar lo mejor de cada cosa e integrarlo en la vida, abanderando con orgullo esa unión similar al atrevido y delicioso mix del paté con frambuesa.

Cada día estoy más convencida de que el propósito de vivir es aceptar. Es un ejercicio más complicado de lo que parece, yo solo espero no irme sin haberlo conseguido. Mientras pongo en práctica esa máxima, seguiré recordando con nostalgia la infancia ya superada de los chicles Boomer, el sabor de los flashes helados, los cumpleaños en el Telepizza, la ilusión de cuando se movía un diente, escuchar a Laura Pausini una y otra vez, escribir cartas y abrir el buzón y recibir la contestación, mirar el reloj en clase y que no pase ni el segundero, hacer dibujitos en la esquina superior de los apuntes, castigada al rincón por hablar mucho, los bailes de fin de curso, desayunar Cola Cao, llegar a casa después del cole el día del cumpleaños esperando los regalos, odiar la clase de gimnasia porque tocaba el Test de Cooper, saltar a la comba y ver el polvo del suelo, llevar al recreo el yoyó de pequeño de mi padre, que no tenía ni luz ni sonido, reírme ahora al pensarlo, lo bonito que era el estuche nuevo, pelearme con el mandón de la clase porque “yo no lo hago”, usar las frases de mi madre para defenderme, llegar llorando a casa y esperar que papá me lo solucionara... Pensar siempre que cuando el tiempo pasara, todo sería mejor.



A mi hermano
Camino Pastrana



Camino Pastrana | Periodista



jueves, 20 de agosto de 2015

La (dura) vuelta de las vacaciones
Martinowsky




  Al fin llega la vuelta al trabajo. Menos mal. Ya no aguanto más este ritmo absurdo de paseos marítimos, baños en la playa, excursiones con curvas por carreteras de montaña, tónicas sueps, puestas de sol, olas, arbolitos, mercadillos y demás incordios veraniegos.

Se acabará la incómoda gorra de visera y el pantalón corto. Ya no me picará más la entrepierna por la sal del mar. Se terminaron las duchas de agua fría al salir de agua. No más preocupación por encontrar aparcamiento cerca de la playa. Todo volverá a la normalidad.

En el atasco de Torrelavega pensaba yo (soñaba más bien) en los túneles de la M-30 y en el despertador, ese gran incomprendido. También añoraba estas largas (larguísimas) horas de estudio y meditación ante el ordenador de la oficina rodeado de gente amiga y con el tranquilizador jefe cerca.

Ya no estaré estresado decidiendo dónde comer o qué hacer por las tardes porque, en vacaciones, está prohibido aburrirse. Eso es agotador. Allí, quietecito, podré dedicarme tranquilamente a lo importante (tocarme las narices) sin la intranquilidad y desasosiego que producen las emociones fuertes.

No entiendo cómo hay gente que acepta una realidad sin ratón, un mundo sin poder minimizar la pantalla o un campo lleno de flores sin Control+Alt+Supr. Es absurdo estar en la montaña sin la tecla de "Supr". No me extraña que los primitivos vivieran menos. La causa no era la mala alimentación ni la ausencia de antibióticos sino la falta de control (Ctrl) sobre su entorno. Ni siquiera tenían "pause".

Lo malo es que todavía me quedan algunos días y tendré que volver a la carretera, con lo peligrosa que está en verano. Pero afortunadamente será poco tiempo y pronto volverá está maravillosa calma chicha donde lo más imprevisible que puede suceder es que el ascensor esté ocupado. Un poco de paciencia, me digo a mi mismo. 




Martinowsky



 Martinowsky | Filósofo y Escritor


miércoles, 19 de agosto de 2015

¿Sobrevivirá el rock a la era digital?
Ana Matallana




“La música nunca puede ser mala,
digan lo que digan del rock’n roll”.
Elvis Presley

Corría el año 1981 cuando los hermanos de Castro popularizaron con el álbum de debut de Barón Rojo un grito de guerra: “Larga vida al rock and roll”. No era algo novedoso pues, desde su surgimiento en la década de los cincuenta, muchos atrás reivindicaron la necesidad y la vigencia de un género musical que nació influido por el blues, el country, el jazz, el folk e incluso el góspel, y que surgió como reacción y protesta a los modelos sociales imperantes en sus inicios.

