martes, 28 de julio de 2015

En la playa
Elena Gromaz




Necesito un bikini nuevo. Uno que me haga parecer discreta para que no me vean medusas, vendedores de playa o peces ultramarinos.

Creo que le pondré tirantes para sujetarme por si se me ocurre alejarme de la orilla.

A ver si un tiburón caprichoso huele mi sangre fresca y quiera acercarse a mi vera.


Hace días que miro la arena tranquila. Parece sedienta.

Con tanto salitre, sudor y pisadas, necesita un respiro...



Deberíamos preguntarle al mar si un domingo de playa será divertido...

Ahora, miro hacia atrás y veo que todos a mi alrededor muy animados disfrutan: niños corriendo, señoras brillantes y caballeros modernos. Cubos, arena y playa, mucha playa...o poca, pero se nota la vida, buena o mala, según la queramos llamar.

El mar nos acerca agua tibia, para refrigerar nuestras manías.

...Y disfrutamos plácidamente del tiempo perdido, o ganado, delante de esa tímida línea azul que nos indica que no hay fin tras la inmensidad marina...

Miramos una y otra vez pretendiendo encontrar misterios transparentes que parecen perdidos.

Quizás castillos de arena se desvanecen cuando llega el caliente mediodía y nos recuerda que hace falta algo fresquito para aliviar nuestro agobio playero, el cual no es otro que una suerte vespertina que tienen algunos, seguro... ¿Seguro?

Como todas las mañanas, la línea celeste aparece plateada.
A veces, brilla tanto que parece toda la luz de una estrella y en los días grises espero a la lluvia que no llega. 
Y si llegara ya no será lluvia sino tormenta y entonces si hablamos de vida y de aire que nos invade y llena por dentro.

Y tras la tormenta, siempre, llega la calma. Y esta calma está plagada, como siempre, de un mar de sombrillas que son setas desde el cristal que se rodean, a veces con calor extremo, de un campo de medusas indiscretas que ya no son transparentes y te llegan a los pies de arena.

Poco a poco, acaba el día.

El sol se pone y las montañas rosas se despiden del mar que no se verán si la luna esa noche no llega.

Y ¿llega? La respuesta vendrá lenta y dulcemente, solo, preguntémosle al mar...



Voy a comprarme el bikini.



Elena Gromaz


Elena Gromaz | Escritora e Ilustradora


viernes, 24 de julio de 2015

Cuando un tren separa dos orillas
Camino Pastrana





Quedaban escasos minutos para que el tren hiciera su entrada en la pequeña estación de Alberca. Estaba nublado, hacía calor, podía olerse la lluvia próxima. Aspiró. Ese olor a tierra mojada le encantaba. 

A Mario le había costado mucho dar este paso la primera vez. Y ahora, aún después de tantos años, no podía evitar ponerse nervioso. Miró a hacia arriba y el cielo dejó caer una gota de agua que su cabeza convirtió en hielo, y pensó en esa vida suya que parecía en sí misma una enorme masa de hielo que en ocasiones había que deshacer con el mero calor de un aliento con sabor a café mañanero. Un río de pesadumbre secuestraba a veces su ilusión. 

El tren comenzó a asomar mientras daba la curva que le abría paso a la estación. Parecía como si el chirrido del tren, ese sonido agudo y persistente, hubiera permanecido siempre en su memoria. Era inevitable mirar atrás. No quería, y se había prometido no llorar, pero su corazón, inundado de tristeza y melancolía, albergaba miles de recuerdos, en los que se había recreado una y otra vez. 

Dejaba lo que más había amado, aquello que el tiempo jamás hubiera podido borrar porque formaba parte de casi toda una vida. Su pueblo era ese hermoso lugar rodeado de sueños con olor a primavera, donde la gente nunca se muere sola, donde el tiempo transcurre lentamente acariciando las noches de plata y silencio. Su pueblo era ese hogar acogedor, lugar entrañable, mencionado con nostalgia, que se torna en un profundo y complacido sueño cuando la vejez es vivida lejos. 

Mario había progresado. Conocía lugares hermosos llenos de magia, iguales a los que de niño había encontrado en los cuentos. Vivía como un triunfador, no en vano a costa de sacrificio y abnegación. Tenía una casa en la que con frecuencia reunía a un grupo de amigos, algunos de ellos, viejos compañeros en un itinerante camino de fluctuoso porvenir. Magnolias, brezos y coníferas, ocupaban lugares preferentes en su jardín. Pero, sobre todo, Mario tenía un gran corazón, siempre lo tuvo y los años y la madurez se lo habían agrandado. No era un hombre culto, pero poseía ese inapreciable don que solo a algunos les es otorgado: era capaz de conmoverse ante las pequeñas cosas que la vida le ofrecía gratuitamente. 

