martes, 30 de junio de 2015

Manipuladores de andar por casa
Martinowsky




Uno de los mayores peligros que nos acechan en nuestra vida cotidiana es toparnos con personas tóxicas. Y entre ellas, las más peligrosas, son las que se disfrazan de lobos con piel de cordero, es decir, las personas "tóxicas en rosa", que nos hacen infelices con una sonrisa

Técnicamente se las denomina "manipuladoras" y el daño que pueden hacer es muy grande. Sobre todo si uno cae en sus redes de seducción y se convierten en nuestra pareja estable. Hay varias formas que permiten detectarlas y aquí se ofrece una guía de ayuda rápida y breve sintetizando resultados de estudios especializados. 

En primer lugar se las reconoce por su capacidad de repartir culpa. Y la culpa es uno de los depresógenos más potentes. En sobredosis puede amargarnos la vida en sentido literal. ¿Cómo lo hacen? ¿Qué otros nombres reciben? ¿Cómo defenderse? 

Los manipuladores suelen aparecer camuflados. Si no lo hicieran su éxito sería menor. A un timador con cara de malo se le evita. Pero si se disfraza de hermanita de la caridad, ya es más difícil. En ocasiones aparecen como benefactores, y esos son los más peligrosos. El trato con ellos suele producir, además de sentimientos de culpa, también miedo o vergüenza

Estos repartidores de culpa son unos genios en obligar a los demás a trabajar para ellos. Si una persona tóxica insiste en que lo que has hecho le ha perjudicado mucho, es casi seguro que quiera una indemnización, no necesariamente económica. 

 Un indicador de su éxito es cuando consiguen que la persona manipulada termine preguntándose: "¿Y si realmente lo he hecho mal?". Es el primer paso. El siguiente ya es más fácil para ellos. Una vez introducida esa cuña en la seguridad de su objetivo, conquistar su voluntad es casi inevitable. En su conversación suelen incidir sobre todo en los aspectos negativos utilizando la crítica, la difamación, el enfado y otros trucos sucios. 

Ellos nunca son culpables. Son las víctimas, y pueden provocar que uno intente incluso protegerles del terrible mundo hostil que han inventado. En algunos lugares se les denomina "gorrones" y en otros "timadores de cerebros". Los nombres varían pero la perversidad, a veces inconsciente, permanece constante. 

Para ser un manipulador tóxico no se necesita mucha inteligencia. Incluso los niños de año y medio lo pueden hacer. Y cuando alcanzan los siete u ocho años pueden dominar todas las técnicas básicas. Entre ellas están las tres elementales: criticar, amenazar o ignorar. La más sutil es hacer ver que es el otro quién debe actuar. Algo menos astuta es la de enfadarse. Y las más elaboradas son las del desprecio o intentar dar pena. 

Hacerse la víctima suele ser infalible excepto para los ya vacunados por anteriores exposiciones a este peligro. Otra táctica que utilizan con frecuencia es la proyección, es decir, atribuir al otro sus intenciones y deseos negativos. De esta forma su aparente bondad queda a salvo. El incauto cae en la trampa e interioriza los valores ajenos. Muestran gran habilidad para definir las reglas de juego, siempre en su campo. 

La mejor terapia es neutralizar sus mecanismos, una vez identificados, mediante la verbalización. Esto no siempre es fácil. Sabiendo que la brevedad, la exageración y el humor son armas poderosas, algunas frases del tipo "se te ve el plumero" o "pobrecito, todo el mundo conspira contra ti" pueden hacerles ver que han sido detectados y tal vez (solo tal vez) cambien y se conviertan en compañeros en lugar de parte de los problemas. 

Algunos son simples inseguros cuya astucia demuestra vulnerabilidad. Otros son egoístas patológicos dispuestos a vivir del cuento sin importarles el daño que hacen. Si, tras reiterados esfuerzos, no se consigue convertir su toxicidad en compañía agradable, la mejor receta es seguir la máxima de que "una huida a tiempo es una victoria" y dejar que se vayan con su mala música a otra parte. Al fin y al cabo, más vale solos que mal acompañados.



Martinowsky





  Martinowsky | Filósofo y Escritor




jueves, 25 de junio de 2015

La Ley de Murphy
María de la Cruz Rubio




“Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Todos conocemos la máxima de la Ley de Murphy, esa serie de enunciados que nos ponen en alerta sobre todo lo negativo que puede acontecer o que nos sirven para explicar lo inevitable de nuestra mala suerte. ¿Pero sabías que es una ley científica y que no fue Murphy quien la pronunció? 