Esta mezcla de ritmos ha soportado ya más de sesenta años de historia salpicados de polémica y elevando a la categoría de leyenda a numerosos grupos y artistas sin los que, podemos afirmar, la historia de la música no sería lo mismo o ¿alguien considera que esta puede desligarse de Jerry Lee Lewis, Elvis Presley, The Beatles, AC/DC, Motörhead, Led Zeppelin, Deep Purple, Aerosmith, Metallica o The Who? Y esto tan solo por nombrar a algunos. Nombres que, seguro, resuenan en las cabezas de los lectores y de los que se pueden buscar referencias inmediatas a golpe de click, que van desde sus historias a sus canciones pasando por infinidad de anécdotas. Grupos y solistas que están ya solo en el recuerdo o en plena forma, y que han labrado sus, en general, largas trayectorias en estudios y directos.

Pero, ¿podrá sobrevivir el rock a las redes infinitas que tienden Internet y las nuevas tecnologías? ¿Propician estas la escucha fácil e individual para volver innecesaria la celebración de conciertos? ¿Se convertirán los grupos y artistas de rock en un producto de consumo rápido que se desechará en cuanto pasen de moda y disminuyan sus descargas o visitas en Internet?

Pues bien, Internet ha supuesto una revolución a todos los niveles y, como no podía ser menos, también en el musical. Ha cambiado la concepción de la música y, también, las relaciones de las personas con ella. Internet y las nuevas tecnologías propician la posibilidad de desligar la música de los escenarios ya que esta puede acompañarnos a cualquier lugar y en cualquier situación: Youtube, Spotify, Grooveshark, iTunes o Napster son solo algunos de los múltiples servidores y aplicaciones que ponen a disposición del usuario canciones, discografías e incluso directos de un listado interminable de artistas de todas las épocas sin necesidad de pagar por ellos o por cantidades irrisorias. Pero esto ha contribuido también a la democratización de la música que deja de ser privilegio de unos pocos, pues la generalización del uso de las nuevas tecnologías es cada vez mayor y estas ofertan miles de opciones para acceder a productos no solo musicales sino, también, culturales.

Un hecho que enlaza directamente con otra pregunta: ¿Debe buscarse tan solo el beneficio del usuario? ¿Qué pasa con todos los músicos y artistas que quieren vivir de su trabajo? Ellos han vivido un tiempo en el que, conscientes de todo esto, comenzaron a ver bastante oscuro el futuro del sistema musical y, concretamente, el del rock. Noel Gallagher, alma máter de Oasis junto a su hermano Liam, afirmó en una de sus últimas entrevistas:

“El estrellato del rock va a morir porque ya nadie va a ganar suficiente dinero para ser estrella del rock. Todos trabajarán ocasionalmente como músicos. La industria musical ha cambiado tanto que es imposible reconocerla. (…) Lo fascinante de esto es que hubo una manera de hacer dinero y vender discos con la que dimos en los años sesenta y funcionó durante treinta años y, luego, de repente, en menos de una década, se ha ido para no volver jamás”.

Ya en 2008 se celebró en Nueva York el Foro de Música Digital en el que las discográficas y las empresas de música digital buscaron encontrar formas de coexistencia en un momento en el que los beneficios directos de la música eran inversamente proporcionales a su consumo. Los grandes sellos discográficos tuvieron que “aliarse” con las nuevas plataformas digitales para hacer frente a la piratería. Así, se pactaron tarifas mínimas e, incluso, el reparto de los beneficios publicitarios obtenidos por Youtube con cada reproducción de un vídeo musical. Ambas partes, la tradicional y la contemporánea, buscaron tender puentes entre ellas para, ni ahogar al usuario con precios desorbitados que paguen los derechos de autor, ni fomentar la piratería que perjudica y mucho a unos músicos que, al fin y al cabo, quieren vivir de su trabajo.

Y en toda esta maraña de intereses, ¿dónde queda el papel del rock? A veces parece imposible que siga escuchándose porque, como bien dijo en su día Freddy Mercury:

“La industria de la música se ha convertido en algo monstruoso que tiende a parecerse al circo de Hollywood”.

Es decir, solo se potencia lo que vende en el momento, lo que en esta sociedad que cambia a la velocidad de la luz se estima como actual, novedoso o éxito. Grupos, cantantes y canciones que se convierten en hits con la misma velocidad con la que quedan relegadas al olvido.

“Si los medios de comunicación divulgaran más música buena, la gente tendría mejores gustos”, y, ¡ojo!, porque aquí Kurt Cobain, el mítico cantante de Nirvana, estaba hablando tan solo de los medios de comunicación convencionales. Steve Morse, guitarrista de Deep Purple e, indiscutiblemente, uno de los mejores de la historia, sí introdujo el peligroso papel de Internet en una entrevista para El cultural de El Mundo en 2013:

La música sigue teniendo la capacidad de hacernos escapar, eso no es discutible. Pero lo cierto es que con Internet cada segundo puedes acceder a algo diferente. ¿Qué clase de oportunidad tiene un músico, y ya no digamos un rockero, en un mundo en el que cualquiera puede ver un vídeo nuevo cada dos segundos? ¡Dos segundos! Eso es lo que dura ahora nuestra atención y resulta muy complicado competir contra esa celeridad”.