La innata bondad de Mario crecía con el tiempo dejando una imborrable huella en todo aquel que le trataba, aunque fuera efímeramente. Mario era una de esas personas que, una vez se conocen en un día cualquiera, se recuerdan, hasta que en otro día cualquiera, el corazón deja de latir. 

Mario tenía una visión antagónica del mundo. A grandes rasgos, el hombre, enemigo acérrimo de sí mismo, combatía entre la felicidad y la desdicha; la opulencia y la miseria; el trabajo y el aburrimiento. Y si en esa pugna salía perdiendo, nunca se resignaba. La experiencia le había enseñado que el mundo era de los fuertes, los sitiadores y los poderosos. 

El mar siempre le había parecido triste porque se tragaba vidas que luego no devolvía. Hace años, tal vez demasiados, en aquel su primer viaje -ironía del destino-, atravesó el ancho mar como aquellos primeros conquistadores. El mar, camino de un destino incierto. 

Erguido, eso sí, pero con lágrimas en las mejillas, pequeñas gotas de alma que se escapan irremediablemente. Atrás, un pasado sencillo, pleno, colmado de sueños, verde, azul.... 

El tren llegó chirriando, como si estuviera oxidado. Se acercó a la escalerilla. Titubeó unos segundos, miró al cielo y subió. “¡ Ah, las gaviotas, ellas no emigran !”. Mario había nacido lejos, muy lejos de todo y muy cerca del mar. El mar separa lugares que une cuando deja que los barcos naveguen sobre las olas que llenan el vacío. Así llegó él, ilusionado, con sueños que llegaron a hacerse realidad sin cerrar los ojos. Un hombre más en un mundo de millones de mundos pequeños. Recordaba momentos, días y los años. 

Siete meses después, Mario murió. Lo encontraron echado en el jardín, boca abajo, con la nariz pegada a la tierra, las manos entreabiertas, solo. 

Vuelve la vida al principio. Ya no existen sombras, ni dolor, ni incertidumbre. Ya no hay antagonismo: todo es uno, puro. Comprensible lo difícil. Ya no hay emigración posible porque solo existe un mundo. Y tiempo, mucho tiempo, toda la eternidad.


A mi madre

Camino Pastrana


Camino Pastrana | Periodista



Villarriba, Villaenmedio y Villabajo
Zena Santana




Hace unos años veíamos en televisión el anuncio de una famosa marca de lavavajillas, en el que, Villarriba fregaba todos los platos de una estratosférica paellada vecinal, con tan sólo 2 gotitas de este producto (¡y sin frotar!); mientras que, Villabajo, necesitaba 3 botes de otra marca de lavavajillas (pésima, por lo que vemos).

Y es que cuando hay rivalidad entre dos pueblos, siempre hay uno que pierde. O al menos, eso es lo que el otro pretende hacerle saber. Estas rivalidades pueblerinas se remontan a la más lejana Antigüedad, y nacen, básicamente, de enfrentamientos aletargados a lo largo de los siglos, de tintes políticos, sociales, administrativos o de infraestructura, por ejemplo en la lucha de “para quién diablos es la ermita de la Santísima Señora de las Narices” que está en medio de los 2 pueblos. Y claro, comienza la lucha encarnizada. Hasta aquí todo “lógico” o “entendible”. Batallas sin sentido y piques infantiles entre pueblos desde tiempos inmemoriales. El honor duele. Pero, estos pueblos se componen de personitas, con nombre y apellido, que, durante siglos, continúan con el antiquísimo rito de detestar al vecino del pueblo de al lado porque resulta que siempre ha creído que su pueblo es más feo (cuando en realidad no lo es, y esto es lo más gracioso de todo: “adiós, Objetividad”).