Edward A. Murphy Jr. era un científico que trabajó en experimentos con cohetes sobre rieles para la Fuerza Aérea de los EE.UU. en 1949. La historia dice que en un experimento el asistente de Murphy cometió un error, poniendo los cables del arnés que llevaba el chimpancé utilizado en la prueba al revés, con lo que el resultado de la fuerza ejercida dio cero. Parece que la primera formulación de la ley fue algo así como “Si esa persona tiene una forma de cometer un error, lo hará” o “Si hay más de una forma de hacer un trabajo y una de ellas culminará en desastre, alguien lo hará de esa manera”, refiriéndose Murphy más a la incompetencia del ayudante que a la mala suerte en sí. El equipo de investigadores acabó tomando el lema de “Si puede ocurrir, ocurrirá”. 

La frase salió a la luz cuando en una conferencia de prensa se preguntó a un miembro del equipo por qué nadie resultó herido en las pruebas con el cohete. Este contestó que tuvieron en cuenta la ley de Murphy, citó la ley y dijo que era importante considerar todas las posibilidades antes de hacer una prueba.

La ley ha sido utilizada en ámbitos científicos desde el principio, para evaluar la probabilidad del error en los experimentos, especialmente en ingeniería y en computación. Es una ley empírica que sirve para considerar las posibilidades de error y los riesgos que existen para protegerse contra ellos en los diferentes escenarios que se puedan dar. 

La frase que todos conocemos, “Todo lo que pueda salir mal, saldrá mal” es en realidad la Ley de Finagle de los Negativos Dinámicos (también llamada Corolario de Finagle a la Ley de Murphy). Esta ley aparece en el libro de ciencia ficción de Larry Niven, Mundo Amarillo, donde los habitantes de un planeta adoran al Dios Finagle.  John W. Campbell Jr., editor y escritor de ciencia ficción, la desarrolló en tres leyes (3ª Ley: “En toda recopilación de datos, la figura más obviamente correcta, más allá de toda necesidad de revisión, es errónea”) y diez mandamientos (5º Mandamiento: “Los experimentos deben ser reproducibles. Todos deben fallar de la misma manera”).

Muchos enunciados de la Ley de Murphy, incluso los más cotidianos, tienen su explicación científica. “Si una rebanada cae al suelo, lo hará por el lado de la mantequilla”. Al contrario de lo que se piensa, no ocurre por el peso de la mantequilla en uno de los lados. La rebanada irá girando en su caída y, dada la altura de la mesa, sólo tendrá tiempo a dar un giro antes de caer. Otras derivaciones de la ley todavía no han sido demostradas, aunque todos sabemos con certeza que son fiables, como la que nos dice que la probabilidad de que una rebanada de pan untada de mantequilla caiga con el lado de la mantequilla hacia abajo, es proporcional al precio de la alfombra. 

“La perversidad del Universo tiende hacia el máximo” - Corolario de O'Toole a la Ley de Finagle.



 María de la Cruz Rubio 


 María de la Cruz Rubio Técnico de Formación & Formadora


miércoles, 24 de junio de 2015

Segundo derecha. Matrimonio feliz
Irene Rodríguez




La felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”

(Groucho Marx)


En cuanto el matrimonio tan feliz terminó la reforma de su pequeño piso todos los vecinos querían ver el resultado. Son tan adorables. Ella tiene tanto gusto. Es monísima. Trabaja en no sé qué de redes sociales. Él tiene tanta clase. Es súper atractivo. Trabaja en un despacho haciendo no sé qué de inversiones. Llevan casados apenas meses pero juntos media vida porque nacieron el uno para el otro. Eso se nota.

-Te quiero – dice la mujer tan feliz.
-Yo más – responde su tan feliz marido.
-No, tonto, yo más – replica ella.
-Tonta tú.
-No, tú.
-No, tonta tú. Porque es imposible querer más de lo que yo te quiero– afirma él.

La mujer tan feliz dice mientras desea volver a quedarse encerrada en el ascensor con el becario de la oficina del tercero derecha.

Su tan feliz marido responde mientras piensa en la manera de hacerse amigo del Señor B, su ilustre vecino del primero izquierda.

-Yo te quiero tanto que sería capaz de hacer cualquier cosa por ti – dice él.
-Yo sí que sería capaz de hacer cualquier cosa que me pidieras – responde ella.