Sin embargo, hay razones para la esperanza. Los rockeros desafían a la era digital colgando sus propios discos y canciones en servidores y en sus propias páginas web, porque, como bien reza la frase de Sun Tzu: “Si no puedes con el enemigo, únete a él”.

Desde mi punto de mi vista, aparte de esta oleada de popularización de la música, la gran baza de la supervivencia del rock está, sobre todo, en los conciertos en directo. Creo que si el rock lleva más de sesenta años sobreviviendo a sus propios peligros (drogas, fallecimiento de muchos de sus iconos, rencillas e, incluso, diferencias irreconciliables entre los miembros de las bandas) es, principalmente, porque la perspectiva de sus conciertos sigue moviendo masas. ¿Se puede decir que el rock está en peligro cuando AC/DC ha conseguido vender este año las ciento cincuenta mil entradas de sus tres conciertos en España en tan solo veinticuatro horas y a pesar de costar cerca de cien euros cada una? La mítica banda australiana tuvo que añadir nuevas fechas en nuestro país para satisfacer la demanda. Lo mismo ha pasado con los conciertos que tienen programados en el resto del mundo.

U2 presenta un caso similar. Con casi un año de distancia entre la puesta a la venta de las entradas para su nueva gira y la celebración de los conciertos en Barcelona que tendrán lugar el próximo octubre, no hubo opción para los que se lo pensaron más de un día. Los carteles de “entradas agotadas” se cuelgan en todos los servidores de venta desde el pasado diciembre. Y no solo en España, es más que difícil encontrar localidades en cualquiera de sus conciertos programados.

Lo mismo ha pasado con las últimas giras de The Rolling Stones, Metallica, Bruce Springsteen, Aerosmith, Kiss, Bon Jovi, Guns N’ Roses o los mismísimos God save the queen que, avalados por los miembros vivos de la inolvidable banda Queen, siguen llevando sus grandes éxitos por medio mundo y arrasando por donde pasan.

Y, ¿qué pasa en nuestro país?, ¿es que no se cultiva el rock? Nada más lejos de la realidad. Extemoduro, Barricada, Obús, Reincidentes, Loquillo, Barón Rojo, Rosendo, Soziedad Alkohólica o Los porretas siguen triunfando y llenando auditorios no solo dentro sino también fuera de nuestras fronteras con los directos, de nuevo, como mayor aliciente.

Tan solo en España hay más de treinta festivales de rock consolidados, con el Viña Rock a la cabeza, que agotan sus localidades antes, incluso, de tener cerrados sus carteles. La gente, y yo me incluyo, paga por lo que supone ver a grandes grupos reunidos en un mismo espacio, independientemente de quién acabe tocando. Lo mismo ocurre con los festivales de todo el mundo. Cuando las entradas se ponen a la venta, generalmente, más de un año antes de su celebración, se vende hasta tres cuartas partes de su aforo en tan solo unas horas. No importa el precio, la gente ahorra para ello. Ocurrió en Woodstock en el sesenta y nueve, cuando la organización registró cuatrocientos mil quinientos asistentes frente a los sesenta mil que esperaban, y ocurre en la actualidad con grandes citas consolidadas como la de Glastonbury en Inglaterra, Coachella en Estados Unidos, Roskilde en Dinamarca o el Festival Internacional de Benicàssim dentro de nuestras fronteras.

Y es que ya lo dijo Steve Morse de Deep Purple:

Internet está cambiándolo todo, es cierto. Sin embargo, mientras que los músicos puedan encontrar una manera y un lugar para ofrecer conciertos, habrá rock. Porque a la gente le sigue gustando salir de sus vidas, escapar de sus oficinas y ordenadores y ver o escuchar algo totalmente distinto en directo”.

O Alice Cooper:

“¿Por qué sigue adelante esta música? Muchas de las bandas de los cincuenta y los sesenta continúan haciendo giras y grabando discos (…) El rock ‘n’ roll es cuestión de actitud e imagen, yo jamás dejaré de cantar, ya solo por eso el rock ‘n’ roll no ha muerto”.

Totalmente de acuerdo. El rock sigue vivo a través del recuerdo y del increíble estado de forma de grandes bandas y artistas que acumulan un mínimo de treinta años de trayectoria a sus espaldas y que se transpiran de generación en generación. The Rolling Stones, AC/DC o U2 van a congregar este año en sus respectivas giras a personas de un amplio rango de edad que va desde los diez y quince años a los sesenta y setenta, todos con la misma pasión.