Entre estas personitas, que pueblan (por ejemplo) Villarriba, nos encontramos a Pepito. Este señor es Pepito porque nació Pepito. Obvio. Es decir, nació con su carga genética exclusiva, su individualidad, su propia personalidad, su carácter... su nombre, su cara, y pega la vuelta... toda su esencia innata le hace ser Pepito. Pero Pepito también nació con un pan debajo del brazo. Bueno, más bien con un “pack”. Es decir, con un paquete de circunstancias

Su pack se compone de todo lo vinculado a su entorno familiar, de su infancia, de sus experiencias, de sus creencias, de religiones y supersticiones, de sus miedos, de los libros que lee, de lo que ve en las noticias..., en definitiva: de lo accidental de nacer en un pueblo o en otro (¡por 2 míseros metros no nació en Villabajo!)... Por tanto, verificamos que Pepito no es tan “puramente” Pepito. O como decía Ortega y Gasset: "Pepito es él y su circunstancia".

Y seguramente, cuando Pepito sea padre envenenará a su hijo con su propio odio por el vecino de Villabajo. A su vez, su hijo (que tiene su propio pack), inyectará este odio heredado a su hijo... y así por los siglos de los siglos. Amén. A no ser que sucumba a los encantos de una linda damisela oriunda de Villabajo, y se convierta así en un “desertor” de Villarriba... en tal caso, no puedo más que recordar a Montescos y Capuletos, o la catástrofe de Romeo y Julieta.

En realidad, lo que hace que Pepito se enfrente a su paquete de circunstancias, es su Libertad a usar su InteligenciaA veces la usamos. Otras no. A veces nos enfrentamos a nuestros miedos aprendidos. Otras no. A veces nos revelamos contra el pastor que nos lleva por su camino de ovejas. Otras no. A veces nos dejamos arrastrar, cual pluma en el agua, por nuestro paquete de circunstancias. Por eso Villarriba y Villabajo decidieron mantener su rivalidad durante siglos: porque nadie ni nada era libre, sino infundado y aprendido.

¿Por qué nos duele tanto la Patria? ¿Acaso es un apéndice de nuestro cuerpo? ¿Nos duele, realmente? ¿O es fruto del hecho fortuito y accidental de nacer en un lugar porque en otro era imposible? ¿La Patria es parte de nuestro pack, al que alimentamos día tras día? ¿Alguna vez hemos reflexionado sobre qué religión seguiríamos de haber nacido en Afganistán, en vez de en Logroño? ¿De qué selección de fútbol seríamos de no haber nacido en España? ¿Tendríamos los mismos ideales políticos que ahora de haber tenido unos padres marqueses del Condado y hubiésemos crecido entre lujos y mayordomos? ¿Tiene los mismos miedos aprendidos un niño que se encapricha con el último modelo de Geyperman, que un niño que lo único que come al día es, con suerte, un trozo de pan?

Quizás estas preguntas sean de respuesta demasiado obvia. Quizás es demasiado sensiblero. O no. Cuestión de puntos de vista. Depende del pueblo en el que naciste. Por eso, Libertad e Inteligencia son el ejemplo perfecto de dos pueblos nunca rivales.


Zena Santana 



Zena Santana | Diseñadora gráfica y editorial

jueves, 23 de julio de 2015

Curso de conexiones
Martinowsky




Harto ya de utilizar solo los mandos de encendido, apagado y volumen de los equipos que hay en casa, he decidido automatricularme en un curso de conexiones que me doy yo mismo todos los días de once a doce de la noche, sin plazo definido; hasta que me entere. También tengo profesores externos (los dependientes de las tiendas) a los que les estoy dando unas palizas tremendas. 

Se acabó eso de poner cara de tonto cuando me hablan de HDMI, entrada de audio RGB-DVI o entrada AV1. Hay toda una fiesta entre los aparatos que tenemos en las casas y nos la estamos perdiendo. Los pecés (con tilde) hablan con los equipos de música y con las cámaras de fotos. De hecho, yo creo que entre una tele pequeña que tengo y un Multi MP3 Player que me regalaron, hay más que amistad. Los he visto por la noche cuando creen que están solos y eso es verdadero amor. Y lo que sucede entre los RS232 y el RBG IN (PC) no es apto para menores. 

En cambio se sabe que entre las entradas HDMI y los euroconectores hay una sorda rivalidad y odio. El uno mira al otro por encima del hombro y se sabe superior. "No, es que yo tengo 25 pines", le dice uno. "Pues vaya mierda, yo puedo ir si quiero a 10, 2 giga-bp por segundo y full high definition video". El euroconector está humillado. Se sabe gordo y feo. No es flexible, cae antipático a todo el mundo y ha tenido que soportar comentarios del tipo: "Esta porquería de bicho no encaja, seguro que se ha roto". Sin embargo, ambos saben que su vida es efímera y que llegan los bluetooth inalámbricos (los blutús) arrasando.