El marido tan feliz dice mientras un olor a asado sube por el patio interior alimentando sus fantasías de sentarse a la mesa de su admirado magnate. De hablar de negocios. De compartir amistades. De protagonizar una “pequeña portada de una revista financiera internacional”.

La tan feliz mujer responde recorriendo con la mirada en el techo del salón el ruido que marcan las pisadas del becario. Alimentando sus fantasías de subir las escaleras. De encerrarse en la habitación de los archivos. De tener una “pequeña aventura”.

-Dime ¿qué quieres que haga por ti? – pregunta el tan feliz marido con la mirada radiografiando el suelo.
-Quiero que me digas que estoy todo el día en tu cabeza– dice ella con sus ojos clavados en el techo – Que desde que nos cruzamos la primera vez no puedes dejar de pensar en mí.
-Todo el día. Toda la noche. Soy incapaz de pensar en nadie más – afirma emocionado – Ahora dímelo tú. Dime que me tienes en mente. Que soy tu hombre.
-Eres mi hombre – replica excitada.

Los dos cierran lo ojos. Ella levita hasta el tercero derecha. Él se desliza hasta el primero izquierda. Cada uno en su burbuja sin moverse del sofá. Sonriendo felices. Tan felices.

Comienzan a hablar. A la vez. Cogidos fuertemente de sus manos.

-Dime que tengo talento – susurra él - Que si sigo en esa oficina es porque aún nadie ha sido capaz de darse cuenta de mi valía. Dime que tú lo sabes. Repíteme que soy tu hombre.
-Dime que soy atractiva. – Murmura ella – Que me observas desde la ventana del patio cada vez que tiendo la ropa en la cuerda, y que después eres incapaz de trabajar sin pensarme.
-Dime que me harías tu socio – suelta él.
-Tu confidente – arroja ella.
-Tu mano derecha – lanza él.
-Tu compañera – proyecta ella.
-¡Dime que me harías heredero! – grita él
-¡Dime que me harías el amor! – aclama ella. 

Sus risas agitadas hacen temblar sus burbujas siempre a punto de estallar. Pequeñas gotas se desligan de la superficie de la pompa amarilleando la nueva tarima. Abren los ojos y se miran.

-Me haces tan feliz – dice ella.
-Tú a mí mucho más – responde él.
-No, tonto, tú a mí mucho más.
-Tonta tú.
-No, tú.
-No, tonta tú.

Tras el primer beso acuerdan apagar las luces.

-¿Se puede ser más felices?- se dicen a oscuras. 




Irene Rodríguez




 Irene Rodríguez | Colaboradora de Dech



viernes, 19 de junio de 2015

Llevarse el trabajo a casa
Martinowsky




Algunos fotógrafos se quejan ante sus psicoanalistas de que no viven las cosas, sino que las encuadran. Todo el tiempo están fijándose en los reflejos de la luz sobre los objetos, preguntándose cómo quedarían una vez captados por su cámara.

Lo mismo les sucede a muchos arquitectos cuando van al campo: ven solares para edificar en lugar de deleitarse en la contemplación de las flores y los atardeceres. Se imaginan grúas levantando casas y obreros alicatando cuartos de baño donde otros verían simples paisajes.

Es un fenómeno que se extiende cada vez más. Ya se había detectado que algunos cirujanos, al comer en casa, se dirigían a sus hijos con órdenes secas y terminantes del tipo, “cuchara” o “tenedor” mientras extendían la mano esperando que les depositaran en ella tales instrumentos. También algunos médicos empezaron a comunicarse con sus parientes y amigos mediante notas ilegibles escritas en talonarios de recetas.

Entre los comunicados de la Tercera Reunión Anual de Psicopatología se encuentran descripciones curiosas: abogados que empiezan las relaciones conyugales con sus respectivas señoras pidiéndoles la venia, economistas que solo ven el valor bursátil de las series televisivas, policías que interrogan hábilmente a suegros y cuñados, matemáticos intentando calcular el volumen hiperbólico de los atributos delanteros de sus compañeras y notarios que exigen certificados exhaustivos y firmados antes de iniciar un acercamiento nocturno a sus parejas.

Pero los casos más alarmantes se dan en el gremio de guionistas y escritores que hablan todo el tiempo de sí mismos en tercera persona. Es habitual, por ejemplo, que cuando el frutero les alarga el paquete con lo que le ha solicitado, el cliente afectado por esta patología exclame:

- Él aceptó el paquete y procedió a buscar dinero para abonar el importe.