Creo que la pregunta no sería, pues, si el rock sobrevivirá a la era digital, sino si este sobrevivirá a la desaparición de estas grandes bandas de largo recorrido. Si los The Killers, Kings of leon, Kasabian, Green Day o Sum 41; o si los Lüggers, Pony Bravo, The Excitements o Trío de reinas lograrán extender sus trayectorias durante, por lo menos, otros veinte o treinta años más para tomar el relevo a los Metallica, The Smiths, The Scorpions, The Doors, Kiss, AC/DC, Aerosmith, Soda Stéreo, Extremoduro, Barricada o Andrés Calamaro, es decir, a esas grandes bandas o solistas que les preceden, y que, sin duda, serán difíciles de olvidar.

El listón, sin duda, está alto, pero vivamos el presente. Así que, retomando a Barón Rojo: “Larga vida al rock and roll”, porque, apropiándome de las palabras del mismísimo Freddy Mercury: “The show must go on”.


Ana Matallana


Ana Matallana | Periodista



martes, 18 de agosto de 2015

Decido no quererte
Elena Gromaz




  Si tuviera que contar las veces que te he dicho que te quiero, no me faltarían dedos de una mano, no tendría suficiente con las palabras que te digo, ni si quiera tendría bastante con los latidos de mi corazón al verte.
Por eso, mejor no te veo.
No te miro y no te digo nada.
No susurro tu nombre de noche y no te llamo en la mañana.

Prefiero no sentirte cerca, no acariciar tus días ni oler tu piel.

No quiero saberte a mi lado.Me gusto más sin ti. Estoy mejor.
Mejora mi pelo, mi cuerpo y mi cabeza.
Mejoran mis manos, mi estómago y mi circulación.
Mejora todo lo que está escrito y sin vivir.
Motivos me sobran para contarte esto porque mejor, no quiero verte.
No quiero verte porque te quiero. Y con todo lo que siento me hago un lío y acabo tonteando con la luz del tiempo y el paso del frío.

¡Ay! Si es que te quiero tanto y tan deprisa que no habrían ni horas, ni minutos, ni abrazos ni besos suficientes que dar y que te contaran lo que siento.
Y si te quiero de veras, puede que me amaine y me despida de un futuro prometedor que tengo aquí entre las letras y eso sí que no.

Mejor te quiero a ratos, a veces y a distancia, que es más cómodo y así te uso cuando quiero y cuando puedo, solo en mi cabeza que es gratis. Y así me inspiro, que eres un torrente de emociones que habita en mí. Y por las noches que ya nos vemos, nos contamos los secretos de los días viendo pasar las estrellas que nos caen encima.

Espero que no te sepa mal porque no quiero hacerte daño, pero es que no eres real.

Eres un huésped que está de visita y te prometo que en tu estancia te trataré bien. No olvides que quiero quererte, pero solo a veces.

Si me ves pasar aparta la mirada. No alimentes mis caprichos que mi lástima es muy lista. Y juntas nos embarcamos en largos cruceros que no se olvidan.

Mejor, decido no quererte.


Elena Gromaz


Elena Gromaz | Escritora e Ilustradora


viernes, 14 de agosto de 2015

Cuando aparece la felicidad
Camino Pastrana



“Las personas que funcionan bien en este mundo son las que al levantarse por la mañana buscan las circunstancias que quieren, y si no las encuentran, las inventan” 

George Bernard Shaw  


Los tópicos nos hacen compartir sensaciones, aunarnos en una efímera complicidad. Pero, a parte del olor a tierra mojada, de asombrarme como tantos otros por la inmensidad del océano, por los rayos del sol, de compartir las risas ante un mismo chiste, hay otras cosas que me hacen caer en las placenteras garras de la felicidad

Me emociono con las palabras de los buenos libros, amontonadas de una forma absolutamente mágica y melódica. Me entristece acabar vorazmente uno de ellos, disfrutando del placer de saborearlo y la añoranza por terminarlo, con el conocimiento de que que aunque vuelva a maravillarme con sus capítulos, no me sorprenderé de la misma forma por el de camino que recorre su historia. Acompaño el encuentro con los libros con el sol que atraviesa los barrotes de la terraza, o el que se posa en la ventana, o el que calienta la piel sobre la arena. 

Disfruto saboreando un de frutas acompañado por un tímido humo a medianoche, recreándome en la ducha de después, la que precede a meterme en la cama. Las mejores acochadas son las que acogen con las sábanas recién lavadas, con el olor al suavizante de mi casa, ese que se compra en un supermercado cualquiera pero que solamente el calor del hogar de uno le brinda un matiz especial. 