Porque sí, lo de estudiar las estrellas o el cerebro está muy bien y no digamos lo de las verduritas pero, ¿cómo se hace para que salga en pantalla la lista de canciones de un DVD? ¿Y para qué sirve este botón de DIM (o el RDS) que tiene el telemando, ese gran desconocido? Si es cierta la frase de "hay otros mundos, pero están en este" se aplica propiamente a lo que sucede detrás de los aparatos. Es una jungla alucinante con idiomas extraños que quiero conocer. 

Lo dicho, de esta me entero, aunque solo sirva para unos (pocos) meses porque ya andan los cabritos de Philips o Sony inventando nuevas siglas con las que acomplejarnos. Pero así es la vida. ¿Y lo que voy a fardar yo cuando entre en una tienda de MediaMarkt y le diga al dependiente: "Mire, quiero un chisme que tenga HEC HDMI ETHERNET CHANEL con ARC audio return chanel for smooth colour transition" y él tenga que bajar la cabeza, humillado, por una vez en mi vida

¿Y el mundo de los móviles? Porque esa es otra. ¿No se dan cuenta de que la gente mayor de 20 años tenemos que comer y dormir? ¿No se dan cuenta los gobiernos de que las mafias de la telefonía móvil tienen deprimida a media humanidad porque no entienden cómo se usan las miles de app´s de las que les hablan sus hijos o nietos al volver del botellón? ¿Pero cómo van a estudiar algo y no salir de las universidades hechos unos borricos si solo con el tema de las siglas raras que usan tienen lleno todo el cerebro? 

Un ejemplo. Leo las especificaciones de un móvil normalito y dice (copio y pego): "Perfiles bluetooth BT 4.0 (PBAP, PBA, A2DP, AVRCP, HFP, HSP, OPP, SAP, HID, PAN, MAP) NFC Sí Connectivity Support DLNA, MHL 2 PC Sync. KIES". Y se quedan tan panchos. 

¿De verdad tiene NFC? Ohhhhhh, qué bien, qué ilu. ¿Cómo he podido vivir yo sin NFC? Lo voy a poner en mi Facebook para dar envidia a mis amigos. Pondré: "Anda, chincha, rabia, que yo tengo PBAP, PBA, A2DP, AVRCP, HFP, HSP, OPP, SAP, HID, PAN, MAP y tú nooooooo? 

Si es que ya no hay remedio. El mundo se acaba. Yo me bajo aquí en tecnología y llamaré por el teléfono de siempre. Que les den.



Martinowsky





  Martinowsky | Filósofo y Escritor




miércoles, 22 de julio de 2015

Seres sin luz
María Dorado




Soñar: una palabra, cinco letras y un universo lleno de matices. Lo que se anhela o desea cuando se sueña algo, es eso tangible o interno que difiere muy notablemente de la realidad existente que vivimos.

El error es que la mayoría de la gente no sabe soñar. Muchos sueñan mientras duermen, e imaginan cómo sería su vida si ese anhelo fuera real. Lo que hay que hacer es soñar despierto, para que eso que deseas forme parte de tu vida. El “Qué pasaría sí...” se transforma en “Está pasando”. Porque ningún soñador es pequeño y ningún sueño es demasiado grande. Muchos piensan que sus sueños parecen reales y son felices imaginándose lo que desean, pero cuando despiertan vuelven a la realidad y todo se apaga.

Por eso hay tantas almas tristes vagando por el mundo, gente sin luz, sin brillo en los ojos. Esos que no te dan las gracias, ni los buenos días y el por favor solo lo conocen de oídas. Gente que vive sin ansias de comerse el mundo, porque el mundo se los come a ellos. Los mismos seres sin luz que te dirán que los sueños no se cumplen. No les creas, solo intentan apagarte. No viven, simplemente hacen que el tiempo pase. Nada les remueve por dentro, lo que hacen es esconderse de la vida haciéndola creer que viven.


Hay que comenzar a soñar despierto, a hacer que ocurra, hay que empezar a crear luz para poder brillar, para vivir soñando. En cuanto a los tipos de sueños, que cada uno sueñe en su vida con lo que quiera mientras le haga feliz, pero que no se olvide de vivir, que de eso se trata.