- ¿Pero oiga, de quién habla? Si me estoy dirigiendo a usted.

- Él escucho lo que le decía el frutero y asintió con la cabeza.

- ¿Él? ¿Quién es él?

Parece difícil combatir esta nueva forma de ser ya que los psicólogos, que en teoría serían los encargados de hacerlo, son los más afectados. Es frecuente verlos detectando neurosis en sus porteros, analizando el inconsciente de los camareros que les atienden en las cafeterías o explorando el coeficiente intelectual de vecinos y contertulios.

Los legisladores, que deberían tomar cartas en el asunto, están muy ocupados en su tiempo libre reglamentando los horarios para el baño, interpelando a los viandantes por cualquier cosa y estableciendo turnos de palabra en los bares de la playa.


“Veo el futuro bastante negro”, pensó el que esto escribe mientras decidía cuándo poner punto final a la descripción, realista y verosímil, de lo que anticipaba como inevitable en una sociedad cada vez más especializada. 


Martinowsky





  Martinowsky | Filósofo y Escritor




jueves, 18 de junio de 2015

Primero izquierda. Señor B.
Irene Rodríguez



Salivam movere”

Una copa de vino. Dos cebollas pequeñas. Sesenta gramos de aceite de oliva. Una pizca de finas hierbas, sal y pimienta. El Señor B recuerda con nostalgia la última vez que tuvo la dicha de disfrutar de un codillo tan bien formado. Unos veinte minutos de horno separan su exquisito paladar del ansiado copetín.

Excitado por el acontecimiento recorre el largo pasillo de la casa tal y como la hacía cuando era un niño y acudía a visitar a sus tías. Dos mujeres piadosas que entregaron su tiempo a la oración por el prójimo, convirtiendo los ciento veinte metros cuadrados del céntrico piso en un auténtico templo de misericordia y devoción.

Todas las habitaciones están vacías menos la última, donde conserva la humilde pero metódica bibliotheca. En el centro un escritorio y un viejo ordenador con conexión a Internet. Al Señor B no le hace falta más. Así se lo hizo saber a su mujer e hijos. Este piso será mi espacio. Todos lo entendieron a cambio de sus propios espacios en forma de loft en Nueva York, ático en París y cabaña en una isla de la Polinesia.

El Señor B palpa el bolsillo de su camisa y extrae una libreta. En sus hojas amarillentas una inmensa lista de productos. Algunos están tachados, otros señalados con una carita sonriente.

Mientras la carne adquiere la textura deseada -tierna por dentro, crepitante por fuera- el Señor B abre su lista de contactos secreta y envía un e-mail: “Asunto: Codo. Pongan cifra.”

Sabe que debería disfrutar del banquete antes de agobiarse pero le pone profundamente nervioso agotar sus reservas. Si los rumores de sus antiguos colegas de la banca sobre la leve recuperación económica son ciertos, tendrá menos carne en sus arcones. Y él, acostumbrado a la abundancia de la reciente etapa gris, tendrá que volver a los mercados lejanos. Es cierto que la carne tiene menos grasa pero es que a él le gusta tan poquito viajar.

Suena el timbre. Desea que no sea la vecina del segundo derecha interesada en conocer la receta del delicioso olor que impregna el patio interior y que tiene a su marido babeando. Pocas cosas le harían tan feliz como tragarse a esa pareja de tortolitos.

La mirilla le descubre el vacío. La voz de un niño grita su nombre. Es el vecino. Hace un par de años llegaron a un trato: el Señor B le deja ver el canal de dibujos de la televisión por cable a cambio de cortarle las uñitas. Son un ingrediente fantástico para aportar ese punto crujiente a determinadas recetas.

  • Diez minutos - le dice paternal abriendo al puerta – Cuando suene el horno te quiero fuera.
  • ¿Puede entrar Perro? - pregunta el niño que en cuestión de segundos se ha hecho con el mando a distancia.

Un adorable labrador retriever irrumpe en el salón olisqueando cada rincón. El Señor B sonríe. Hace tiempo que conoce las inclinaciones de su fiel amigo. Acude a la cocina y saca de la nevera un taper lleno de carne que pone al nivel del suelo. Perro inunda su hocico en el guiso de setter irlandés y el Señor B comienza a salivar.

  • ¿Qué le ocurre Señor B?- pregunta el niño con un ojo puesto en la pantalla y otro en el charco de saliva.
  • Salivam movere – murmulla excitado.