Agradezco con un recuerdo infinito esas veces, no escasas, que las lágrimas se me escapan por culpa de las carcajadas, que me obligan a retorcerme en el suelo en compañía de mi familia o mis amigos por culpa de un buen chiste o de una gracia bien escogida. O de esos momentos en el que el césped de cualquier sitio es el colchón más preciado, y las risas parece que nacen sin dificultad, como si llegasen por exigencia del momento. 

Amo cuando un día empieza bien solo porque la noche anterior me ha regalado un sueño bien conciliado, y el buen humor de cada día aparece nimiamente sin aparentar importante. Luego le sigue un buen café, un desayuno pausado, que se enriquece con la lectura de un periódico cualquiera con su suave y peculiar aroma, porque no importa en qué lugar del mundo uno se encuentre, su olor es deliciosamente familiar. 

Adoro reír por comer chocolate negro en buena compañía, al dejar que la sonrisa enseñe los dientes manchados. 

Me conmueve darme cuenta que la vida sería distinta sin música, porque hay canciones que siguen arañando la piel aunque se escuchen miles de veces, y continúan haciendo a quien oye confidente, como si tarareándola se desvelara un secreto

Me complace enorgullecerme de quienes me rodean, queriéndoles por nada y todo en concreto y por todo y nada en general, y que me permitan pasear por la calle y poder sonreír a causa del mero toque de su recuerdo.

Me enamora el mar cada vez que deja que nade sobre su lomo, unas veces atravesando sus olas, otras acariciando su superficie, buceando hacia su costado. 

Disfruto hasta la saciedad de la sensación de paz en el espíritu, cuando se conmemoran las cosas bien hechas, bailando en el recuerdo al compás de la conciencia. 

Agradezco al universo por confiar en mirar a los ojos y tener la ardua e intensa seguridad de que el tiempo no abrasará lo que en el momento se comparte, me crezco en la fe generosa de compartir siempre sentimientos intensos a la vez que me apoyo en el don de maravillarme ante las pequeñas cosas que hacen de mi día a día algo tan simple y complejo a la vez: vivir

"¡Ojalá vivas todos los días de tu vida!" 
Jonathan Swift


Camino Pastrana


Camino Pastrana | Periodista



jueves, 13 de agosto de 2015

El gato negro
Vanessa Estefa




  Lo había escuchado en su casa desde que era pequeña y le parecían verdades eternas e inmutables. Su madre puso cara de terror cuando una vez su hermano había derramado sal en la mesa. Todos se quedaron en silencio, como si una maldición estuviera a punto de caer sobre ellos.

Luego observó la misma reacción cuando se rompía un espejo, al pasar por debajo de una escalera, al cruzarse con un gato negro, al poner el pan invertido sobre la mesa, y en otras muchas ocasiones.

Para evitar las desgracias que tales acciones acarrearían inevitablemente, los hombres deberían tocarse el testículo izquierdo y las mujeres el pecho izquierdo.

Luego la lista se fue ampliando y ella se las creía todas y cada una. No podía levantarse de la cama tocando el suelo con el pie izquierdo. No debía embarcar un martes y trece, ni casarse, ni iniciar un viaje. No podían sentarse trece personas alrededor de una mesa.

Tampoco podía dejarse un sombrero encima de la cama ni rezar con las piernas cruzadas. Estaba prohibido abrir un paraguas bajo techo o dentro de una casa, o limpiar una mesa con papel. Traía mala suerte que se cayeran las tijeras con la punta para abajo o dejarlas abiertas encima de la mesa entre dos o más personas.

La lista parecía interminable pero, al comentar el tema con otras personas, aparecían muchas más. Cada uno se acordaba de los maleficios tradicionales de su familia y, al escucharlos a todos, el número aumentaba sin cesar.

Fue incorporando la prohibición de mirar fijamente a una persona, quedarse con un solo vaso cuando se han roto todos los demás de la misma colección, acostarse del lado izquierdo, toparse con un tuerto al salir de casa por la mañana, cortarse las uñas los días que tienen erre (martes, miércoles y viernes), cantar o imitar a alguien llevando una prenda amarilla, que el novio viera a la novia antes del matrimonio....

Como los aceptaba todos sin rechistar, su vida se convirtió en una guerra contra un enemigo invisible (la mala suerte) que acechaba y atacaba por todas partes.

Lo malo llegó cuando le dijeron que ciertos amuletos y ritos ahuyentaban esta mala suerte. Su bolso ya no daba más de sí. Acarreaba una castaña, una rama de enebro, un frasco con sal para echarlo por detrás del hombro si se topaba con alguien prohibido, un trébol de cuatro hojas, una pata de conejo, varias piedras, algunas medallas de distintos santos... y así hasta que apenas quedaba sitio para el monedero.