Citando a Walt Withman: "No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario, disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante, vívela intensamente, sin mediocridad, piensa que en ti está el futuro y encara la tarea con orgullo y sin miedo. No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas". (Dead Poets Society)


María Dorado



 María Dorado Guionista, Redactora y Foto-reportera


martes, 21 de julio de 2015

Tercero derecha. Oficina de los secretos
Irene Rodríguez




Los secretos más grandes se ocultan siempre en los lugares más inverosímiles”

(Roald Dahl)


Su abuelo le hizo un gesto para que se acercara. Fidel se convirtió en piedra, su último deseo era estar a menos de un metro de aquel hombre arrugado y amarillento. Pero la patada en el culo de su padre le obligó a moverse hasta la camilla. El abuelo susurró algo en el oído de Fidel y después le pidió una cosa que provocó miradas de extrañeza en la familia Martínez: “Guárdame el secreto”.

Durante los meses siguientes todos se empeñaron en descubrir qué narices le habría dicho el viejo al chaval. Fue en esos días cuando Fidel comprendió lo poderoso que era tener un secreto. Nunca se lo contó a nadie. Aunque estuvo tentado cuando su padre puso contra las cuerdas ese dominio: “Si tú dejas de existir, si pierdes la memoria, ¿quién podrá seguir guardando palabras desconocidas?”. Tenía razón, guardar un secreto era mantenerlo vivo sin dejar que se consumiera. Pero ¿cómo iba él a contar algo así?

Tras madurar la idea Fidel decidió guardarlo en una pequeña caja. Su caja de secretos. Un recipiente que poco a poco fue llenándose con las confidencias de su entorno: “¿Prometes que no se lo contarás a nadie?”, “Esto que no salga de aquí”, “Recuerda que es un secreto”. 

Tuvo que conseguir una caja más grande. Después otra. Tras la tercera unos archivadores, una cajonera, dos… Hasta que decidió crear su propia biblioteca de secretos. Los clasificó en pequeñas fichas por categorías y orden alfabético. A las categorías más admitidas: salud, amor, trabajo, amistad o familia, le siguieron otras quizá más exóticas: como ciencias, animales, objetos o dimensiones paralelas. Incluso tuvo que pensar en cómo guardar aquellos secretos cercanos a lo inclasificable. 

Su mujer intentó aportar una solución antes de dar el portazo, le dijo que se los metiera por donde le cupiese. A Fidel no le pareció muy buena idea y terminó guardándolos en el armario que ella dejó vacío.

El pasillo, parte del baño, algunos muebles de la cocina, las habitaciones de sus hijos, el cuarto de juegos de su nieta Julia, y millones de rincones más albergaban toda una vida de secretos. Eso sí, el secreto de su abuelo siempre pegado a su piel, en un bolsillo cosido en el interior de la cintura del pantalón.

Un día llegó su nieta, recién licenciada en una universidad de prestigio y remasterizada cum laude en el extranjero. En cuanto vio todo ese material se le iluminó tanto el rostro que se le quemaron las pestañas.

- Abuelo Fidel – dijo con seguridad dos días más tarde poniendo sobre la mesa un informe de negocio – Ha llegado la hora de convertir esto en una start up.

- ¿En una qué?

- En una empresa emergente, abuelo. Tú no lo sabes, pero eres un emprendedor.

En tres meses Fidel se vio inaugurando la Oficina de secretos Martínez&Secrets: donde se guarda el secreto de los secretos bien guardados. Aquello subió como la espuma. Tanto que otros tres meses más tarde su nieta y flamante Directora General, le convenció de ampliar el negocio.

- Abuelo Fidel – dijo con confianza poniendo sobre la mesa una carpeta llena de currículums.

– Ha llegado la hora de contratar un training grantee.¿Un qué?

- Un becario, abuelo.

Así llegó el único graduado en documentación que fue capaz de no tuitear las bombas informativas que Martínez&Secrets compartieron en la entrevista. Él era el encargado de digitalizar todos los ficheros bajo un estricto contrato de confidencialidad. Sin duda fue la confianza que le dio esa cláusula de su propio contrato la que le empujó a guardar su propio secreto: la profunda atracción que sentía por el marido del tan feliz matrimonio del segundo derecha. Un secreto que le hacía apartar la mirada de la de su adorable mujer en el ascensor y sudar la gota gorda cada vez que veía sus calzoncillos slip, tan aparentemente suaves y ajustados, colgar de la cuerda del patio interior. Un secreto que dormía en la sala de “Deseos”, estantería “Lujuria”, subíndice “Profunda”.