El niño graba en su mente las palabras de su vecino para decírselas a su madre. Hace tiempo que está intrigada por la marca del pienso que el Señor B le da a Perro. Ella compra marca blanca, pero hija, tú le dirás, no entiende cómo es imposible que haya tanta diferencia entre el suyo y el del banquero.

El timbre del horno anuncia el festín y el Señor B vuelve a quedarse solo.

Dispone la mesa con ceremonia colocando la bandeja de codillo en el centro. Antes de diluir el primer bocado en su paladar bendice la mesa. Ateo convencido lo hace en honor a sus difuntas tías, quienes cada domingo le ofrecían un vuelo a su imaginación infantil con la posibilidad de tragarse a un semejante. Solo hacía falta ponerse a la cola. Así sea.


El tiempo se detiene con el último pedazo. El Señor B mira en el suelo el vacío plato de Perro. Quién le iba a decir a sus vecinos que el respetado señor del primero izquierda envidia al animal. Una envidia flaca y amarilla que le hace la boca agua.


Irene Rodríguez



 Irene Rodríguez | Colaboradora de Dech



miércoles, 17 de junio de 2015

Comida, humor y delincuencia
María de la Cruz Rubio




Dime lo que comes y te diré de qué humor estás. Esta es la conclusión que podemos sacar de muchos estudios que relacionan la alimentación y nuestro bienestar (o malestar). Todos sabemos que tenemos que comer frutas y verduras todos los días, aunque, según dicen, algunas son relajantes como la lechuga y otras estimulantes como los plátanos. 

Sabemos que algunos alimentos producen adicción, como las grasas y el azúcar. Sin embargo, los ácidos grasos omega-3 nos ayudan a mejorar la memoria y el aprendizaje, así que conviene tomarse unas sardinas en época de exámenes. Con el picante liberamos endorfinas, y con alimentos ricos en yodo (como el marisco), experimentamos más placer y desinhibición.

Por el contrario, con una dieta con déficit de vitamina B (como la que hay en los cítricos), nos sentiremos cansados y sin energía. Los bajos niveles de zinc (como el de las almendras) también se relacionan con un bajo estado de ánimo. Pero existen muchas dudas respecto a la veracidad de alguna de estas relaciones comida-bienestar.

¿El chocolate mejora nuestro estado de ánimo o consumimos chocolate cuando estamos tristes por otro motivo? ¿Afecta la comida igual a todo el mundo? ¿Cómo influyen las combinaciones de alimentos? ¿Hay investigaciones en las que podamos apoyarnos para sacar conclusiones científicas?

En las últimas décadas han existido varios experimentos realizados en prisiones donde se relaciona la alimentación y el comportamiento de los presos. En 1978, investigadores de la revista Orthomolecular Psychiatry suministraron suplementos nutricionales a un grupo de delincuentes. ¿Resultado? Estos acabaron cometiendo solo un tercio de los delitos en comparación con el grupo estándar o de control.

En el estudio de Schoenthaler se complementaron las dietas de 71 presos. Durante ese periodo, la tasa global de violencia disminuyó en un 66%. En otro estudio acerca de dos prisiones de California Youth Authority se detectó una reducción del 38% de graves violaciones de reglas en el grupo de presos con suplementos de vitaminas y minerales. Resultados muy similares lograron Gesch y sus colegas en diferentes investigaciones. Gesch trabajó con jóvenes y niños a los que cambió la alimentación a una dieta baja en tóxicos y comida basura. Más de mil delincuentes menores de edad mostraron una reducción de un 44% en comportamientos antisociales mientras seguían una dieta aligerada en azúcar.

Podemos afirmar entonces que, a mejor alimentación, mejor comportamiento. Se han obtenido pruebas científicas convincentes que concluyen que una mala nutrición tiene un papel decisivo en provocar conductas agresivas. Miremos entonces lo que comemos y lo que comen nuestros niños y niñas, puede ser mucho más importante de lo que nos pueda parecer en un primer momento.

 María de la Cruz Rubio 


 María de la Cruz Rubio | Técnico de Formación & Formadora


martes, 16 de junio de 2015

Envidia
Zena Santana





La zorra de la fábula de Esopo es el prototipo de zorra envidiosa. Después de dejar sus fuerzas intentando alcanzar la rama de la que pendía, como una tentación divina, un racimo de apetecibles y jugosas uvas moradas, y afrontando con rabia que no las conseguía, se marchó con altivez, diciendo a todos: “bah, esas uvas están verdes, en realidad no las quiero”. Esa, amigos, es la actitud de un envidioso: ese maldito y despectivo “bah”.