Luego estaban los ritos. Se pasaba el día tocando madera, besando estampitas, encendiendo velas a santos, diciendo “jesús” a cada estornudo, haciendo conjuros en tazas de agua o de aceite, derramando vino, buscando herraduras, golpeando las copas antes de beber, pasando billetes de lotería por la espalda de un jorobado, moviendo las camas para que los pies no dieran a la calle, leyendo las prohibiciones del "fen-sui" o algo que sonaba así, y recorriendo tiendas de esoterismo y brujería.

Durante la menstruación no podía hacer mantequilla, mayonesa, tocar o preparar la leche o productos lácteos, regar las plantas, dar de comer a los animales...

Llegó un momento en el que todo se le mezclaba en su cabeza y ya no sabía si la sal derramada daba buena o mala suerte, si tenía que pasar por debajo o no de una escalera y si dejar un gorro sobre la cama era bueno o malo. Y con los amuletos le pasó lo mismo. Tampoco se aclaraba ya con los ritos porque estos se superponían unos a otros y algunos eran contradictorios.

Empezó a hacer gestos extraños por la calle y a mirar para todas partes vigilando la ausencia de gatos, búhos, culebras y otros animales maléficos.

El director del hospital psiquiátrico donde la internaron, tras escucharla, le dio unas pastillas, pero al llegar su casa se cuidó muy mucho de dejar el sombrero encima de la cama. Y regaló su gato negro. Por si las moscas.


Vanessa Estefa



       Vanessa Estefa Directora de Arte y Diseño Gráfico 




miércoles, 12 de agosto de 2015

Guías turistipéuticas
Martinowsky




Esta vez sí que me forro. He tenido una idea, así, de pronto, que objetivamente es una genialidad. El problema está en convencer a los demás. Todavía la estoy madurando porque se me ha ocurrido hace treinta segundos y está en pañales como quien dice. 

Estaba leyendo un artículo sobre la colonización de los fenicios en el Mediterráneo y una nueva forma de investigación histórica basada en métodos genéticos de análisis de sangre de las poblaciones actuales, cuando surgió. Se trata de una guía turística en la que, además de los datos sobre monumentos y tal, aparezcan sugerencias de sensaciones, sentimientos y asociaciones de ideas. 

Me explico. Muchos turistas van a lugares donde, tras esperar las colas de rigor para visitar los monumentos obligados y sacarse las fotos-testimonio-de-presencia o de recuerdo, no saben qué pensar o qué sentir. No le pasa a todo el mundo pero a muchos sí. Se les nota en la cara al bajar y subir de los autobuses. Es parecido a lo que cuentan que les pasaba a muchos habitantes de tribus primitivas. Cuando sucede un acontecimiento extraño y se les pregunta qué sienten responden: “No lo sabemos, el jefe todavía no nos ha dicho lo que tenemos que sentir”. Pues para estas personas es la idea

Por encima de los datos y las anécdotas están las sensaciones y, luego, los sentimientos, si procede. El título podría ser: “Guía turística de... con sugerencias de sensaciones”. O incluso más. En cada lugar, un cartel podría indicar algo parecido a: “Al asomarse a este mirador desde el que se ve Lisboa, el visitante deberá notar algo de vértigo por la altura, imaginarse los barcos cargados de especias provenientes de lejanos países y sentir pena por la cuarentena de los marineros que debían esperar en los barcos anclados lejos hasta que se comprobaba que no tenían peste. Dándole a este botón, y por 1 euro, saldrá un tufillo a canela”. 

Mejor todavía (la idea está expandiéndose por mi cerebro y no sé dónde terminará): una máquina con olores típicos del lugar que se visita, como las que dan café en las oficinas. Con la limpieza y la contaminación muchos lugares huelen igual, salvo los mercados típicos, que huelen de pena en todas partes. Pero se supone que el visitante que va a un sitio antiguo quiere ponerse en el lugar de los que allí vivían en otras épocas. Para eso está mi invento. Una empresa podría ir rellenando cada día los frascos con los espráis según se fueran agotando y ese puede ser el negocio, pero no voy a contaminar una idea con algo tan vil como el dinero. Al meter la moneda y darle al botón, un cartel explicaría asociaciones de ideas que deberán acompañar a la visión y al olfato, junto con algunos pensamientos adecuados. 

Este verano mucha gente de mi entorno se ha ido a Praga. No ha sido algo coordinado porque no se conocen entre sí, pero al menos tres grupos de personas han ido allí. Como cada uno es de su padre y de su madre, a la pregunta de ¿qué tal?, serían de esperar respuestas dispares. Pues no; todos han dicho: “Es precioso”. 