La oficina de secretos se convirtió en una auténtica revolución en un mundo donde la intimidad era cada vez un bien más escaso. Celebridades, políticos, grandes empresarios, o ciudadanos indiferentes a los mass media, acudían al tercero derecha de ese edificio tan in de uno de los barrios más cool de la capital a depositar sus secretos. Los vecinos empezaban a sentirse incómodos con tanta afluencia de gente en el descansillo, por lo que Martínez&Secrets decidió hacerles suculentos descuentos y pronto tuvieron que abrir una carpeta especial para el edificio. Una carpeta que pese a los chantajes de la mujer del primero derecha, solo era accesible al personal cualificado.

Un día Fidel se olvidó del número del portal, tampoco se acordaba del piso ni de la letra. Quizá había llegado el momento de clasificar el más valioso de los secretos. Del bolsillo interior del pantalón sacó el documento que con tanto celo había guardado. Al abrirlo no había más que un borrón. El sudor de su cuerpo se había llevado la tinta y amarilleado el papel. Corriendo acudió al becario para que le ayudara.

- Seguro que tú conoces uno de eso programas de ordenador que pueda recuperarlo.

- Está demasiado estropeado Señor, lo mejor es que vuelva a escribirlo.

- Ya, pero es que… es que… no me acuerdo.

Tras un silencio pesado el becario apuntó lo ocurrido sobre ese mismo papel y lo metió en la carpeta de los vecinos del edificio.


- No se preocupe Señor, le guardaremos el secreto




Irene Rodríguez




 Irene Rodríguez | Colaboradora de Dech



lunes, 20 de julio de 2015

Nos vemos en el REM
Elena Gromaz




Esta noche habíamos quedado hacia las nueve. 



No sabía bien qué ponerme pero, como no me iba a ver, realmente no importaba. 

Como en todas las citas la primera es la más importante y yo estaba algo nerviosa. 

Me concentraba en sentir mi cuerpo, mis párpados, mis labios, mis brazos... hasta llegar a mis pies.


Así se supone que me iba a relajar, pero yo cada vez estaba más intranquila. ¿Cómo iba a controlar mi cuerpo, gestionar mis latidos... si lo único en lo que pensaba era en él y él me provocaba una fría pasión que se iba a hacer eterna?


El REM estaba a la vuelta de la esquina. 


Parecía estar lleno.


Con la hora que era... seguramente no tendríamos tiempo para esparcirnos.


Cerré los ojos para empezar a sumergirme y él no estaba.


Podía haber llevado un vestido negro, de esos que adelgazan, o tal vez un conjunto rojo para llamar más su atención...


...Y mientras divagaba en el vestuario que no llevaba, llegué al REM.

Oscuro, casi blanco, y ahí estaba su preciosa cara con sus ojos cansados. Su sonrisa de mil arrugas que invade mi alma y que no desprende milagros. Su cuerpo delicado y largo, que parecía no alcanzarme, extendía su mano hacia mí.


Yo intentaba tocarlo y el amor surgió mientras las luces se encendían y el despertador sonaba...



Tal vez esta noche llegue a besarlo...


Tal vez nos cojamos de la mano. Quizá consiga acordarme de su nombre.


Espero vivirlo y verlo muy cerca. Deseo desear...


Mientras voy a ponerme mi vestido verde que me hace cocodrilo, para poder contener el mundo y esconder, aunque sea un ratito mi lado pequeño que me convierte en rana...


Hasta la noche... Y ¡nos vemos en el REM!


Elena Gromaz


Elena Gromaz | Escritora e Ilustradora


viernes, 17 de julio de 2015

Dame espacio (Ondas móviles)
Sofía Pueyo


Persiana bajada. Vaso de agua junto a la cama. Sábanas echadas. Ojos cerrados. Ojos abiertos.

-Oye Carlos, ¿tienes el móvil al lado de la cama?

-Pues claro Anna, como siempre.

-Ya… es que no creo que sea bueno. Deberíamos tenerlo fuera de la habitación, o apagado. ¡O mejor! Comprar un reloj de los de toda la vida, esos de tic tac.

-Pero… ¿Y ahora qué te ha dado?

Anna se incorpora en la cama, y mientras se rasca la cabeza mira a Carlos con cara preocupada.

-Nada… que he leído un artículo sobre los efectos que tiene dormir con el móvil al lado, y luego otro y otro y otro… y no me gusta nada. Me da un poco de yuyu. Por no hablar de lo malo que es llevarlo en el bolsillo del pantalón. Y tú siempre lo tienes ahí.

-Na… eso son pamplinas.