Desear lo que no se posee, y sufrir de tristeza mortal cuando otros sí lo poseen, eso, amigos, es Envidia. De hecho, según la RAE, “envidia” es: (Del lat. invidĭa) 1.- f. Tristeza o pesar del bien ajeno. 2.- f. Emulación, deseo de algo que no se posee. También existen expresiones como “le come la envidia”, o lo que es lo mismo: estar enteramente poseído por ella. Y “ponerse verde de envidia”, donde el verde es síntoma inequívoco de enfermedad

Este sentimiento (tan negativo como frecuente e irracional) nace en la infancia, en los complejos de inferioridad y rivalidad sufridos por la vulnerabilidad y la sensación de pequeñez. Básicamente, es una forma de defensa inconsciente contra nuestra propia percepción de inferioridad. Es decir: odiamos a otros para no sentir odio contra nosotros mismos. Nos defendemos con ese escudo. Es una enfermedad tremendamente grave, porque rompe y anula por completo el placer de admirar, de disfrutar la alegría por los éxitos ajenos, de la contemplación de la belleza, de la habilidad, de la inteligencia; o el simple deseo de imitar al mejor. Es todo mal rollo. 

A propósito de esto, conozco un truco infalible para averiguar quién es envidioso/a:

Paso 1) Nos acercamos a nuestra víctima y gritamos locos de euforia: “¡he ganado 200.000 euros en la lotería!” 

Paso 2) Ahora observemos atentamente su rostro, su expresión: si es de alegría sincera (empatía espontánea), estamos ante un no-envidioso, o persona de alma sana. Pero, si por el contrario, hace una amago de sonrisa mientras murmura: “uy, me alegro mucho por ti, siempre has tenido suerte en la vida, hijaputa...” (pero su cara te está diciendo esto: “no te deseo mal, pero ojalá que un huracán te arrebate ese boleto premiado de las manos y lo arrastre hasta el fondo de las alcantarillas, y acabe en el fango de lo más profundo del infierno, y allí se pudra...”) Entonces, queridos amigos, estamos ante un ser enfermo de Envidia. Y es que la cara lo dice todo. La expresión primera ante una buena noticia, les delata. Es indisimulable. 

El envidioso sufre horrorosamente; carga con un lastre psicológico muy serio y tormentoso. Es infeliz: está más atento a la felicidad de los demás que a la suya propia. Se compara con los demás, desea lo que los otros tienen y valora en los demás aquello de lo que él carece: por eso casi nunca es consciente de todo lo que tiene, ni de valorarlo objetivamente. Suele pasar que, cuánto más grande sea la casa del vecino, más pequeña le parece su propia casa; en este caso, no se da cuenta de que su casa es su hogar, su guarida, y que ahí puede ser infinitamente feliz. Pero no: al envidioso le gusta complicarse la vida. Y sufrir

Analicemos ahora varios tipos de seres envidiosos. Les presento aquí mi tipología (basada en hechos no reales, pero casi):

-Envidiosa es la persona que, sin que tú te percates, te echa un poco de pimienta en la masa de tu pastel, no sea que ganes ese concurso de repostería que llevas 2 meses preparando y no sea que se te suba el éxito a la cabeza. Modo: si yo no puedo ganar, tú tampoco. 

-Envidiosa es esa que te robaría a tu marido, porque no entiende cómo él es tan feliz contigo, si con ella puede serlo más (aún así él esté tan enamorado de ti que ni se ha percatado de su existencia). Modo: yo no estoy a tu altura, pero me niego a aceptarlo. O los Mundos de Yupi. 

-Envidiosa es la persona que, cuando le cuentas que tu hijo ha sacado un sobresaliente en mates, olvida felicitarte, pero no soltar que su hijo ha suspendido porque su profesora le tiene manía. Modo: soy un desgraciado mártir de la sociedad, por eso tu éxito no tiene tanto mérito, no te flipes. 

-Envidioso/a es quien te hace una zancadilla calculando la distancia justa para que caigas en ese suntuoso charco de barro y te jodas el modelito de Chanel que acabas de estrenar. Modo: no sé ni cómo clasificar esto. 