Conozco Praga desde hace muchos años. No me gustó demasiado porque fui en autoestop, solo, dormí en un albergue lleno de guarros sudados como yo, todo estaba en el quinto c... (como en los jardines de la Granja de Segovia pero más lejos), hacía calor, comía bocadillos de quesitos y leche (me traje de recuerdo una piedra en el riñón) y todavía estaban bajo el régimen comunista, con lo que los empleados trataban a la gente a patadas, como pasando de todo. Lo recuerdo asociado a sueño y cansancio. El puente de Praga no se terminaba nunca. No conseguí ligar con una holandesa muy guapa del albergue mixto aunque había estado toda la noche mirándola. Nadie tenía ni idea de dónde había vivido Kafka ni del lugar de la batalla de la Montaña Blanca. Un desastre. 

Recuerdo que me decepcionó porque me pasé quince días leyendo cosas sobre la ciudad, cuando no existía ni Internet ni las guías turísticas y la información había que currársela casi dato a dato. La realidad no tenía nada que ver con mi fantasía, como pasa con los anuncios de la tele, que tanto daño hacen a los matrimonios. Había leído La metamorfosis (un coñazo la primera vez, una revelación la segunda, como muchos libros) y algo sobre la Guerra de los 30 años. 

Lo primero que tengo que hacer es clasificar las sensaciones y los sentimientos. Las sensaciones es fácil: vista, oído, olfato, gusto y tacto. La vista y el olfato ya los tengo resueltos. El oído también porque basta con dar un paseo por las calles. El gusto es de suponer que cada turista se lo buscará por su cuenta comiendo en algún restaurante típico (o en los Burger King si son americanos) que vienen en todas las guías. Lo del tacto ya es más difícil y un terreno peligroso. Habría que distinguir entre tocar los monumentos y otro tipo de tocamientos. El desarrollo de este sentido lo dejaré para más adelante. 

Luego están otras sensaciones como calor, dolor, frío, calambres, hormigueos, suavidad, etc. También lo dejaré de momento porque lo veo fácil. ¿Y los sentimientos? ¡Pufff... menudo lío! Porque habría que distinguir entre parejas de enamorados, deprimidos buscando fuera la alegría de vivir que no encuentran dentro, personas melancólicas o con miedo, tristeza, alegría, rabia, amor, odio, temor, envidia, celos, ira, culpa, esperanza, etc. Puedo empezar con los ocho sentimientos básicos de Plutchik-Tomkins (porque Kemper dice que hay 1701 y no es plan) y luego ampliar a sus combinaciones. 

Si los sentimientos básicos son alegría, tristeza, enfado, vergüenza, sorpresa, miedo, interés y aburrimiento, relacionarlos con la visita a una ciudad es todo un reto que parece divertido. Un ejemplo: Ante la vista desde la Torre Eiffel, el visitante deberá sentir sorpresa, enfado por las dos horas esperando en la cola, tristeza por el pastón que cuesta subir, alegría por... No, no lo veo. Tal vez debería limitarme a las sensaciones porque los sentimientos son demasiado complicados y dependen del estado de ánimo de cada uno. 

Como no se trata de hacer una guía psicoterapéutica para viajeros... ¿o si se trata? ¿Qué tal estaría escribir una guía turística que incluyera frases de autoayuda, consejos frente a creencias irracionales o distorsiones cognitivas (en la línea de Ellis y Beck) de psicoterapia? ¿ O una guía turístico-psicoanalítica con interpretaciones de los sueños y las pulsiones inconfesables que surgen ante, por ejemplo, el Partenón de Atenas? No tiene mala pinta. Creo que esa es la línea a seguir y mañana lo intentaré. De momento ya tengo el nombre: "Guía turistipeutica de Madrid". Si es que cuando me bebo dos cervezas... 



Martinowsky



  Martinowsky | Filósofo y Escritor


viernes, 7 de agosto de 2015

Cuando llegan las vacaciones
Camino Pastrana





Qué afortunados somos los españoles. Nos despertamos con una noticia de ABC que sentencia el gusto común de los 47 millones de pobrecicos que vivimos aquí, quienes nos conformamos con playa, pareja y cerveza.

Sumidos en una crisis con una fecha de caducidad variable, producto de promesas políticas sin credibilidad, tendemos a despreciar los bienes que la tierra nos ofrece. Crisis, ¿qué crisis? Ni en el tórrido infierno madrileño de agosto hay posibilidad de cenar en un restaurante sin reserva previa, ni de hacer en un Zara una cola en la caja de menos de 15 minutos, ni de ir al cine en soledad.