-Pues serán pamplinas, pero yo no quiero acabar con un tumor cerebral.

-Anda anda… No seas exagerada.

-Seré una exagerada pero yo no duermo con el móvil en la habitación.

-Yo no pienso apagar el móvil por cuatro tonterías que has leído en Internet- sentencia Carlos.

-Muy bien, pues que descanses majo. Luego no me vengas con que no has dormido bien porque me muevo mucho. Eso son la mierda de ondas que emite tu súper chachi móvil- dice Anna mientras se levanta de la cama y se dirige a la puerta.

-Pero ahora, ¿a dónde vas?- pregunta Carlos.

-Pues a la otra habitación.

Posiblemente, esta sea una situación un tanto exagerada, pero no lo es la incertidumbre que crean algunas informaciones que leemos en Internet. Un claro ejemplo es la controversia que rodea a los posibles efectos nocivos de las ondas electromagnéticas emitidas por el móvil. Insomnio, migrañas, fatiga, alteración de los ritmos circadianos (biológicos) y tumores cerebrales son algunas de las afecciones que supuestamente aparecen como causa de las radiaciones emitidas por los teléfonos móviles.

Este artículo pretende aclarar algunos conceptos que todos conocemos pero que pueden provocar emociones equivocadas.

En primer lugar, la incertidumbre que surge en torno al término radiación. Muchos pueden relacionarlo con peligro y carteles de acceso restringido, pero no es más que la transmisión de energía mediante ondas electromagnéticas. Esta propagación energética se produce cuando el núcleo atómico es inestable y estalla lanzando partículas a gran velocidad (electrones, neutrones, etc.). Nosotros mismos somos radiactivos, tenemos en nuestros cuerpos átomos que se comportan así, como el Carbono-14.

Ahora hablemos de las ondas electromagnéticas. No son más que el transporte utilizado para la difusión de energía. Hay diferentes tipos. Los camiones (los más grandes) serían los rayos gamma o rayos-X, mientras que las bicicletas (más pequeñas) corresponderían a las ondas de menor frecuencia como son las emitidas por los teléfonos móviles.

Las radiación electromagnética de los dispositivos inalámbricos se dividen en dos tipos, ondas portadoras y ondas de modulación. Estás últimas tienen un rango de frecuencia muy nimio, de 2Hz y 8Hz. Por otro lado nuestro cerebro emite por su actividad eléctrica y electromagnética cerebral ondas con una frecuencia de 0 Hz a 12 Hz, rango que coincide con las ondas Alpha en fase de relajación.

Esta característica en común entre las ondas cerebrales Alpha y las de modulación de los móviles pueden ser la causa por la que dormir al lado del teléfono provoque insomnio o trastornos del sueño.

En cualquier caso no dejan de ser simples hipótesis, ya que los últimos estudios no han podido demostrar la vinculación entre la radiación emitidas por los móviles y el estrés, cáncer, fatiga, etc.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) lanzó el pasado Octubre de 2014 el informe Campos electromagnéticos y salud pública: teléfonos móviles”. En él aclaró algunos de los efectos a corto plazo como el calentamiento de los tejidos producto de la “interacción entre la energía radioeléctrica y el cuerpo humano”.

Dentro de las consecuencias a largo plazo se centraron entre la posible relación entre cáncer y teléfonos móviles sin llegar a esclarecer nada en absoluto. El motivo no es otro que el hecho de que “numerosos tipos de cáncer no son detectables hasta muchos años después del contacto que pudo provocar el tumor y el uso de los teléfonos móviles no se generalizó hasta principios del decenio de 1990”.

En definitiva aún muchas son las dudas en relación a los posibles efectos nocivos de los móviles en la salud, y se han establecido correlaciones pero ningún caso de causalidad. En cualquier caso, con la disyuntiva de un “sí” y un “no”, lo mejor es optar por un “por si acaso”. Siempre es mejor prevenir que curar pero sin llegar a la enfermiza obsesión.

Anna ha entrado en el cuarto. Carlos la mira con cara de condescendencia.

-No tan deprisa. Voy a contarte algo y luego llegaremos a un acuerdo.

-A ver… cuéntame qué has encontrado.

-Mira, he investigado y es cierto que aún no está demostrado que las ondas emitidas por los móviles puedan ser perjudiciales. Pero aún así, dan consejos bastante lógicos por si finalmente sí resultaran dañinos.