Y ahora, amigos, llega la pregunta del millón: ¿hay tratamiento para esta enfermedad? Existen varios métodos de curación. No voy a mencionarlos, porque no la he sufrido, y no tengo ni idea, pero creo que repasando estas reflexiones uno puede ver cuán mísero puede llegar a ser un envidioso. Es una pena. Razón de peso para que, eso mismo, sea la medicación efectiva. O al menos un toque de atención. Encontrar el equilibrio de conocer, asumir, y amar lo que somos y a lo que aspiramos ser (o tener). Y empatía... dosis a cascoporro de sanadora Empatía.


Zena Santana 



Zena Santana | Diseñadora gráfica y editorial

miércoles, 10 de junio de 2015

H2O
Sara Galán



Fotografía de  MBARRIERAS

¿A cuántos de nosotros nos han recomendado el mar como solución a nuestros problemas?

Esta misteriosa receta cura todo tipo de enfermedades, tanto del cuerpo como del alma. Pasear por la playa, sentarse en la orilla, escuchar a las gaviotas, el agua salada y el sol, ayudan cada día a miles de personas a salir del insano pozo en el que llegaron a meterse en algún momento de sus vidas y en el que ahora no ven escalera para salir…

Pero las propiedades de este preciado bien (en un futuro, escaso) son curativas para el alma también. Sentarnos en la arena y olvidarnos de la vida real mientras un abrazo salado nos rodea, es mejor que cualquier efecto placebo demostrado por la medicina.

Podemos recorrer cientos de kilómetros para llegar hasta él, la impaciencia durante el viaje hace que este se nos haga eterno, pero cuando ya nos sentimos cerca, bajamos las ventanillas del coche intentando atrapar ese olor que nos dice que estamos a punto de tocarlo.

Pero... ¡Cuidado! A veces se nos escapa. Es un olor tan rápido que puede que se evapore antes de que lleguemos a olerlo. Seguimos otros tantos kilómetros y cuando menos lo esperamos, miramos hacia el horizonte y ahí está, esperándonos, el remedio a todos nuestros males: el mar.

En ocasiones sucede que llegamos hasta él, nos descalzamos, lo tocamos con la punta de los dedos del pie, con las manos y nos preguntamos: "¿Por qué no huele a mar?".

Es tan profundo el sentimiento y el ansia que tenemos de alcanzarlo para poder probar esas propiedades mágicas de felicidad, que el simple hecho de tenerlo delante y que no huela como esperábamos nos decepciona.


Sin embargo, no debemos preocuparnos. Nos descalzamos de nuevo (esta vez de los dos pies), dejamos apartados los zapatos de nuestra vida diaria de ejecutivos, nos quitamos el reloj, vaciamos los bolsillos: del derecho sacamos la cartera, del izquierdo el móvil, del pequeño escondido atrás, el saquito de estrés que cada día pesa más y… ¡voilà! En cuestión de segundos aparece el olor, ese olor que huele a fuerza, a ganas, a salud, a felicidad y que, simplemente, es agua con sal.


Sara Galán


 Sara Galán | Periodista

martes, 9 de junio de 2015

Dunia
Elena Escura




Dunia ya existía en mi cabeza. Ya era una amiga, una confidente, una mujer con inquietudes, dudas e infinitas virtudes. Dunia tenía una estatura, un peso, un color de cabello y un brillo especial en los ojos. Tenía un pendiente en el ombligo, un tatuaje en el tobillo y la costumbre de pintarse una pequeña estrella por encima de su párpado izquierdo. Dunia tenía una película favorita, una canción para sus momentos de euforia y un par de libros de cabecera.

Dunia existía en mi cabeza. Se había instalado allí hacía un par de meses, desde que Manel empezó a hablarme de ella. La había conocido en aquel bar de Lavapiés y le había pedido su teléfono. Me llamó en cuanto salió del bar, todavía alterado por el encuentro. Palabras como destino y causalidad salpicaban su discurso frenético y apenas entendible. Sonreí. Manel se había enamorado. Y de qué forma.

Pero Manel tomó la decisión de no presentarme a Dunia hasta que la relación se asentase un poco. Comentó que se había vuelto algo supersticioso en temas amorosos, temía que el hechizo se rompiera o algo así. Así que durante semanas, fui dibujando a Dunia, coloreándola como si fuera una especie de lienzo en blanco, a través de las descripciones de Manel. Poco a poco, Dunia se convirtió casi en mi mejor amiga, aunque ella todavía no lo sabía. Era una chica creativa, espontánea, con un sentido del humor inteligente, que adoraba las tormentas, que sabía escuchar y que nunca opinaba sobre temas que no conocía en profundidad.