Qué suerte tengo. Qué fácil me contento. Yo formo parte de esa “mayoría” de la que habla el periódico. Pero, pese a todo, yo creo que la clave está en amoldarse. Yo es que me amoldo muy fácilmente a 12 horas en un avión para aterrizar en destinos que mi mente no era capaz de dibujar con exactitud, a lugares que por mucho que hubiera estudiado sobre ellos, me aportan tanto que no puedo ni expresar con palabras. También me amoldo a 7 horas de coche, con o sin caravana, para llegar adonde sea, ¿qué más da? No siempre uno tiene el lujo de irse en avión.

La clave está ahí. Para mí, es todo muy fácil. Soluciono los problemas con una cañita y una tapa sabrosa, una terraza o un garito con aire acondicionado, que las sombrillas con este calor infernal sirven de poco. O con un par de capítulos de Friends, Modern Family o The Big Bang Theory. Yo ya los he visto todos, pero cuanto más repito, más disfruto. Para eso están las vacaciones, ¿no?

Pero hay algo que es imposible de igualar. Insuperable. Imponente. Inolvidable. Incomparable. Inmejorable. ¿Qué más íes puedo darle? Todo puede pasar, quizá el color del pensamiento que empieza a teñir de pesimismo y tristeza el ambiente, o puede que por momentos se olviden los retazos de paz y amor que se respiraban no hace mucho, pero el reencuentro cálido con el mar salva lo acontecido hoy, ayer, anteayer o cuando sea. Ya le decía Dalí a Lorca en una de las demostraciones de amor más profundas y torrenciales que he podido leer: “yo iré a buscarte para hacerte una cura de mar ”. Moreno, dime a mi eso que me llevas al mar para apagar mi fuego, porque me derrito al instante.

Hay a quienes el mar les asusta, les implora respeto, les inquieta o todo a la vez. No soy capaz de sentir eso sin conmoverme y emocionarme por lo que, en conjunto e intensamente, el rey de la tierra, quien dibuja el globo y marca las fronteras, significa para mi. Solo con mirarlo, en invierno o verano, algo cura. Respirar la brisa, dejar que algo salpique, cualquier rutina es buena para acercarse al mar. Yo tengo varias, espera que te las cuento.

Lo primero es sentarme un rato a mirar. ¡Eh! A mirar al mar, que quede claro. Me acerco, meto el pie con desconfianza. ¿Está fría el agua? Bueno, pues depende. Si es Galicia, donde metes el pie hasta la espinilla y el dolor te llega a los oídos, sí, está muy fría. Pero bueno, algo habrá que hacer. A ese factor me gusta añadirle un poco de ritmillo, con olas que empapen sin remedio, para que el tema del chapuzón esté ya solucionado. Todo eso, mirando al horizonte, por favor, porque entre las caras de sorpresa por la ola traviesa, o las peleas con la arena y los boquetes en la orilla (¿de dónde salen?), la cara y la pose es de lo menos glamuroso. Yo si fuera famosa con pasta lo primero que hago es comprarme un rinconcito de playa, para que las fotografías cutres de los paparazzis esas que estamos tan acostumbrados a ver no me arruinen la vida. Es que a mi muchos mitos se me han caído al pozo más profundo después de ver fotos suyas saliendo del mar escurriéndose el agua de las tetas del bikini, o mirándose el sobaquillo en busca de algún pelito malnacido. Yo me niego. Pero bueno, al caso...

¿Y si el agua está calentita? Uy, pues mucho mejor. Pero la rutina es parecida. Yo me dejo los pies parados, justo en la orilla, donde la vuelta del agua remueve la arena de entre los dedos y empieza a sepultarme hasta los tobillos. Ahí, como si fuera la baronesa Thyssen atada a sus amados árboles, yo me dejo amarrar un rato, en el equilibrio de la arena y el agua. Si hay olas, espero un poco de calma, que la elegancia no hay que perderla y eso de entrar con una ola acechante y tirarse contra ella en una pelea que parece entre el hombre y la bestia no me mola y además nunca acaba bien. Y una vez superada esta pequeña crisis inicial... Me sumerjo. Qué gozada cuando el mar permite que surque sus olas, nadando, buceando, sin miedo, qué sabor a libertad mezclado con sal.

Y después del bañito, toca un rato leyendo a merced del sol, y si se puede, refrescar el momento con una cervecita, una fruta veraniega, un sorbete de gazpacho o lo que sea. Como véis, yo me amoldo. Y si mañana hay que repetir rutina, me uno sin rechistar y que viva el verano. ¡Qué fácil es ser feliz!



Camino Pastrana


Camino Pastrana | Periodista