-Por ejemplo –continúa Anna- si no quieres dejar el teléfono fuera de la habitación porque lo necesitas como alarma. Lo que puedes hacer es ponerlo en modo avión o desconectar los datos, así el móvil emite menos ondas.

Anna sigue con la lista de consejos:

-Cuando llamas es mejor que esperes a que contesten, y si usas el manos libres mejor que mejor. En ese momento la señal es más potente, cuando responden la radiación es menor. Lo mismo sucede cuando hay poca cobertura. Pero vamos, lo más recomendable es que no estés todo el día pegado al móvil, ya no por si las moscas, sino porque muchas veces ni te enteras de lo que te digo.

-Muy bien… Me has convencido. Esta noche datos fuera. Ni para ti, ni para mí –contesta Carlos.


-Venga pues échate para allá, que en un momento te has adueñado de la cama.


Sofía Pueyo

Sofía Pueyo | Periodista Científica

miércoles, 15 de julio de 2015

De dónde viene el olor del libro
Ana Matallana





¿Quién no se ha quedado alguna vez atrapado por el olor de un libro viejo? A quién no le haya pasado se lo recomiendo encarecidamente. Pero, ¿cuántos de vosotros os habéis preguntado a qué se debe ese olor tan característico? 

La causa está en la lignina, el polímero natural más abundante del mundo vegetal que, al igual que está presente en los troncos de los árboles para que estos se mantengan erguidos, pasa a formar parte del papel y, a través de él, a los libros. Con el paso del tiempo esta sustancia se oxida, amarillea el papel e intensifica su olor dando como resultado ese aroma especial de todo libro antiguo. Un aroma al que también contribuyen el pegamento y, por supuesto, la tinta.

Pero, ¿qué pasa con el olor de los libros de ahora? Quizá no tengan el encanto de los ejemplares que han sobrevivido al paso de los años e, incluso, de los siglos, pero también atrapan lectores por el olor. El olor a nuevo. Ese que provoca, casi indefectiblemente, que las manos acerquen las nuevas adquisiciones a la nariz de los lectores antes de empezar a leer. Y sí, ahora también tienen lignina, pero en menor cantidad para favorecer la blancura de las páginas durante más tiempo.

Por tanto, aunque parezca que son el tacto y la vista los sentidos predominantes en la lectura, no podemos olvidarnos del olor. No en vano, es nuestro sentido más primitivo. El que conecta de forma directa con la memoria, los sentimientos y las emociones. Pararos a imaginar, por un momento, que carecéis del sentido del olfato. No solo no podríais detectar el olor a libro nuevo o viejo, sino que tampoco tendríais capacidad para evocar los aromas que se desprenden de las propias historias. Porque no solo huele la carcasa de los libros, las atmósferas recreadas en las palabras que juntan los escritores traspasan las páginas y completan la imagen mental.

Quizá las personas que sufren anosmia, ausencia del sentido del olfato, agradezcan no identificar el olor nauseabundo que desprende el inicio de El Perfume de Süskind:

“En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre; las curtidurías, a lejías cáusticas; los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios.  El campesino apestaba como el clérigo; el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de la vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.

Sin embargo, agradables o no, los libros no serían lo mismo sin los olores que guardan y evocan y que, por supuesto, cada lector percibirá de un modo diferente.

Nada hubiera sido lo mismo si cuando devoraba libros y libros letra a letra el olor intenso a mar de los poemas de Alberti o de las páginas de 20.000 leguas de viaje submarino y Moby Dick no se hubiera desprendido dentro de mi habitación; sin el olor a humedad mezclada con calor bochornoso que me invadió con Pedro Páramo; sin el claustrofóbico olor a cerrado que me llegó a través de Gregor Samsa en La metamorfosis; sin el del tabaco de pipa que impregnó mis dedos todas y cada una de las veces que acompañé a Sherlock Holmes en sus aventuras, sin el del tabaco negro mezclado con alcohol y asfalto caliente que se me pegó a la piel En el camino junto a Sal Paradise o si el penetrante olor de la selva exuberante y tétrica que describe Marlow en El corazón de las tinieblas no me evocara, inevitablemente, el olor a napalm por la mañana que tanto le gustaba a Robert Duvall al meterse en la piel del coronel Kilgore en el Apocalypse Now de Coppola.

Eso sí, lo que siempre envidiaré de aquellos que no poseen olfato es que jamás tengan que enfrentarse al despiadado olor a libro quemado que me chamuscó las fosas nasales durante la lectura de Fahrenheit 451.


Ana Matallana


Ana Matallana | Periodista