Leí una vez que todos nos forjamos esquemas de personas, de lugares u objetos recurriendo a esquemas ya conocidos. Nuestra imaginación no es tan potente como para generar imágenes nuevas de cada explicación verbal que recibimos. Y eso fue lo que hice con Dunia al principio. 

Pero por alguna razón, ella fue diseñada en mi cabeza con un detallismo extremo, casi podía comentarle a alguien que mi amiga Dunia se reiría mucho con esa película o le encantarían los geranios de ese balcón. Dunia se convirtió en mi pasatiempo favorito durante dos meses.

Hasta que la conocí.

Cuando Manel me presentó a Dunia, una maravillosa tormenta de verano nublaba Madrid. Sin embargo, ella parecía disgustada. Instintivamente miré a Manel con un gesto de decepción que él, afortunadamente, no advirtió. ¿Quién era esta mujer? ¿Quién era esta chica que se reía de todo y que interrumpía la conversación? ¿No decía que le encantaban las tormentas? Esta chica no era mi Dunia, la Dunia que estaba en mi cabeza con los brazos cruzados, esperando nuestro flechazo de amistad instantáneo. 

Así fue como tuve que incluir a la verdadera Dunia en mi vida y despedirme de la otra. Y fue también como empecé a preguntarme: ¿qué sucede con las personas imaginadas? ¿Dónde van a parar? Quizás permanecen en una especie de universo imaginado, un planeta de espejismos, de personas que nunca existieron. ¿Te lo imaginas? ¿Imaginas chocar, un buen día, con un recuerdo imaginado?


Elena Escura







Elena Escura | Escritora y guionista



lunes, 8 de junio de 2015

Fisgones
Elena Gromaz




Érase una vez un músico con vaqueros que tocaba la flauta. Se llamaba Marcos y era un hombre muy nervioso.

Se levantaba muy temprano y salía de su casa siempre misterioso.

Bajaba por la calle hasta la iglesia y mirando de un lado hacia otro, como si alguien lo observara, se acercaba hacia el portal catorce.

Deslizando su dedo con cuidado, como si fuera a cometer algún delito, lo depositaba sobre un timbrecillo antiguo.

Llamaba una vez, otra vez y así sucesivamente hasta que alguien le abría la puerta.

Se podía ver perfectamente desde mi ventana.

¿Por qué actuaría tan misteriosamente...?

Hoy había reunión en la finca y al salir de casa, cerré con un portazo. Quería asegurarme de que me oirían salir de casa...

La "recién casada", que se pasaba el día trabajando, no tenía ganas de ir. Se lo había dicho a su marido, pero al oírme salir decidió acompañarlo.

Bajando por el ascensor pensaba que "la madre de Iñaqui" no llegaría a tiempo, pues estaba en la tienda comprando queso.

En la portería ya estaban casi todos los vecinos.

El policía empezó a hablarnos.

La gente se apresuró a preguntar antes de oír lo que tenían que comunicar.

- ¿Ocurre algo en la finca? ¿Algo malo?
- ¿...Pero hay que preocuparse...?

- No, señores no es algo peligroso, pero digamos que no es muy agradable y está penalizado por la ley.

- ¿Aquí en la finca?

- No. -Contestó rotundamente el policía del octavo.

El caso es que se está llevando una investigación privada (ahora ya no lo era tanto) acerca de unos fisgones que merodean por aquí.

- Pero ¿no son de aquí? ¿Verdad? Dijo Lolín.
- No, bueno, no está comprobado, pero puede ser cualquiera.

Por la cabeza me iban pasando las imágenes de todos los vecinos del edificio, los de todo el barrio e incluso los de toda la ciudad.

Yo los conocía a todos, podía averiguarlo todo, podía saber quién...

Se abrió la puerta de la entrada y se acercó una figura a la que iluminó un foco del techo como si fuera el confesor de un crimen.

Mi mirada se perdió en el horizonte. Delante de mí estaba aquel rostro del músico con pantalones vaqueros, que tocaba la flauta, iluminado por el foco.

Ahora, y después de explicarles su investigación sobre los fisgones del barrio, era a mí a quien miraban todos.


De camino hacia la comisaría, lo único en lo que pensaba era en cómo no se me había podido pasar por la cabeza que un músico llamado Marcos con pantalones vaqueros, que tocaba la flauta y madrugaba día tras día misteriosamente, me estaba vigilando a mí.


Elena Gromaz


Elena Gromaz | Escritora e Ilustradora